Portada Reportaje
Image default

Las tardes y las noches y las mañanas grises de domingo que vician y entorpecen cualquier mínimo atrevimiento para hacer algo productivo, llevan a la gente o, para ser preciso, a mí, a postrarme en una cama, adherirme a ella como la mugre en las uñas y dejar que las horas pasen sin importar nada ni nadie.

En aquella ocasión me topé con un título que impactó mis sentidos, lo concebí algo forzado y amorfo: “La música nunca paró”. Tenía miedo de que fuera un musical vano y hueco y superfluo y mentiroso y rácano como High School Musical o incluso peor, pero la osadía que siempre me caracteriza, me llevó a darle click, y sé que ésa fue una gran decisión.

J.K Simmons, el temible maestro de jazz en “Whiplash”, interpreta a un papá y esposo maduro, gringo tradicional y conservador por naturaleza. Él, junto con su esposa, se reencuentra con su hijo que había huido de su casa veinte años atrás por no coincidir con sus ideales. Gabriel, el hijo extraviado, es hallado en un hospital con un tumor cerebral que, al retirarlo, le deja una secuela catastrófica.

A partir de ese momento, la música toma el papel protagónico y asume el hilo conductor de una película guiada en su mayoría por las alegres y bailables canciones de Grateful Dead y The Beatles.

Puedo seguir relatando la historia y consagrarme como el spoiler más grotesco y odioso de la industria cinematográfica, pero vale la pena saborearla, escucharla, sentirla, odiarla, repudiarla, lamerla, orgasmearla. Ésa es la virtud de esta película, puede gustar o no, pero siempre va a generar algo adentro del espectador.

Ese domingo, esa tarde terregosa de primavera, vi la película con mis progenitores, pensé de alguna manera que, sobre todo, a mi padre le iba a gustar la temática, la música y el manejo del guión; no me equivoqué.

De pronto los machos cabríos, líderes y proveedores de la familia, resulta difícil verlos llorar, y menos durante una película, pero siento que remonté a mi padre a alguna época que no me ha relatado en la que siguió y fue afín a todo ese movimiento contracultural (hippie) que promovía la libertad en innumerables facetas, luchaba contra la represión y la discriminación de la que muchas personas, hoy adultas, bastante adultas, sufrieron.

Para pasar una agradable noche, “La música nunca paró” es una excelente opción para moldear una linda sensación y un lindo concepto que arroja a la música como un instrumento terapéutico, de unión, realización e incluso de indicador social.

Un domingo de películas no puede llegar a ser inmortal o memorable, pero sí puede menguar a la terrible apatía que destroza cualquier atisbo de voluntad por vivir.

“La música nunca paró” es un conducto para entender que la conexión con una persona puede venir detonada desde el compás del corazón.

Cargando....