Busqué en los entrepaños de mi armario el papel que alguna vez había firmado en donde quedaba exento de la deuda de muerte. Mi futuro financiero dependía de ese diminuto pedazo de papel. Los abogados ya me estaban comiendo los oídos con la voracidad de una termita. Escarbé con brutalidad y angustia; salía ropa, zapatos, papeles, papeles y más papeles pero el único que quería no emergía hacia la luz.

Con el sudor desbordando por mi frente, mis ojos desorbitados y mis uñas trituradas a causa de mi ansiedad, noté que tocaban fuerte a mi puerta. Eran los abogados, querían sí o sí la única prueba que podía acreditar que yo ya había liquidado aquella deuda. Comencé a dudar sobre la existencia de ese papel, mis aires de mitomanía de pronto tomaron relevancia y perdí la noción del tiempo y del espacio.

Al no responder a los estruendosos toquidos de los abogados, éstos gritaron que tenían una orden, y que iban a tumbar la puerta. El ambiente se tornó tenso y áspero, no quería ver arruinada mi vida económica; mis lujos, mis carros, mi ropa, mis viajes, mis comidas. No quería ser un vil mediocre con más cuentas por pagar que comida en el refrigerador. Corrí hacia la mesa del recibidor de mi departamento, tomé las llaves de mi convertible y miré hacia la ventana. Vivía en un tercer piso, así que de pronto no se me hizo descabellada la idea de saltar, —si acaso son 10 metros— pensé. Los abogados lograron derribar la puerta, me vieron a escasos centímetros de la ventana, agarré todo el aire que gravitaba en el departamento y salté con la gallardía y confianza de un atleta olímpico. Durante esos momentos que me mantuve en el aire, sentí que por fin podía acariciar la libertad, recorrió mi cuerpo una sensación de alivio, de fortaleza y de inmensa felicidad… hasta que, por obvias reglas de gravedad, mi cuerpo azotó brutalmente en el seco y áspero pavimento.

Todo se fue a blancos; el dolor era inmenso, el bullicio ensordecedor. Durante sólo un pequeño instante recuperé la conciencia, abrí mi ojo derecho para ver dónde estaba y qué había pasado y sólo alcancé a percibir una grúa que se estaba llevando mi hermoso convertible. Fue en ese momento que la desilusión me enardeció. Cerré los ojos. Me cuentan los doctores que estuve dos meses en coma, que tuve múltiples fracturas de costilla, tibia, peroné, brazo, columna y cráneo. Que no entienden cómo la libré.

Hoy estoy vivo, milagrosamente vivo vestido con un luído traje color beige. En una celda compartida con otras tres lacras de la sociedad. Estoy en proceso por un multimillonario fraude fiscal. El panorama es terrible y la vida es absurda.

Por cierto, estoy postrado en una silla de ruedas, ya no puedo caminar.

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