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Alejandro González Enríquez

Constantemente en nuestra cotidianidad mexicana es común hablar de la relación que existe entre nuestro país y los Estados Unidos, a colación salen siempre en las conversaciones como la política y la economía nos afectan; pero más aún, esta relación se ve fortalecida por las personas, amigos y familiares que radican del otro lado del rio Bravo. Ellos, se han convertido en embajadores de nuestra cultura en aquel país. Hay casos que nos llenan de orgullo, como el de este escrito, el de la maestra Victoria Montesinos.

Nacida en la ciudad de México, con un padre cineasta, desde muy pequeña sintió afinidad por las artes. Tal vez sería por la influencia de él o por el mundo al que tenían acercamiento que su talento se fue desarrollando.

El encargado de encausar esta creatividad fue José Bardasano, artista español refugiado en México que fue tan prolífico que llegó a fundar su propia academia. Victoria, deseosa de practicar el dibujo, le pidió a su padre que la sacara de la escuela para ir a la academia de Bardasano, naturalmente sus padres no accedieron, pero le dieron permiso de acudir en sus vacaciones de acudir con el y cuando acabó sus estudios duró por 6 años como aprendiz del maestro.

Poco a poco su carrera se fue consagrando como una extraordinaria pintora y sobre todo como retratista, para los años 70 ya había pintado a una buena cantidad de personajes del mundo del cine y damas de la sociedad capitalina. 

En una exhibición probó algo distinto, hacer unas figuras femeninas con atavíos de otras épocas, mostrando cierto halo de misterio. Estas figuras llamaron la atención de unos espectadores de la muestra, quienes la invitaron a trabajar para su empresa, dedicada a hacer litografías, grabados y otras propuestas editoriales. Su contrato de exclusividad la haría cambiar de residencia por más de 30 años a Nueva York, ciudad que la acogió, le brindó amistades y un nuevo estilo de vida.

Es imprescindible hablar puntualmente de su obra, la calidad de su trabajo se muestra por sí mismo. De su pincel brotan las más finas características de los elementos que quiere mostrar, los sensuales ojos de sus mujeres, la textura de velos y ajuares que las acompañan. El vacío que provocan sus pinturas más obscuras y cadavéricas hasta la dulzura de las imágenes naturales. Sus flores, coloridas y casi abstractas son ejemplos de este proceso de observación minucioso, una observación anatómica de cada elemento compositivo que se refleja en sus cuadros.

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No es extraño que suceda así pues una mujer cultísima, curiosa e inteligente es la responsable de todo ello, con un haber de más de 40 exposiciones en Estados Unidos, México y Europa, amante de la naturaleza, la lectura, el cine y el contacto con el exterior hacen que su plática sea por demás atrayente e inagotable. “Mi propósito principal en el arte es comunicar” y claro que ha sido así. Una vida que se ha vuelto como los vasos comunicantes de la raíz a la flor. Sus pinturas que se comunican de ideas suyas a emociones en quienes las contemplamos, su trayectoria que se comunica entre dos países y su arte, un enigma que emociona en cualquier parte del mundo donde se encuentre.

 

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