Image default
Portada » La figura que rodea a la forma del agua
Entretenimiento

La figura que rodea a la forma del agua

He leído algunos comentarios de pseudo analistas de cine, (como yo) que aseguran que el argumento del «La forma del agua», de Guillermo del Toro, es flojo y predecible,  y que lo único que la salva es la conmovedora historia de amor.

Al no ser fan de los monstruos y al tener tendencias esnobistas, podría casarme con esos comentarios, pretender que sé mucho y que nadie percibe como yo los detalles de una película de esta dimensión, pero la realidad es que esta historia deja muchas conclusiones y da para verla más de una vez.

La poesía en la historia gravita y acaricia cada línea y cada fotografía. Encontrar el balance entre el terror, entre escenas gráficas y desagradables, con situaciones estremecedoras, tiernas y repletas de demostraciones de amor, es una fusión que no se ve constantemente en el cine.

La idea central de una historia de amor entre un monstruo mitad hombre, mitad anfibio con una muda podría parecer absurda e irreal. Pero el argumento, y el guión atascado de congruencia la vuelve totalmente veraz y entrañable.

La forma del agua es una película que vamos a recordar porque es una fiel demostración de que los monstruos y la poesía pueden ir ligados y adheridos como los mismos protagonistas de la historia. Los detalles finos que aparecen constantemente son una especie de alerta que advierte que la idea central está basada en las figuras amorfas, complejas, inexplicables e irrazonables.

Una periodista le preguntó a Guillermo del Toro que por qué decidió titular a su película con «La forma del agua», él, sin dudarlo,  dijo que el amor es como el agua porque ambos no tienen forma. Esta poesía es a la que hago referencia cuando insisto en que en buena parte de la película esta analogía hace presencia.

Durante la historia, Elisa, la joven muda que se enamora del «monstruo», desayuna todos los días huevo cocido y se masturba en la bañera. Esta rutina, es milimétrica y no varía en absolutamente nada. De pronto, Elisa, quien es intendente en una especie de bunker de investigación del gobierno de los Estados Unidos, se encuentra con un monstruo acuático que tienen encadenado. Con el paso del tiempo, Elisa comienza a comunicarse con la criatura con señas y gestos y nace una relación entrañable, sin capas ni máscaras ni pretensiones. Es entonces que Elisa le lleva cada día un huevo cocido al monstruo porque al darle uno por primera vez, se dio cuenta que le apetecían y que éste, al menos inconscientemente, podría ser el pretexto perfecto para seguirlo visitando.

El huevo, físicamente, es la figura más compleja que existe y es imposible de replicar con exactitud. Es allí donde encuentro la analogia del amor y del agua que no tienen forma, porque éstos son complejos, poderosos y necesarios para preservar la existencia de la vida humana en la tierra. El huevo, a su vez, es una cubierta que, con cuidado, constancia y amor, se rompe y es dador de vida.

Un simple huevo, para mí, fue la clave de la película porque muestra cómo el universo, dentro de toda su complejidad, alinea un equilibrio tan congruente que es capaz de demostrar que los seres humanos, para poder salir adelante, primordialmente, necesitan de amor y de agua porque el agua es vida, genera vida y domina la composición de nuestro cuerpo y porque el amor es lo que le da sentido a esa vida, lo que guía, lo que toca, lo que emociona y lo que te hace inmortal.

Sin duda, «La forma del agua» es una película de diez hecha por un director soñador, idealista y obsesionado con su infancia, con los cómics, con las historias de terror, con la poesía y con todo aquello que necesita de un brillante compositor para ofrecerlo a todo aquel que necesite encontrarle un sentido y una dirección a su existencia.

 

Artículos Relacionados

La forma del agua es censurada en cines chinos

Editorial
Cargando....