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Rilke y algo de poética

Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

Insisto: no por escribir versos se es poeta. No por albergar un aura lírica en el semblante y en la actitud con los amigos se logra dicha condición. Tampoco por ser venerable maestro de nadie. La poesía es sutil, no está a la mano a voluntad. Me parece importante decirlo, pues hoy en día cualquiera se nombra a sí mismo poeta. ¿Y esto es justo? No lo es. Decir que uno es poeta sin entender mínimamente lo poético es una terrible injusticia, como cuando alguien se dice médico sin saber de patología. 

¿Por qué es injusto? Porque el lector se acerca con buena voluntad y es defraudado; porque no hay quien haga más daño a la poesía que los falsos poetas, del mismo modo que no hay quien haga más daño a la medicina que los falsos médicos. Hay que decirlo. Si no se conoce nada de ritmo, metro y cesura, hay que ser humilde y retirarse. Si no se comprende cómo es que el ser humano habita poéticamente el mundo, con más razón aún.

Por supuesto la poesía no se supedita al metro, ni al verso, como bien lo supieron los griegos hace más de dos milenios (también los babilonios, tres mil años antes), pero tampoco se trata de venir a dar discursos, o de venir a contarnos sus intimidades a falta de ir con un psicólogo. La poesía es invención, es la instauración de otro mundo, es revelación, intuición, algo que desborda el texto. Un poeta sobre todo para comprender qué es la poesía habría tenido que leer muchos poemas. Por ello resulta muy irónico que muchos que se llaman a sí mismos poetas hayan leído menos poemas que los lectores. Por otra parte, desconfío plenamente de un poeta que no tenga buena prosa, que no sea capaz de escribir un ensayo lúcido. Los más grandes poetas modernos siempre fueron los más grandes ensayistas. Pues si algo tiene la poesía es lucidez. No en balde Apolo fue su dios, a la par de Dionisio. En la mezcla de estas dos naturalezas se da el gozo de la lucidez ebria. Un poema es un estado alterado de conciencia que da una lucidez mayor de mundo.

Pero de esto se han olvidado muchos que se dicen poetas, pues simplemente no lo son. Y es necesario apuntarlo. Que cada quien se ponga el saco, para no andar por la calle como el rey desnudo. Que cada quien saque sus cuentas, pero jamás podrán engañarnos, pues no están solos en el mundo. Ahí detrás, como el mismo Rilke lo decía:

…pero ahí junto, afuera, detrás de

las últimas palizadas, tapizadas de anuncios

de «Sin Muerte», de esa amarga cerveza, que parece dulce

a sus bebedores, siempre y cuando mastiquen con ella

diversiones frescas…, exactamente a espaldas

de las palizadas, exactamente detrás, está lo real.

(Traducción: José Joaquín Blanco)

Atrás está lo real, atrás siempre está la poesía real, aquella de siempre, aquella que no se diluye, ni necesita del aplauso del amiguismo. Aquella que se escribe con la seriedad del juego, que de tan lúdica y ligera vuela y se aleja como un pequeño avioncito de papel en los aires. Es cuando se da el pequeño milagro. Es cuando ocurre, pero el hecho tiene algo de espontáneo, en todo caso es algo sencillo, pero no por ello frívolo, y por ese mismo hecho, fuera de toda la parafernalia del mundo de las pretensiones de los saludos acompañados con el típico “Maestro”, o de las lecturas donde lo que más se recuerda es el sonsonete de la voz del “poeta” mientras tira las páginas al suelo. Considero que gran parte del público estará de acuerdo conmigo. Hace falta más humildad, más oficio, más vocación, y sobre todo más capacidad de invención, de tal modo que el poema pueda releerse, entrar en el disfrute, en el verdadero gozo. Evidentemente el poema es forma, pero es forma condensada, uno podrá hacer la lectura de principio a fin y viceversa; más aún podrá degustar, como digo, gozar el meollo del asunto. El poema en todo caso jamás deja indiferente. Desde luego a lo largo de milenios existen muchos ejemplos, que me parece, contradictoriamente, son desconocidos para muchos de nuestros “poetas”. Yo, porque del mismo modo albergo ciertos límites, abrazo, por ahora, a Rilke, en traducción de José María Valverde:

Tú, oscuridad, de la que yo procedo,

te amo más que la llama

que da frontera al mundo,

porque brilla tan sólo

para dentro de un círculo,

tras el cual no hay un ser que sepa de ella.

Pero la oscuridad lo tiene todo:

rostros y llamas, animales, yo,

tal como lo arrebata:

personas y potencias…

Y puede ser así: una enorme fuerza

se mueve junto a mí.

Creo en las noches.

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Por desgracia, no pude encontrar el poema que hubiera preferido compartir, donde Rilke habla de la angustia de la luz de las estrellas por no saber si está mintiendo en toda la oscuridad del universo. No me podrás negar, estimado lector, que la idea en sí es poética, pues alberga una angustia y emoción humana. A eso me refiero con comprender la forma en que habitamos el mundo. El poeta necesita ser sensible a esto, sin importar si su estilo es soez, como por ejemplo Villon, Baudelaire y los mejores textos de Bukowski. Rilke en este caso señala con sus palabras algo que va más allá del texto. Nos hace ver otro rasgo de lo real. La luz no es lo que domina, sino es la oscuridad, y entenderlo es cambiar la completa posición de nuestros seres. Rilke nos conmina a movernos, a desplazarnos del lugar común de la vida. 

Para tener la posibilidad de escribir esto se requiere de muchas hectáreas de lucidez. Y, sin embargo, el texto no logra circundar el contenido, el texto podría reescribirse muchas veces, pues la poesía no está sólo en las palabras. Eso, mi estimado lector, es la verdadera poesía.

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