Image default
Portada » Sábado de cuentos: Los sesenta
Entretenimiento Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: Los sesenta

“I have things to do”. Eso dijo, antes de irse entre la multitud de drogadictos. Yo, perdido, anestesiado, apenas la podía ver apartarse de mí. A veces parecía cercana, otras parecía que estaba ya perdida de mi vista. Al final se me escapó y acabé rodeado de sudores, gritos, olores y por supuesto el rock de la época. Me detuve, esperando a que el mundo se frenara conmigo. No lo hizo, todos a mi alrededor parecían no darse cuenta que giraban hacia la izquierda, y que se aceleraban cada vez más. Lo extraño era que no sé cómo pero el eje de ésta extraña rotación era yo. Qué importancia tenía yo como para ser el centro de semejante eventualidad. Lo cierto era que estaba alterado por muchas sustancias.

                Caí sentado, derrotado, triste, y  había logrado alguna tregua con las drogas porque de pronto la tierra volvió a lo habitual, se detuvo. Exhalé aliviado cuando caí en cuenta que la realidad no era permanentemente aquella, y que ya no tenía que acostumbrarme a caminar como trompo recién lanzado. Ahí entonces me acordé dónde estaba. Woodstock. Fuimos allí después de que Jane me incitara a viajar a Europa. Terminamos en Estados Unidos con la excusa de que el mayor concierto de Rock estaba por acontecerse. “Let’s Go, please my love”.

                “My love”, cómo no me iba a convencer.

Me quedé en ese mismo lugar, con las nalgas en el suelo y millones de individuos alrededor mío que entre esas ventanas de realidad que te permite el LSD me observaban como preguntándose qué tan tocado estaba. De algunos recibí un “Peace and love my friend”. “Ajá, amor y paz para ti también”, pensaba yo

Fue entonces cuando Fer me encontró. Iba de la mano con Natalia, drogado desde su larga cabellera café hasta los huaraches coloridos que vestía en aquel entonces. Natalia iba al frente, con una vista lujuriosa que proyectaba hacia donde se dirigían. Fer se detuvo frente a mí provocando que su chica frunciera una cara molesta. “¿Necesitas ayuda mi buen amigo?”, aquel joven atractivo muy al estilo sesentero se había detenido a amparar a un compañero mexicano. No pude responder, mi pesadumbre me impidió mentir y decir que no quería ayuda, a la misma manera que me imposibilitó para agradecer y aceptar su ofrecimiento para regresar a Torreón. Sin embargo con Fer nunca fue necesario esconder la verdad, él la sabía, aún intoxicado tenía esa habilidad para conocer las debilidades del ser humano. Me levantaron de allí y casi arrastraron a casa de Elijah. Allí conocí a Elijah, Karen y a Zhanna. Zhanna Semenovich, por quien me convertí en escritor. Por quien quince años después me decidí a recordarla a través de palabras. Zhanna Semenovich me envolvió en toda su cultura Rusa/Hippie que había llegado a consumar en una actitud de suma seducción.

Recuerdo la primera vez que la conocí pura, sin alteraciones químicas de aquellas que solo los años sesenta podrían describir. Había despertado a mi lado mientras yo la observaba dormir. Inseguro le ofrecí un porro como pensando que sólo drogada podría ser atractivo para ella. Lo rechazó y me besó en la frente. Su cuerpo era espectacular, y ella yacía desnuda frente a mí, como ofreciendo toda su divinidad soviética. La observé perplejo. En ese instante conocí la droga forjada realmente por el demonio. Aventada al mundo mortal para perpetuar en definitiva la bajeza del ser humano, para indagar en las necesidades más animales de la razón. Para arrancar de la consciencia toda barrera ética y moral, y triturar cualquier pureza célibe que se pudiera poseer. Me envolvió en su socialismo libidinoso, llevándome más alto que cualquier compuesto natural. El deseo que nacía de aquella belleza es uno que hasta la fecha no pude revivir. Una belleza sin manchas, única, natural, subjetiva a mí percepción. Así, en esa precisa visión inmejorable de la vida, me perdí en los haceres y deshaceres del amor.

Ya era noche cuando decidimos que el cuerpo no poseía energía infinita, y que el placer había arribado a la cúspide tantas veces que terminó devaluándose a la medianoche. Fue entonces cuando hicimos un lazo de otra manera, ya no física, sino “espiritual”. Platicamos por horas, hasta que amaneció. En aquella plática explicó el plan que tenían todos los miembros residentes de la casa, contándome a mí. Así fue como al final resulté siendo el plan shakespeariano de Zhanna.

Los cinco habían decidido acabar con su vida “mortal” después de que el concierto hubiera terminado a los tres días, y en éste suicidio colectivo, cada uno había decidido quitarse la vida junto con una pareja, para así viajar juntos hacia el elevado manjar de placeres al que se dirigían. Me causó placer pensar que yo era el amor acompañante de aquella mayestática mujer.

El plan era hacer un círculo todos juntos, y en un coctel de drogas perdernos en vida y caminar intoxicados al paraíso que nos esperaba después de la sobredosis. Pasó un mes después del concierto, y Zhanna Semenovich, la mujer de quien los otros mexicanos y yo solíamos burlarnos por su obsceno apellido, bastó con que me sonriera con sus lascivos labios para que yo aceptara morir con ella.

No morí, aunque lo intenté. Quiero pensar que Zhanna fue quien evitó mi sobredosis. Ella me inyectó con supuestas cantidades alarmantes de Heroína, después de afectados todos por el ácido lisérgico. Desperté luego de unas diez horas envuelto en placer tóxico, y a mi alrededor todos estaban en estado epiléptico. Mi miedo por la muerte hizo efecto y me levanté arrepentido del imprudente acto suicida, caminé hacia Zhanna Semenovich para despedirme. Le dije que lo sentía.

Volví a Torreón contrariado de haber dejado que ella muriera sin mí. Quizá estaría ahora en aquel paraíso sola, viendo como las otras dos parejas se divierten y disfrutan de los manjares mientras ella se sienta en una nube a maldecirme. Tiempo después encontré mi propio paraíso aquí en la tierra e hice las paces con ese  fracaso. Me di cuenta que fue la tempestiva magia de los años sesenta, la onda “Hippie”, la sobredosis de diversión, libertad y magnanimidad juvenil la que había formado en todos la idea de un edén políticamente utópico.

Aunque quien sabe, llevaba tanto tiempo sin pensar en aquel día que ahora dudo si tal vez debí morir en ese instante. Si debí suicidarme con ellos, y vivir para siempre en aquella gloriosa época.

Cargando....