Por Leonardo Crespo

Las estadísticas son una herramienta poderosa que nos permite sintetizar hechos y transformarlos en unidades cuantificables. Nos permiten entender la naturaleza matemática de un fenómeno y por ende son necesarias.

Sin embargo, por útiles que puedan resultar, han sido utilizadas no sólo para su propósito concreto, sino que inconscientemente, también se han vuelto una herramienta del sistema para borrar los rostros de las víctimas que engrosan dichas cantidades.

Hace tres días, la organización ciudadana Causa en Común, reveló un análisis en el que se señala cómo la violencia en el hogar ha aumentado con respecto a las cifras del año pasado; al igual que el número de feminicidios cometidos en el país.

Es importante conocer “los datos”. Los datos nos ayudan a darle magnitud a las situaciones. Pero es más importante conocer las historias y humanizar aquello que abotarga las cifras. Una cifra abultada no es un número simplemente; es una larga cadena de sucesos individuales que culminan en un evento común.

No es lo mismo decir, por ejemplo, que en Chile se suicidan 5.7 personas por cada 100 mil habitantes, que hablar de Antonia Barra, una joven oriunda de Temuco, ciudad al sur de Chile, quien tras revelar que había sufrido de abuso sexual se sumió en una depresión que la llevó a quitarse la vida. Que el perpetrador de dicha atrocidad está imputado por seis delitos de violación y abuso sexual, a decir que Martín Pradenas arruinó la vida de una joven de 16 años, una niña de 13 años, una joven de 19 años, una joven de 20 años y la de Antonia, quien tres semanas después de su abuso en septiembre del año pasado, decidió quitarse la vida.

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Uno podría pensar que, bueno, eso sucede muy lejos, muy al sur. Pero aquí las cifras tienen el mismo problema. No es lo mismo pensar en que ha habido un aumento en la cantidad de feminicidios del 9% en el primer semestre del 2020, en comparación del 2019, a hablar del caso de Adilene, de 31 años, y su hija de 10 años, quienes fueron asesinadas hace dos días en Lerdo.

Lerdo, una parte de nuestra región, tan cercana y conocida, hoy debe de exigir justicia al unísono. Y nosotros con ellos. Y como ese, hay muchos casos, tantos que no nos alcanzaría un año de columnas para demandar a las instituciones una resolución justa ante cada circunstancia. Tantas piezas de nuestra comunidad, tantos lazos que no podemos estrechar hasta que las circunstancias nos suceden a nosotros mismos. Tantos que tristemente les desdibujamos su rostro, les arrebatamos su humanidad y los terminamos volviendo un número.

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