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Entretenimiento

Persistencia de la memoria

No falta ni sobra el día en el que no me pregunte ¿Qué es el tiempo? Y ¿cómo puedo conservarlo? Quisiera que no se esfumara, sin que se vaya como cuando juntas las palmas de tus manos para retener el agua, sin embargo, ésta cae y sigue su rumbo físico.

Tal vez sólo cuestionarme me lleve a una especie de trance cotidiano, un lapsus minúsculo que acontece día a día y me roba el sueño. Es el efecto de cada noche que necesito verme al espejo y sentirme con “algo» de experiencia sobre  mis hombros,  más no es sentirme “mayor”, “maduro” e incluso “viejo”.

La cuestión directamente sería: ¿qué le ha pasado a todo mi tiempo?, ¿a dónde va?, ¿cómo es que desaparece cada segundo y aparece otro de forma inmediata? Soy dueño de éste o él es dueño de mí.

Creo, y casi podría afirmar, que para eso está la memoria, la que ayuda que persistan recuerdos de forma consciente e inconsciente. Esto funciona a través de los sentidos (un olor, un sonido, un sabor, una caricia, incluso una imagen que dure apenas un par de segundos). Esto nos mantiene vivos y en un estado de satisfacción o angustia si el recuerdo que guardamos nos provoca eso. Son bendiciones o castigos que, al final del día, nos hacen ser quienes somos.

Hoy existen herramientas que conservan en cierta medida imágenes o recuerdos. Éstas son la fotografía o la pintura, la música, el escribir, comer, (cualquier objeto que pueda inclusive conservarse), etc. Las redes sociales nos permiten conectar e incluso interactuar con los recuerdos, como si de una abuela y su añorado álbum de fotos que nos muestra se tratara. Sin embargo, lo importante es la tremenda sensación que te brinda el momento que vives, ese instante que, al final, es eterno, pero dura un par de segundos.

¿Qué tanto nos podemos aferrar a nuestros recuerdos? Eso puede convertirse en un letargo; como olvidar un viejo amor o una muerte inesperada. En el caso opuesto revivir algo que nos marcó y nos dio muchísima satisfacción, como besar a alguien por primera vez o escuchar algo que nos recuerda un momento de gozo.

Nuestra memoria no es simplemente una herramienta que nos sirve para aprender a retener información como números, nombres.  Yo considero algo más valioso que lo ya mencionado: es nuestro depósito de vivencias. Esa es la remembranza y siempre estará ahí, ayudándonos. No se necesita ser genio ni vivir en un estado donde tienes que conservar absolutamente todo lo que vives; es bueno muchas veces olvidar recuerdos que pueden mermar nuestra condición humana o dejarlos pasar. Al final es como nuestro “baúl personal”, el cual almacena lo que deseamos ser o lo que somos.

Entiendo que el tiempo se va, vuela, no para, existe y no existe, fluye como deberían fluir nuestras vidas, pero al final nuestros recuerdos nos salvarán de esa fantasía de que éste corre y se convierte en un derroche de segundos, como si fuese dinero o tuviera algún valor especial.

Tal vez la pregunta no sea ¿qué es el tiempo? Sino, ¿para qué necesito de éste? Simple: lo necesito para vivir y compartirlo con quienes dejan huella en mi vida y las personas a las cuales les comparto mi felicidad y un poco de mis desgracias.

Vivir es obtener memorias de cada instante de nuestras vidas, apoderarnos de cada vivencia, no importando el tiempo, ya que todo instante es eterno.

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