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Domingo Palomero Entretenimiento

Domingo Palomero: Los Amantes del Círculo Polar (Película)

«Todo caduca con el tiempo. El amor también. La gasolina del coche, por ejemplo: si olvidas que se va a acabar te dejará tirado en medio del campo.»

Otto y Ana, dos oxímoros que por el destino de las coincidencias se unen a la edad en que el amor son sólo miradas quietas e inconsistentes e inocentes, a la edad escolar en que nada más dos seres genéticamente románticos como ellos podrían encontrarle el sentido a sus confluencias. Ana y Otto son dos chicos que crecen en un hilado bien escrito de sucesos normales, comunes de la vida y que sin embargo, logran volver mágicos y conmovedores.

La película española de 1988: Los Amantes del Círculo Polar, es, sobre todo, artística, busca encontrarle el lado briago del estar enamorados. Los protagonistas se desarrollan desde los ocho años y vemos ambas perspectivas del momento justo en que se encuentran, la niña Ana y el niño Otto. Así, siendo originales, Los Amantes del Círculo Polar seducen al espectador al adentrarlo en ambos principales y después lo encandilan con la maravilla del apego, de la ternura y de la pasión. Otto y Ana se conocen, luego se observan: él la venera instantáneamente por su belleza pulcra y ella lo admira a él, por ser un pequeño que irradia una personalidad interesante y curiosa. Por las extrañezas o por la malicia de las coincidencias, el papá de Otto y la mamá de Ana sufren las mismas condiciones que sus respectivos hijos y se enamoran, pero ellos siendo adultos se aprovechan de su tiempo contado y pronto se comprometen y finalmente se casan. Desgraciando a los chicos quienes quieren amarse pero ahora que son una familia se vuelve más difícil hacerlo.

De ahí vemos un desenvolvimiento de eventos fascinantes que se consagran con el sólo «tu y yo existimos y nada importa» de Otto y de Ana. De un Otto y de una Ana que crecen y se hacen adolescentes y su rebeldía les estimula el amorío y los roces de manos y los besos espontáneos hasta que su amor se consuma en la máxima expresión corpórea y desprestigian su misma casa, quiero decir, el mismo techo, donde viven con los mismos tutores y en lo que es su hogar de hermanastros.

No obstante, ésta inmoralidad no es precisamente la médula de la película, porque a pesar de que su amor es exclusivamente prohibido, no es otro Romeo y Julieta, sino más bien, a partir de que sus necesidades de quererse se consuman, aparece una relación cautivadora y encantadora que sugiere mostrar al amor en un poema sin habla, en una continuidad de escenas que luego culminan con la adultez de ambos, con la realidad, si así se puede decir, de ser grandes y de madurar. Llegando allí, el «tu y yo existimos y nada importa» se metamorfosea en «existimos y te amo, pero hay muchas cosas que ya importan» e importan tanto que el tiempo les frunce el ceño y les saca el dedo de en medio y les da una bofetada hasta que les provoca separarse.

Es a partir de entonces que Ana y Otto, dos nombres capicúa porque «se escriben al derecho y al revés», empiezan a vivir en la profundidad que hay con la cualidad acabable de subsistir, de sobrevivir, de trabajar, de crecer y de amar.

Domingo palomero significa engordar algunas calorías y tirar los pantalones por la ventana para sentarse en la sala, agustamente semidesnudos, y darse el placer de una bonita historia, una historia que uno no vive regularmente y que por eso prefiere que alguien más la viva. Éste amor, insensato, culto y sin patrañas, es ideal para ello. Por eso que Los Amantes del Círculo Polar sea la opción viable para ésta tarde.

 

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