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Sábado de cuentos: Mensaje de media noche, por Claudia Soto

 El teléfono vibró mientras Pedro se encontraba en el baño; había dejado el celular sobre la cama, en la pantalla se leían las 2:25 a.m. Fue el segundo mensaje el que despertó a Sandra. Él había regresado a continuar con su descanso; pero para ella, el sueño se había convertido en una angustia profunda, en una inexplicable ansiedad que llevaba consumiéndola por meses. ¿Quién era? ¿Quién enviaba mensajes a esa hora? Había intentado leerlos siempre que tenía la oportunidad; sin embargo, hacía meses que Pedro había cambiado la contraseña del móvil para evitar problemas. Era un acuerdo, él no revisaría el teléfono de ella, pero ella debía respetar el poco de privacidad que le quedaba desde que comenzaron a vivir juntos.  

Fue el demonio de su anterior relación quien la obligó a levantarse de la cama y deambular por la sala durante casi una hora con el teléfono de Pedro en la mano, intentó  adivinar el patrón que desbloquearía la pantalla y le revelaría la verdad, pero no lo logró. ¿La estaba engañando? Estaba segura de que ocultaba algo, no sabía lo que era, pero lo descubriría pronto. Primero, tuvo ese impulso infantil de despertarlo y obligarlo a mostrarle los mensajes. Lo pensó mejor, debía esperar el amanecer, tomó un respiro y dejó el teléfono donde debía estar.  

La obsesión no le dio tregua, apenas tocó la almohada con la cabeza y aspiro el aroma del sexo aferrado a las sábanas, perdió la razón. Era la resaca del desvelo lo que había evitado la adecuada sinapsis de sus neuronas, quizás ya estaba un poco loca desde antes; cualquiera que fuera la verdad, nadie vio cuando Sandra sujetó la navaja entre sus manos, ni sus lágrimas cuando estaba a punto de abrirle la garganta al hombre que la había poseído con pasión la noche anterior. La furia ardía sin control. Él, dormido, con el cabello revuelto sobre la almohada, ignoraba lo que estaba por venir. Fue un pequeño descuido lo que llevó la relación a ese punto, fue una mala elección lo que terminó con él.  

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