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Texto vía El Pensador Amateur

Trastoca el aire, espanta el bochornoso calor que nos agobia plantando un fresco inaudito para la época del año. Siempre nos toma desprevenidos, desconcertados. Alguien lejano da la señal de alerta que recorre la ciudad de boca en boca. «Ahí viene la tierra». El espectáculo no es grato, tiene tintes apocalípticos, nos llena de temor, de dudas  ¿Por qué el polvo se asocia con el viento para abandonar su sitio y embarcarse en una aventura desigual trastocando el relato bíblico en donde Dios creó el cielo y la tierra pensando en mantenerlos separados?

¿Por qué el desierto intenta rediseñar los designios universales marcando un alto al paso del tiempo exigiéndole sumisión a su silencio?

En una tolvanera perdemos la noción del horizonte, extraviamos el rumbo, mezclamos los recuerdos, llenamos de temor los anhelos del futuro. Cuando se diluye, sopla viento cálido acompasado por un murmullo seco que recorre la estepa atestiguando el naufragio. El horizonte no es infinito, se estrella con montañas altas y desprovistas de vegetación allá, muy lejos, al fondo, en el sitio que apenas imagina la mirada.

Hay que replegarse cuando la tolvanera arrecia, cuando el cielo se enturbia y la luz queda atrapada en el desordenado universo de tierra que se apodera del aire.  Espirales incontrolables van de un sitio a otro y el sordo rumor que envuelve nuestro miedo parece el gemido de una bestia herida que clama venganza. Nos abrazamos, apretamos con decisión el timón para evitar bandazos, nos tiramos al suelo, nos enconchamos, sostenemos la respiración por un momento que pasa pronto, el miedo no es eterno. Hay algo que nos mantiene de una pieza, cohesionados, resilientes, es el refrescante recuerdo que heredamos de nuestros abuelos, de sus abuelos, no hay mal que dure cien años, reverbera en nuestra memoria. Esperamos, quietos, a que todo se tranquilice. Abrimos los ojos cuando sospechamos un aroma limpio que revive nuestro olfato. Todo está cubierto por una molesta capa de polvo, por un brochazo de burlón desasosiego que nos aplicamos a reparar, no hay imposibles, todo tiene remedio.

Con humildad, con paciencia, invitamos al polvo a que retome su sitio, el que le corresponde, lejos de nuestros muebles, de nuestra vivienda. Al tiempo que el aire se va limpiando de impurezas, el cielo va olvidando el agravio, se recupera la prístina transparencia que nos permitirá observar cuando avance la noche, un torrente impetuoso de estrellas.

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En el desierto, la molestia y el consuelo vienen de la mano, juntos están siempre el miedo y la esperanza, la amenaza y la promesa. Tanta riqueza curte el temperamento, afianza la aguerrida condición de superviviente, la innegable voluntad de permanecer y, sobre todo, de estar.

Nos asalta una profunda sensación de sed. Un abandono existencial se apodera de la lengua que pierde su flexibilidad, una noción de ardor invade el pensamiento, la vista pierde su movilidad, todo se queda fijo, estático. Aparecen sombras que invitan a renunciar a cualquier progreso. Se pierde la memoria del agua, de su grata y refrescante recorrido cuando llega a nuestra boca para de ahí distribuirse a todas nuestras células. La sed, es la ausencia de alma.

El sol se ensaña, intenta eliminar al que tenga sed, pulveriza su camino, evapora su esperanza, arrincona su voluntad. El sol no quiere que alguien así camine por sus dominios, le prepara un funeral de rutina para evitarse la molestia de verle deambular errático y sin beneficio.

Para sobrevivir en el desierto es preciso saber en donde hay agua, siempre hay, solo hay que saber en dónde y cuidarla para que no se agote.


Las tolvaneras remueven la tierra, trastocan el aletargado orden del desierto. Contra todo designio, de pronto, el cielo ya no es azul y la tierra ya no está a tus pies. Por unos minutos, entiendes la sentencia cuaresmal de “polvo eres y en polvo habrás de convertirte” y por mucho que la vida moderna haya diluido la fe, te preparas para hacer penitencia.

En estos lugares en donde hay que arrancarle a la vida el sustento es más fácil entrar en comunicación con el universo, con la divinidad, con la suma total de todas las ecuaciones, con la conjunción última de los organismos, con el testimonio petrificado de la vida, con la memoria de toda nuestra existencia, con los ecos presentes del origen. Se requiere una asertividad “echada para adelante” , tener arrestos suficientes ajenos a toda dubitación y animarse a enfrentar el reto. A la vez, es indispensable poseer una subterránea humildad que nos mantenga siempre alerta, agradecidos ante cualquier ofrenda, esperanzados a la más mínima señal, no podemos dar nada por sentado. Los pequeños remolinos que se forman con cierta frecuencia son avisos inocentes de que uno grande puede aparecer en cualquier momento y provocar una destrucción, focalizada pero bestial, por algo se fijó el terror en la precaria mitología de los Irritilas como la figura del demonio, “Cachiripa”.

Si algo se aprende en el desierto es que sin nada llegamos y sin nada nos iremos.
Es probable que la única herencia que dejemos a nuestros hijos sea la sonrisa de nuestro cadáver y la memoria de nuestro arrojo y nuestra osadía.

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