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Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas | @rutanortelaguna

Durante mucho tiempo he arrastrado por la vida una biblioteca. Se trata de los libros que minuciosa y testarudamente he pescado en 40 años de indescifrable bibliopatía. Mi ritmo de lectura es de cuatro piezas por mes, si me va bien, así que ya no me dará la biología para leer lo acumulado. Esto no me arredra, pues, como toda buena enfermedad, la bibliomanía es incurable y a lo mucho que puede aspirar quien la padece es a sobrellevarla con abnegación y mirando para otro lado cada vez que se busca sentido a este sinsentido.

El caso es que hace poco logré revivir una estantería donde cupo, digamos, una cuarta parte de la biblioteca. Falta crear el espacio para los demás libros, pero eso ocurrirá, si todo sale bien, hasta finales del año. Por ahora he pensado de nuevo, una vez más, en la necedad de dar espacio a tanto papel. Es, cómo no, un asunto caro y molesto, pues en lugar de mandar al carajo tanto libro uno termina por ceder con el pasajero, efímero y alucinado fin de leer para no sé qué, quizá para ser feliz a pequeños trancos, para alcanzar alguna forma de la seguridad emocional u otro objetivo igual de difuso.

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En la foto, deformada por haber sido hecha en “modo plano”, no se nota que por ahora, sólo para que ya no durmieran en cajas, aventé los libros casi al azar, así que faltará organizarlos por temas o algo parecido. Esto sería más fácil si un día despierto y decido mandar todo a la mierda, venderlo a precio de ganga o directamente donarlo a alguna institución que se encargue de tirarlo en un hoyo burocrático, qué se yo. Pero no he podido. Sigo pues arrastrando por la vida esta curiosa incomodidad.

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