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Roger Waters y el canto por la justicia

La máquina engrasada y con puntual afinación encendió a un Foro atiborrado de expectativa y ansiedad. Sesenta mil almas se congregaron con la finalidad de cantarle al pasado, a la leyenda, al amor, a la paz, a la protesta y, sobre todo, a la maestría de Roger y su glorioso repertorio de Pink Floyd.

Junto con mi padre, vimos desde el graderío una pantalla de proporciones inimaginables. El aire cósmico que se respiraba no era ocasionado por las tremendas nubes de marihuana quemada que volaban sobre nosotros, sino por la clara sensación de que un recuerdo imborrable estaba a punto de imprimirse en nuestra memoria.

Las luces, los gritos, los encendedores y los celulares junto con las voces de un público hambriento de gloria escenificaron una armonía nunca antes vista. De pronto, Roger salió al escenario con sus canas pálidas como las paredes de un manicomio y su ropa negra como avisando una sensación de luto, como si en lugar de un concierto se tratara de un funeral y, después de haberlo vivido y escuchado, creo que así lo fue.

Pasaban los grandes éxitos que encumbraron a Roger y a Pink Floyd a un escaño que nadie ha alcanzado. Sus coristas y su banda en general provocaron que no extrañara en lo más mínimo a Barret y a Wright y a Mason y a Gilmour. La maravillosa producción atirició mi cerebro y me propulsó a una dimensión cargada de conceptos y sonidos y astros y melancolía. Entre los gritos chirriantes de la mujer que estaba trás de mí, y las fumarolas atestadas de yerba quemada, radicó una experiencia que sin duda marcó y acentuó la trascendencia que puede tener un concierto.

Donald Trump fue llamado cerdo y pendejo y fue evidenciado como ignorante y fascista y populista y estúpido. La comparación con el cerdo fue injusta porque el pequeño animalito no tenía derecho a ser denigrado de esa manera. El escenario que de pronto se convirtió en una temible fábrica fue hogar de un mensaje que destrozó la vida hipócrita y explotadora que ejerce un sistema que produce dinero y engendra pobreza. Roger, el buen Roger, se informó, estudió y se metió sin ninguna consideración con el candidato a la presidencia de los Estados Unidos. El público, entre los que estábamos mi padre y yo, nos llenamos de júbilo y vomitamos aplausos y mentadas y maldiciones contra el cerdo que se quiere hacer pasar por presidente.

El amor llegó a mis oídos y fueron acariciados y conquistados por canciones como Money, Wish you were here, Welcome to the machine, Great gig in the sky, Mother, Another Brick In The Wall, Run like hell, In the flesh, Pigs, Comfortably Numb y más, muchas más.

El escenario que a veces era fábrica y otras el espacio y en otras una experiencia psicotrópica hipnotizó a todos los que estábamos congregados allí. La tormenta que había azotado a la ciudad durante todo el día dejó de lanzar sus cubetadas de frialdad durante las dos horas y media de concierto porque la perplejidad inundó su alma. Todo se comulgó para que ayer se viviera una noche perfecta; digna de Roger y digna de México.

Los aplausos y la boca entre abierta fue nuestra reacción al escuchar el discurso en contra de Peña y sus políticas. Waters dijo “El mundo te está observando” y de pronto un sentido de vergüenza violó mis entrañas. El público al unísono comenzó a gritarle asesino mientras un puerco gigante volaba a través de todo el Foro Sol. Faltan 43 y 28 mil más era una de las leyendas que tenía tatuadas el porcino convertido en deidad por un momento. El despreció que los mexicanos tienen hacia Peña Nieto es brutal, y Roger sólo nos dio un pretexto para poder carcomer su espíritu con insultos y ofensas que humillarían hasta al mismo diablo.

Comfortably Numb terminó de sonar y, con eso, el enorme grito de Waters quedó adherido a nuestro cuerpo. Pink Floyd no fue sólo una banda que hizo historia en la segunda mitad del siglo XX por su virtuosismo musical, también fue un ícono de la música de protesta y una punta de lanza para fomentar la unión y la justicia por todo el mundo. Hoy, después de haber regresado a mi ciudad, con el cuerpo fatigado y mis párpados caídos y el estómago irritado por unos tacos de longaniza que me empaqué al salir del concierto, debo afirmar que esto, más que un show, fue una petición para que los mexicanos exijamos justicia y clamemos por un gobierno que nos merezca, que trabaje y que valore a México como una nación que traspasó el lado oscuro de la luna, y que es capaz de derribar hasta el muro más grande que pudiese construir aquel cerdo de rubios cabellos y olor nauseabundo.

Enhorabuena por Roger Waters quien no olvida que el rock es para exigir y levantar la voz. Enhorabuena por el público que nos entregamos sin algún ínfimo rasgo de duda y enhorabuena por Peña Nieto y Trump, quienes fueron sepultados y pisoteados bajo el lado oscuro de la luna.

 

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