Por Jaime Muñoz Vargas

En medio de la crisis provocada por la pandemia de coronavirus cundieron, además de la información, las recomendaciones y los videos chuscos para hacer más llevadero el encierro, muchos mensajes de índole conspiracionista. Estos mensajes daban por hecho que el virus no nació espontáneamente, sino, palabras más, palabras menos, como un plan pensando por alguien para desestabilizar al mundo y/o experimentar con la reacción y el control de la población. La tentación de adherir a esas teorías es muy grande, pues de entrada resulta verosímil que a estas alturas de la historia las superpotencias hayan comenzado a vislumbrar modificaciones al esquema del capitalismo global a partir de medidas que los humanos de a pie jamás veremos con claridad. Los hilos de la economía mundial están en pocas, en muy pocas manos, y no parece lejano el día en el que serán jalados para contener o eliminar a los millones y millones de desposeídos desparramados por todo el planeta. Quizá ya llegamos a esto, pero a nosotros no nos es dado saberlo.

Pese a lo anterior, no cedamos a la tentación del conspiracionismo. Imaginemos que el virus nació espontáneamente en China y luego se extendió por el mundo debido a la interconexión actual de la vida social y económica.  El panorama no es alentador, pues la pandemia ha demostrado que con inusitada rapidez las crisis pueden alcanzar escalas nunca antes vistas en la historia de la humanidad. La moraleja de este cuento de terror, cuando termine, deriva al menos hacia dos vertientes: por un lado, luego de la contingencia queda claro que las epidemias/pandemias deben pasar a otra categoría de crisis y, tras considerarlas de esta forma, preparar a las comunidades con el fin de no ser tomados por sorpresa en el futuro. En otras palabras y como ya lo están haciendo algunos países, los gobiernos y sus comunidades deben diseñar mecanismos para contrarrestar los estragos que genera un agente de alta agresividad como el coronavirus. A semejanza de los simulacros organizados para prevenir el embate de los sismos o los tsunamis, las sociedades deben crear las condiciones para saber qué hacer ante la posibilidad de contagio masivo por microorganismos.

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Por otro lado, en los planos individual y colectivo es pertinente reconfigurar nuestra forma de encarar la vida. Si lo que actualmente la define es, en esencia, el consumismo desenfrenado de bienes y servicios, un resultado positivo de la crisis será hacer un mea culpa individual, familiar y comunitario para examinar qué tan grande es el daño que hacemos al entorno debido a nuestra manera de consumir. Soy de los que ven con pesimismo una conversión voluntaria del mercado o, dicho en términos más amplios, un cambio en las inercias del capitalismo, sistema depredador por naturaleza. El capitalismo en su etapa superior llamada neoliberalismo es el mayor peligro que enfrentan el presente y el futuro de la humanidad; en su ser habita la destrucción, el egoísmo, la voracidad y una destreza inusitada para reproducirse y readaptarse, de allí que no será nada fácil escarmentar con la pandemia y modificar nuestras conductas, pero algo tendrá que hacerse para contener la depredación.

No será fácil, pero el tiempo se agota y ya no queda tanto para evitar que nuestros hijos o nuestros nietos sean la generación que baje la cortina y diga “fin, esto se acabó”.

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