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Entretenimiento Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: El sueño del viajero

A rastras, el viajero con los últimos suspiros que le quedaban, trataba de arribar a la tierra prometida; al edén del capitalismo. Sólo hacía falta cruzar un par de matorrales y esquivar a dos o tres caza migrantes para tocar el suelo que algún día soñó como utópico e inalcanzable.

El sudor le escurría y caía a borbotones en la tierra que sufría la crónica sequía del desierto desalmado. Sus manos callosas y resecas como las de un lagarto sangraban rancias llagas de esperanza empobrecida por las insaciables tripas que destrozaban el espíritu de aquel aventurero viajero, soñador de una nueva vida, y víctima de la espeluznante realidad del peregrinar fronterizo.

La suela de su zapato se desprendía como el agua de las nubes. Las incandescentes piedras comenzaban a calcinar la planta del pie sucio y cuarteado. Un aire de grandeza comenzó a soplarle en la nuca, sentía frescura y alivio, ese aire era proveniente del norte, del lugar donde él siempre quiso llegar, entonces ahí se dio cuenta que estaba llegando a la tierra prometida. El edén estaba casi con él, pero aún veía a lo lejos una estrellada bandera roja, blanca y azul ondear de izquierda a derecha con autoridad absoluta, un símbolo que le imponía, que le sonreía a lo lejos y que como si fuera un espejismo, le decía que se acercara más, que lo acordado estaba a un palmo, y que el sufrimiento y el hambre y el frío y la pesadez estaban a punto de menguar.

Los ánimos del viajero se levantaron. El pesado caminar se convirtió en una carrera contra el tiempo, sentía que entre más rápido corriera, con más prontitud conseguiría su sueño. La bandera se acercaba y le coqueteaba como una mujer en una cantina fronteriza; era seductora y peligrosa. La tarde caía con fiereza y el sol empezaba a cerrar los ojos de un día terminado. El hombre hacía caso omiso y seguía la ardua persecución hacia su más grande anhelo. Sus piernas acalambradas respondían por mero impulso y su mirada no tenía otra dirección más que ése símbolo representativo de prosperidad y de un mejor futuro.

Fue en ese entonces, cuando el objetivo estaba más cerca que nunca, el sueño estaba prácticamente en sus manos; pero de pronto,  un estruendo lo despertó de aquella ilusa esperanza, ese mismo estruendo comenzó a presentarse cada vez más cerca y se estrelló en su tórax que presumía una delgada capa de ímpetu e hizo explotar su corazón lleno de ilusiones marchitas.

El viajero cayó inerte en la cálida tierra de aquel lugar, su mano a penas pudo rozar el mástil de aquella bandera, aquel símbolo de esperanza y felicidad que lo mantuvo con aliento para seguir viviendo y luchando y despreciando cualquier vestigio que asomara al fracaso.

La arena comenzó a correr y a empolvar la escena. El cadáver de aquel osado hombre yacía inerte por debajo del símbolo que siempre persiguió. El cazador que apagó sus ilusiones, quien jaló el gatillo del infortunio, se acercó, inhaló desde lo más profundo de sus entrañas, y escupió la cara aterrada del viajero, la escupió y la pisó en señal de orgullo, porque ese aventurero hombre, no había logrado llegar al edén de los jodidos, de los que piensan que allí está la solución de su desventura y la puerta a la felicidad. Pero ese mismo cazador nunca supo, que aquel hombre, logró tocar el sueño que parecía inalcanzable, que resultó trágico y desolador.

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