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Correspondencias | Alfredo Loera | @alfredoloeramx

El erotismo permea cada una de las páginas de esta novela de Teresa Muñoz. Ya desde los cuentos de El fin de la inocencia (Quintanilla 2020) resulta claro que sus preocupaciones literarias y estéticas son afines con aquellas del cuerpo. No sólo el cuerpo femenino, sino quizás de un modo más fascinante el cuerpo masculino. Si no me equivoco, la definición más recordada en el imaginario respecto al erotismo es aquella de George Bataille. En sus reflexiones el francés relaciona en gran medida lo erótico con la muerte y con la angustia. Escribió:  

Toda operación del erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento. El paso del estado normal al estado de deseo erótico supone una disolución relativa al ser, tal como está constituido en el orden de la discontinuidad (El erotismo 13).

Para Bataille lo erótico es un intento por erradicar el abismo de la soledad entre los individuos. Es el deseo por suprimir lo discontinuo propio de cada uno de nosotros en correspondencia con los demás. Considero que esta es la definición que ha dominado desde mediados de siglo. Más de uno habrá escrito cuentos eróticos a partir de dicha premisa. Sin embargo, no puedo dejar de advertir en Bataille, a pesar de la gran calidad de su prosa y la profundidad de sus imágenes, un prejuicio que no es menor. Su injustificada equiparación de lo erótico con lo violento. Tal vez esto se debe a que no puede evadir su mirada masculina, que está mucho más cercana a la idea de la posesión. Para el francés, el coito, el acto carnal, se trata más de poseer que de gozar. En Bataille el erotismo es violento irremediablemente.

Esa acción violenta, que desprovee a la víctima de su carácter limitado y le otorga el carácter de lo ilimitado y de lo infinito perteneciente a la esfera sagrada, es querida por su consecuencia profunda. Es deliberada como la acción de quien desnuda a su víctima, a la cual desea y a la que quiere penetrar. El amante no disgrega menos a la mujer amada que el sacrificador que agarrota al hombre o al animal inmolado. La mujer, en manos de quien la acomete, está desposeída de su ser (67).

Al leer estas líneas, uno no puede más que preguntarse si son exactas, si no son palabras más provenientes de la angustia que de lo erótico. Un libro como el de Teresa Muñoz, escrito desde una perspectiva menos snob, me parece pone en evidencia lo errado del pensamiento de Bataille. El erotismo recreado en Días de ceniza emana de otro lugar, emana del descubrimiento del cuerpo, pero sobre todo de la interioridad del yo. En ninguno de sus aspectos, bajo la mirada de Teresa Muñoz, se trata de violentar al otro, ni de desposeerlo de su ser. Muy por el contrario, a lo largo de las páginas lo erótico es un modo de develar la verdad de lo seres. Lo erótico aquí es la develación de una verdad corporal.

Pienso que en Días de ceniza se abre paso una perspectiva sumamente renovadora y mucho más coherente. No es el erotismo cerebral del que nos habla Bataille, es el erotismo de la piel, de lo femenino en búsqueda de lo masculino y viceversa. Es el erotismo que erradica las convenciones morales, para dar paso a la existencia misma. Teresa Muñoz en esta pequeña novela da la impresión de decir que lo erótico es una experiencia gozosa y no una impostura.

Sin duda esta frescura en la prosa y el tratamiento del tema proviene del punto de vista adolescente de Clarisa, protagonista de la novela, el cual otorga al relato una inocencia transgresora. La historia está situada en la época de los años ochenta, justo en el auge petrolero de la ciudad de Minatitlán. Clarisa ha llegado junto con su familia desde el desierto del norte del país a este nuevo mundo del trópico. La selva, la laguna, el mar, la playa, la humedad que dan atmósfera a cada una de las acciones también son metáforas del naciente erotismo del personaje. Es ella quien nos cuenta en primera persona sus descubrimientos y sus sensaciones, sus deseos, sus miedos y sus culpas. En un estilo que recuerda a El amante de Margarite Duras, nos va presentando el conflicto de sus padres y la amistad con su hermano y Rosana, una compañera de la preparatoria. La anécdota puede dar la impresión de ser muy sencilla; no obstante, la valía del libro se encuentra en el tratamiento del erotismo.

