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Domingo Palomero Entretenimiento

Domingo Palomero: Güeros

“puto cine mexicano, agarran unos pinches pordioseros y filman en blanco y negro y dicen que ya están haciendo cine de arte”

Éste domingo de Netflicseo disfruto de reseñar Güeros, una película tan buenérrima que se mofa de sí misma, tan intelectual que no necesita palabras rebuscadas ni poemas en rima o en prosa para desprender belleza y cultura, drama y romance, amistad y fraternidad. Los actores y sus interpretaciones no rasgan siquiera en lo emotivo, todo se huele, se observa, se saborea, se siente; percibe uno la humanidad mexiquenes porque eso es lo que proyectan en la hora con cincuenta minutos de duración. No dicen mucho, y a la vez dicen todo y más, con gestos, con acciones, con posturas, con miradas. Güeros exhibe al país unamesco que sin duda se vive actualmente, ese donde los estudiantes desbordan de saberes pero no de madurez ni de espiritualidad.

No la cuento, por supuesto, pero se las extraigo de Netflix para convencer a que la vean, que conozcan a México, que preparen su cineteca mental para darle un lugarsito al lado de Perras y de Rojo Amanecer y de Amarte Duele y de Amores Perros. Güeros es una obra maestra blanquinegra cuya extensa trama se termina sin decirle a uno como espectador que ya terminó. Me pasó que para cuando llegan los créditos y Agustín Lara le canta al final de la película, uno se queda con la saliva en la boca, como si comiéndose una dona de moka de pronto el pan y la moka desaparecieran de la lengua y el disfrute se acabara de la nada. Así es Alonso Ruizpalacios, el director de Güeros, el tiempo pasa quién sabe en qué momento y ya está, la historia llega al fin y los besos y los abrazos y los éxitos y las risas y las lágrimas y todo lo vivido con Tomás, con Sombra, con Ana y con Santos se disipa en la canción jarocha de Veracruz y después en la de Azul pero cantada por Natalia Lafourcade.

Al final uno se pregunta si el amor se concluyó o no, si Tomás fue feliz, si la rebeldía del estudiante puma es una verdad existencial o sólo un montón de intelectuales compitiendo por ver quién sabe más de política, si Sombra supera su trastorno psicológico con un beso. Por qué Santos se emputa que le digan Güero, por qué Epigmenio Cruz se quedó dormido y si firmó o no el casetillo, por qué Ana se aleja así nomás, va a cortar con su novio o se va a quedar con él; van a volver Santos y Sombra a su departamento, o se van a quedar en la marcha y luego a la universidad, se van a disculpar con los vecinos y su hija con síndrome de Down o se cambiarán de vivienda, a una más barata donde tengan cervezas, televisión y donde pueda Santos terminar su tesis sobre la diversidad molecular de comunidades de rizobios y de sus genes simbióticos como indicadores del grado de conservación y su potencial para la restauración de los bosques tropicales.

Pero no hay respuesta, para nada, como en la vida, la cosa no termina nunca y creo que eso es precisamente lo que más me impactó de la inmensidad de factores que sobrelleva Güeros: su ingente capacidad para decirle al público que una película, una historia, una novela, un cómic, nunca termina cuando llegan los créditos, sólo es que dejan de contarla, la cosa es asumir que los cuentos se siguen, y que todo aquello que vemos en hora cincuenta es sólo una parte de la grandiosidad que puede sucedernos todos los días si salimos de casa y escogemos uno de los millares de caminos.

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