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El domingo de la semana pasada hubo una visita inesperada en la Comarca Lagunera. En plenas cinco de la tarde, Torreón se llenó, típicamente, de una brisa arenosa que dejó ciegos a la mayoría de los ciudadanos, y con ésta común fortuna, una visitante se deslizó por el Bulevar Independencia, casi llegando al Periférico de la ciudad.

Dicen los que la vieron que venía presumiendo una cómoda vestimenta de seda: una blusa negra elegante, escotada, combinada con una falda recta que le cubría los pies descalzos y un sombrero negro con decoraciones rosas y rojas, con el cual se cubría del sol y la arena de Torreón.  Se adentró en el estacionamiento de Galerías Laguna con un paso paulatino. El concreto en los huesillos sin piel con los que caminaba provocó una expresión de rechazo en la catrina, por la suciedad, ésta se apresuró cubriéndose del viento aterrado usando su sombrero elegante. Apenas pudo, se refugió en el lobby del centro comercial.

La presencia de aquella modesta bienvenida fue indiferente para el policía de la entrada quien la recibió con los buenos días automáticos.

¿Le ofrezco esta nueva fragancia?” le preguntó la vendedora de perfumes. Insultada por el atrevimiento, la mujer de negro le enseñó su mano huesuda optando por ignorarla con soberbia fineza, luego quiso adentrarse por el pasillo cinco, a ver los descuentos en el área de damas.

Al tiempo cuando la presencia observaba el valor de las blusas con sabiduría, iba entrando por la puerta norte un hombre alegre, de lentes, ya avejentado por los años de estrés diario, vestía su uniforme de conserje y lo acompañaba el hijo de su nieta. El viejo no escuchaba del lado derecho, así que su bisnieto tuvo que hacerle la seña para poder acercárselo a la voz y decirle “oiga abuelo, por qué viene tanta gente hoy”, “Pos porque hoy pueden mijo, vienen a gastarse lo de la semana”.

Ambos abordaron el escalón eléctrico, el bisnieto abrazó a su bisabuelo, sabía que él debía empezar su turno. “Abue, ¿a qué hora nos veremos otra vez?”, le dijo con unos ojos de vidrio. “Pues mire mijito, cuando la luna esté justo por encima de usté, me verá llegar a la casa con uno de esos huevos de chocolate que le gustan tanto”. Con esa promesa, circundó  la seguridad, cuyo calor cobijó las inquietudes del pequeño, él se alejó del anciano y descendió por las escaleras eléctricas  hacia su madre quien lo esperaba afuera.

Los cristales que decoraban el techo del lugar se llenaban de millones de letras, de palabras, de emociones y anécdotas derramadas por las tantas bocas devorantes del área de comida. El Abuelo trapeaba en medio de todos porque una pequeña le dijo a su madre que se sentía mareada, la mamá estaba distraída platicando con la amiga rubia de piel canela quien le seguía el paso a los chismes, así, la infante vomitó la desatención en el segundo piso de la plaza comercial y el viejo tuvo la obligación de limpiarle, la niña cuando se iba apresurada le gritó muy arrepentida que la perdonara, que sus padres habían peleado otra vez anoche y eso la tenía enferma del estómago.

Cuando terminó, el suelo impecable reflejó su rostro y tuvo unos segundos para observarse, antes de ir a cambiar las bolsas de los botes de basura, le suspiró a sus arrugas y luego se fijó que nadie lo hubiera visto. Por supuesto que las mil personas no lo observaban, pero había una mujer calavera quien lo tenía a la vista desde el café italiano, sorbía la cafeína por el hueco de la boca y tenía consigo bolsas rosas repletas de vestidos que pagó a crédito.

El hombre avejentado la observó por un instante y luego se tocó el pecho que le ardía, se masajeó el hombro izquierdo porque lo sintió acalambrado, también el brazo y el antebrazo. Se le iban las fuerzas por el susto de haber visto a una mujer sin piel en el rostro y tomando café sin tener riñones, el terror creció cuando la bien vestida dama pagó la taza y, paseándose entre las personas con la calma de quien ha vivido siempre, avanzó en dirección al veterano que tosía forzadamente y se acostaba para calmarse.

Lo ignoraron las mil almas hambrientas quienes lo pasaban por arriba y por los lados, algunos le dejaron las bandejas de comida sobre la panza para que las recogiera cuando estuviera bien, otros le acomodaron los vasos desechables ya sin refresco a los lados de los brazos, todos le agradecían y soltaban unas cuantas monedas a sus pies, después de un rato ya tenía el bisabuelo un montón de propinas para pagar el hospital.

La parca olía a flor de muerte y a seda, se puso en cuclillas para tomar al viejo del cuello, le levantó la cara para dejar que los ojos del moribundo se adentraran a sus huecos de la cara y pudiera ver la vida después de la muerte a través de la oscuridad penetrante dentro de su cráneo.

Y así, el veterano triste, sin aceptar la soledad del deceso vio a través de sus lentes y en la tenebrosidad de los huecos oculares, distinguió nubes azules y verdes de las cuales llovían flores lila, vio al sol y a la luna compartiendo horarios y el suelo hecho de agua y de tierra, había animales nuevos, de otros colores, de tintes que el ojo mortal no puede vislumbrar, vio luego una mano, la de su esposa que en paz descansaba, tierna y joven como cuando la tomó por primera vez. Aquel dolor en el pecho resultaba más ardiente, pero esta vez era más bien un dolor confortable.

Quería el viejo morder esa mano, besarla, lagrimearle cuánto la ha extrañado, pero no lo hizo, no aprovechó más que para soplarle un beso desde el lado de los vivos, con la promesa de que volvería en otra ocasión con un ramo de girasoles para ella y su mano joven para quedarse a pasear eternos sobre las nubes. Se despidió de ella con una sonrisa picarona y juguetona.

De la falda de la Catrina se desdoblaron mil pliegues y miles de kilómetros de seda cuando se dispuso a ponerse de pie, parecía sorprendida con la respuesta del hombre. Extendió la mano esquelética hasta el corazón del señor que todavía sufría por el dolor y al tocarlo cesó la dolencia El viejo apenas logró incorporarse y agradeció con una reverencia. Por primera vez, una ardua sonrisa pudo extenderse en el cráneo de la muerte, entonces desvistió el sombrero  para mostrar su calva y ofrecerle un regalo que tenía dentro. Extrañado, el bisabuelo deslizaba los dedos paulatinamente dentro de la elegante prenda, cuando de pronto, estando con el brazo metido hasta el codo, sus dedos toparon con una pequeña caja dorada. Aún sonriente, el esqueleto con vestido le hizo señas para que abriera el regalo.

El hombre lo hizo, y luego compartió con la Catrina gestos de dicha cuando encontró dentro de la caja dorada un huevo de chocolate para su bisnieto. Quien lo esperaba ansiosamente sentado debajo de las estrellas y la luna.

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