Portada Reportaje
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La conocí yendo  a buenavista, señora baja, de ojos saltones y pelo corto, le calculo unos sesenta años si es que no la ofendo. Llevaba como un maletín donde seguro tenía sus dibujos, me miraba con desconcierto porque aunque en sus ojos había una sabiduría práctica, su mente parecía estar cansada de su incapacidad cognitiva.

Yo iba al monumento a la Revolución, quería encontrarme con los maestros que llaman revoltosos para asegurarme de que lo fueran; y saliendo para allá me habló sin entenderme. A ónde va, me dijo, con dificultad para articular las palabras y diciendo letra por letra con calma. Al monumento señora, y usted.

A ónde va, me repitió para darme a entender que le cuesta comprender las palabras. ¿Va a monumento?, se contestó ella solita. Sí señora, voy para allá. O tamén, o acompaño.

Y caminamos.

Cuando alguien así de la nada me encuentro en la vida, acostumbro no rechazarla, sino preguntarle quién es, qué hace. Considero que por algo me la he encontrado y se vuelve para mí un misterio saber qué es eso de la persona que debo desenredar. Así supe que era dibujante, que era maestra de pintura y que tenía clase a las doce; claro, todo me lo dijo muy apenas y la mayoría tuve que entendérselo de algunas letras.

Llegamos al monumento a Revolución, ella trabaja enfrente en una institución pública de arte. Se metió y con la amabilidad del mundo me invitó a entrar; el policía quiso negarse pero aún con la dislexia y la dificultad para entender me consiguió el pase.

Entramos y lo sorprendente es el dibujo al entrar a su despacho, un ave grande, de todos los colores difuminados; un río de fondo con selva a los márgenes. En la imagen, otros pájaros siguen al principal y cada uno reluce un tinte propio.

El trazo es fino, la idea es magna y la representación completa provoca seguirla viendo. ¿Te gusta? Me cuestiona con su dicción difícil. Sí, le contesto, ¿usted la dibujó? ¿Qué? ¿Que si usted la dibujó? Ah, í, dice, y etos tambén. No los había notado, quincenas de cuadros de todos los tamaños, con dibujos todos de temples suaves, de caricias a la retina, unos a blanco y negro, otros coloridos; eran de amor, de desconcierto, de temor, de alegría, llanto, amistad. Señora, le dije, sus dibujos me silban al alma.

Me pregunto si  el ave al centro es ella y todos esos colores son la inmensidad de sílabas que no es capaz de mencionar, quizá su talento es tan vasto que la representación de su mundo no puede ser dicha, explicada, sino que tiene que ser exprimida por sus lápices. Me pregunto si entiende lo hermoso de su arte, o si en realidad no importa, seguramente ella ama dibujar y esa belleza  le fluye de la compasión que tiene por los demás artistas quienes se ganan la vida con un talento inventado. Quizá el arte más puro es el de una mente lesionada, el arte de esos seres que yacen en la dimensión inalcanzable de lo perfecto y que son capaces de darnos vistazos de su superioridad.

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