Andrés me miró sin sorpresa, me esperaba. Yo dejé de sentirme niña y le sonreí. No hablamos, solo nos acercamos. Él estiró el brazo para tocar mis hombros, deslizando los dedos entre las clavículas y los tirantes de la blusa, llegando a los pequeños pechos, apenas un poco más redondos que la primera vez que los tocó. Cerré los ojos porque la sensación fue tan intensa, tan mareadora, que temí desmayarme de gusto. El deleite me abrió los labios en espera de los besos que había visto a escondidas en tantas películas. No sabía qué más hacer porque ese iba ser mi primer beso. Pero Andrés no me lo dio. Me quitó la blusa y comenzó a lamer mis pezones rosados y la humedad me invadió tan intensamente que por momentos me ruborizaba la idea de haberme orinado (Días de ceniza 52).

En lo único que concuerda la mirada de Teresa Muñoz con la George Bataille es que en el erotismo hay una transgresión. Para Bataille la transgresión ocurre entre los individuos del acto sexual. Para Muñoz se da cuando una mujer ejerce su sexualidad, en especial si es una adolescente: por lo común la sociedad no lo soporta. 

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Días de ceniza es un libro transgresor porque la temática principal del relato aborda el ejercicio del sexo por una adolescente. En la novela van sucediéndose las escenas que para más de un lector no dejarán de ser perturbadoras, pues por supuesto transgreden la moral imperante de nuestra época, donde con ciertos matices la sexualidad femenina ha sido de antaño restringida, no sólo por los hombres, en la cultura machista, sino por las mujeres, a veces como una confirmación de ese machismo rancio, pero creo que también en tiempos más recientes bajo el halo de un comportamiento femenino célibe, en donde el erotismo ya no tiene cabida. Tengo la impresión de que dicha perspectiva a expulsado el erotismo de la experiencia cotidiana, porque precisamente la única vertiente disponible dentro del imaginario de algunos círculos sociales sólo es el proveniente de las reflexiones de Bataille. Esa idea del erotismo ya es cauca.

Teresa Muñoz en sus dos libros Días de ceniza y El fin de la inocencia se ha caracterizado por ser una escritora difícil de leer, pues sus personajes nunca concuerdan con una idea preestablecida de la moral, más bien se mueven siguiendo sus impulsos, sus deseos, sus búsquedas. En este caso Clarisa, centro de la novela, va comprendiendo cómo se dan las relaciones entre hombres y mujeres, pero más aún entre hombres y hombres y mujeres y mujeres. En el tratamiento del sexo se advierte una fluctuación entre lo heterosexual y lo homosexual, en la preferencia fluida, que pienso, a pesar de la incomodidad que recae sobre algunos de nosotros es más real que la rigidez de la definición.

El libro de Muñoz por lo tanto se inserta en la tradición de los inmoralistas. En él no hay consejo de vida, no hay didáctica, se trata del erotismo puro, aquel que busca el placer carnal sin pensar demasiado en las consecuencias. Y, sin embargo, no sólo trata de eso, también habla de la falacia de las costumbres familiares, de la liberación femenina, del deseo de libertad que todavía sigue en insatisfecho. Esto sobre todo está presente en la madre de la protagonista. Habla de la relación entre los hermanos y sobre todo de la atmósfera del sur de Veracruz, de Minatitlán y la laguna de Catemaco. Pocos escritores como Teresa Muñoz han hecho descripciones poéticas de estos escenarios tan acertadamente. La ceniza, sin duda, para todos los lectores de este libro será un descubrimiento.

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