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Toleremos el «occiso»

Por Jaime Muñoz Vargas

En aquellas clases de periodismo cualquier maestro nos recordaba la importancia de evitar muchos vicios, uno de ellos el de la sinonimia aparentemente lujosa pero más bien chocante, fallida, chabacana incluso. Así, aunque la prensa seguía a todo mecate manejando palabras de corte seudoelegante o seudoculto, los azorados alumnos éramos formados para sacarles la vuelta como si tuvieran lepra o les debiéramos dinero.

La idea era eliminar radicalmente esas equivalencias chafas, no escribir jamás “tragahumo” en vez de “bombero”, o “galeno” en lugar de “doctor”, o “amante de lo ajeno” en vez de “presunto ladrón”, o “ergástula” en lugar de “cárcel”, o “nosocomio” en vez de “hospital”, o “vital líquido” en lugar de “agua”, o “fémina” en vez de “mujer”, «sexagenario/septuagenario/ octagenario/nonagenario» en vez de «hombre de sesenta/setenta /ochenta/noventa años», y así varios más. A estas alturas ya podemos vislumbrar que la principal usuaria de ese mal gusto era la fuente policiaca, ideal como pocas para ensayar tales exquisiteces, aunque en otras secciones, justo es señalarlo, no escaseaban tics similares.

Y bien, hace un par de días leí la expresión “el occiso” y volví a pensar que pertenece, claro, a la familia ya citada. Sin embargo, le di un poco de vueltas en la cabeza y llegué a la siguiente conclusión: por supuesto que suena como las demás, tiene el tufo igualmente feode sus congéneres, pero creo que ésta sí podemos admitirla. Aunque nadie en la conversación cotidiana diga “el occiso”, sino “el muerto” o “el fallecido” o “el difunto” para referirse al muerto con violencia (como la RAE define «occiso»), en la escritura dentro del contexto mexicano es difícil eludir “el occiso” sobre todo cuando el muerto ya ha sido identificado, no era delincuente y fue víctima de un acto violento o de un accidente. Veamos este párrafo imaginario:

El profesor Nicolás Neyra Root fue encontrado sin vida y con huellas de violencia en su domicilio de la colonia Nuevo Sol. El muerto presentaba heridas en las manos y en la espalda, además de los dos disparos en la cabeza que segaron su vida…

Nótese que si allí cambiamos la palabra “muerto” por “fallecido” o “difunto”, algo nos choca, sentimos que somos demasiado fríos (muerto o fallecido) o populacheros (difunto). No pasa igual si escribimos “occiso”, palabra en la que sospechamos una carga de sentido forense, que tiene algo de valor científico, por lo que disculpamos su sequedad.

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Hay además otro fleco por el que no me parece tan incómodo usarla. Continuemos la nota imaginaria.

Las primeras investigaciones revelaron que Neyra Root llegó a su casa aproximadamente a las ocho de la noche en punto, pues minutos antes había comprado algunos productos en una tienda cercana a su domicilio. Poco después, el hoy occiso volvió a salir con ropa más informal a la misma tienda…

¿Qué hacer aquí? Es lógico que en la descripción no es posible escribir “el occiso” a secas, pues cuando fue a la tienda por segunda vez todavía no lo era, de ahí que sea útil escribir, para salir de apuros, “el hoy occiso” (no “el hoy muerto” y demás). Si no se atiende este detalle, puede ocurrir lo que jocosamente ha pasado en notas sensacionalistas:

Ponciano Ektún Astudillo, de sesenta años, cayó de una azotea y murió instantáneamente al golpearse en el cráneo. El muerto se encontraba reparando un equipo de aire acondicionado…

En todo caso, sé que lo ideal sería redactar de otra manera, pero el periodismo necesita a veces puertas de salida rápida. Ante la descripción de hechos donde la muerte sanguinosa lamentablemente ocupa un lugar céntrico, “el occiso” y “el hoy occiso” son fealdades que por esas sutilezas del sentido tenemos que aceptar así sea a regañadientes.

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