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Sobre lo bello y la literatura

Correspondencias | Alfredo Loera

Resulta evidente que la literatura no se supedita a la belleza. No está en una retórica equilibrada, tampoco en lo hermoso de sus imágenes. Ya Víctor Hugo y Stendhal lo habían advertido en el siglo XIX. Los genios a veces son geniales por señalar lo obvio. Basta con leer los versos de Baudelaire para comprender la falacia de la literatura como una semejanza con lo bello.

Recuerda, alma, el objeto que esta dulce mañana

de verano hemos contemplado:

al torcer de un sendero una carroña infame

en un cauce lleno de guijas,

con las piernas al aire, cual lúbrica mujer,

ardiente y sudando venenos,

abría descuidada y cínica su vientre

lleno todo de emanaciones.

Irradiaba sobre esta podredumbre el sol, como

para cocerla al punto justo,

y devolver el céntuplo a la Naturaleza

lo que reunido ella juntaba;

y el cielo contemplaba la osamenta soberbia

lo mismo que una flor abrirse.

Tan fuerte era el hedor que creíste que fueras

sobre la hierba a desmayarte.

No hay una definición confiable del concepto de belleza. Muchos, como Platón, Kant, Schiller, Hegel, intentaron encontrar su carácter final. Todos fracasaron. Esto no dejó de tener consecuencias en la idea del arte, la estética y la literatura. Por un lado, generó un desajuste en sus ideales y valores; por otro, abrió nuevas sendas, para nuevos estilos y propuestas.

Pero si el arte y la literatura no basan su estatus en la belleza, ¿dónde reside su valía? ¿En el placer estético? Seríamos hipócritas si aseguráramos que únicamente lo bello nos genera placer. ¿Cuántas veces hemos quedado cautivados por imágenes horrorosas o por narraciones de actos moralmente cuestionables? Nada tienen que ver con ninguna de las bellezas planteadas por los filósofos, y grandes obras artísticas y literarias se sustentan en dichas realidades. Si no fuera así, la literatura quedaría reducida a unos cuantos textos inofensivos. No caeremos tampoco en la idea de ser normativistas y decir que todo lo que no sea bello no es literario ni artístico. Falso. La literatura es un acto social, irreductible a un concepto. Me parece que una de las fallas de las concepciones clásicas de la literatura es el olvido de su capacidad de comunicación. La literatura y el arte generan placer porque comunican algo, por más horrible que sea. 

En este sentido, la literatura no sólo comunica lo bello; más bien, nos comunica el mundo, y el mundo, como se sabe, también alberga la posibilidad de lo terrible y lo grotesco. Por tal motivo, lo literario se parece más a una experiencia sobre ese mundo, ya sea por lo voluptuoso del mismo, por la curiosidad que nos genera o por la necesidad de imitar a los otros, en una búsqueda de posicionarnos en él.

Desde luego, estas no son las variantes exclusivas del origen del placer estético; no obstante, se presentan como una respuesta razonable ante la discrepancia entre lo bello y lo literario, entre lo bello y lo artístico. La belleza, como ya he dicho, propicia placer, pero no es lo único que genera placer. El placer estético no sólo se da por lo bello, también se da por el simple hecho de saber.

“Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber. El placer que nos causan las percepciones de nuestros sentidos es una prueba de esa verdad.” Así comienza Aristóteles su Metafísica. ¿Y tiene razón? Me parece que sí, y también creo que la literatura nos muestra por medio de las palabras cosas que están en el mundo, invisibles a nuestros ojos, y de ahí ese placer semejante al mencionado por el filósofo. Y eso que vemos en la literatura no siempre es noble o ejemplar, pero es así como lo literario posee un gran poder comunicativo, y también, por lo mismo, quienes somos asiduos lectores encontramos gran placer en los libros. Se trata de un placer que va más allá de los sentimientos moralmente aceptados, independientemente de la moralidad de la que se trate. 

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Bajo este orden de ideas, descubrimos que la literatura difícilmente se acopla con algún valor preestablecido tanto estético como ético, como tampoco lo hace la voluptuosidad, la curiosidad y la necesidad humana de imitar a sus héroes o antihéroes, de vivir a través de ellos; es un placer que en la literatura podemos hallar, y de ahí su posibilidad transgresora; el morbo (la curiosidad) es otros de sus elementos, por más cuestionable que se presente. Negar estas posibilidades al arte y a la literatura es hacerlos inofensivos; es también lo que han intentado la mayoría de los regímenes morales y políticos.

Alonso Quijano decidió imitar a los caballeros andantes después de haber leído buena y mala literatura de caballerías. Emma Bovary, del mismo modo, supo que había una vida más allá de los valores burgueses, a raíz de las novelas románticas. ¿Cuántas personas han encontrado en un cuento, una novela o un poema, un modelo a seguir? Esto siempre fue problemático, sin duda; sin embargo, no se trata de evaluar si son éticamente pertinentes, se trata de comprender dónde reside lo literario. La ética no es un tema menos importante, pero ¿es la literatura en sí la responsable de ella? Yo, estimado lector, no estoy seguro. La literatura, al ser lenguaje, es como el lenguaje mismo, lleva corrientes internas no manifiestas desde la superficie, y arrastra un sinfín de cosas. 

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Alfredo Loera (Torreón, 1983) es Maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Inició sus estudios de literatura en la Escuela de Escritores de La Laguna. De 2009 a 2011 fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Publicaciones suyas han aparecido en revistas como Casa del Tiempo, Círculo de Poesía, Fundación, Pliego 16, Ad Libitum, Este País, Siglo Nuevo y Tierra Adentro. Es autor de los libros Aquella luz púrpura (FETA, 2017) y Wish you were here, (SEC, 2020).  

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