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Entretenimiento Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: El café de St. Josep

Era una tarde gris de un verano sin sol. Me encontraba en mi apartamento de la calle Nueva York, en la Ciudad de México. Postrado en mi silla de camping en la fría y sucia terraza de mi hogar, me fumaba un puro con la misma lentitud y paciencia con la que una araña espera a su presa; las bocanadas eran profundas y densas, el humo emanado de mis pulmones traía homogeneizada una represión sexual  súbita y descomunal, esperaba que pasaran los segundos, luego los minutos para llegar a las cinco horas en las que iba a emprender el viaje más aventurero de todos: mi ida a Barcelona.

La ansiedad era tal, que me llegué a fumar tres puros en un par de horas, dejando mi aliento con aroma pesticida y nauseabundo, pero no me importaba, la espera era tan desquiciante que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que llegara la hora acordada para el vuelo hacia la región catalana, que vio nacer a grandes artistas como Joan Miró o Joan Manuel Serrat.

Al día siguiente, ya en Barcelona, me dirigí hacia el hotel para registrarme, llegué con la recepcionista y no pude evitar lanzarle una mirada libidinosa, porque portaba un traje sastre que parecía haberse encogido debido a la precaria cantidad de tela que adornaba su piel. Después de instalarme, bajé a la cafetería a tomar un aperitivo para  comenzar mi aventura en una tierra en donde estaba dispuesto a dejarlo todo, incluso hasta la moral.

Salí a dar un recorrido por el mítico paseo de las ramblas; miraba y transitaba como niño, cada punto y cada rincón de ese gran lugar. Examinaba minuciosamente  el clima, el suelo, las tiendas y cada parte de este sitio como si estuviera explorando el cuerpo de una mujer exuberante y radiante. Caminando por el paseo, justo a la altura de la rambla de Sant Josep, observé una cafetería de imagen rústica, acogedora y sencilla como para pasar a tomar una buena taza de café junto con un habano que portaba en el bolsillo de mi chaqueta. Abrí la puerta y de ella salió un sonido peculiar al cascabeleo de una serpiente. Como anticipé, el lugar era cálido y confortable, los asientos, eran pequeños cojines repartidos por todo el suelo como si éstos fuesen comida para palomas. Al sentarme, pedí un expreso sin azúcar y encendí mi puro que esperaba fumarme con las mismas ansias que un pirómano  tiene al ver el fuego que quema a los cadáveres. Al paso de 15 minutos, giré la mirada hacia el cristal de la cafetería por simple reflejo y observé a una mujer despampanante,  tenía  cabello negro y largo hasta las nalgas, la cintura que toda mujer obesa desearía, una boca exquisita que provocaba morderla hasta deshacerla en mis labios, piel blanca y tersa como la arena del caribe y un rostro simétrico y sobrio que al verlo provocaba que mi saliva escaseara debido al charco que había dejado por el shock después de haber visto a tan más extraña pero pintoresca belleza. Ella pasó de largo, y yo tan cobarde y tímido como siempre, no corrí a preguntarle su nombre o dónde vivía o simplemente no me atreví a robarle un beso para tatuarme en la boca su afrodisíaca esencia.  Me quedé sentado con el puro entre los dedos y el café vacío pensando en que me debía conformar con haber enaltecido mi vista con la mujer más bella que jamás pude haberme topado.

Después de esa situación, regresé a mi hotel cabizbajo, no podía sacarme de la mente aquel rostro que empezaba a obsesionarme. Me derretía como la cera cada vez que nos imaginaba  en algún inhóspito lugar charlando, bromeando, sonriendo, tocándonos y simplemente viéndonos con la misma atención que un turista cuando examina las dimensiones femeninas de la diana cazadora en Paseo de la Reforma.

Después de estos viajes, volví en sí, y me entristecí al saber que jamás volvería a ver a esa escultural mujer. Algo tenía que hacer, no podía resignarme a la soledad que amarga y marchita cualquier atisbo de sobrevivencia.

A partir de ese momento, todos los días y a la misma hora de aquella ocasión, acudí a la cafetería solo a sentarme exactamente en el mismo sitio para observar delicada y escrupulosamente la calle y tratar de esperar que “mi musa” (como así la llamé desde entonces) pasara de nuevo.

En una de esas tardes, me imaginé qué haría si volviera a verla, ¿Cómo reaccionaría? ¿Correría a abrazarla sin importar las consecuencias? ¿Me acercaría con seguridad a presentarme con ella? ¿Le gustaría? Eran muchas las preguntas y pocas o nulas las respuestas, a final de cuentas lo único que me interesaba era verla, tratar de obtener tan siquiera su nombre, capturar su sonrisa en mi memoria  o, hasta ser abofeteado por haberle hurtado un beso que jamás olvidaría.

Así pasaron veinticinco tardes consecutivas, yo, poco a poco perdía la esperanza, mis viáticos estaban a punto de colapsar y no había conocido nada de la gran Barcelona. Solo faltaban dos escasos días para mi vuelo de retorno y el panorama lucía cada vez más sombrío y turbio.

En la penúltima tarde que me quedaba en lares catalanes, me situé exactamente en el mismo sitio de siempre, me levanté por un momento y fui al baño a desechar las doce tazas de café que ya me había tomado. Después de desahogar mi vejiga, me dirigí al lavabo para asear mis manos, y al voltear al espejo para verme la cara, me di cuenta que era una necedad estar esperando, que quizás “mi musa” era una turista que paseaba y que ya se encontraba en su lugar de origen. Regresé a la realidad y comencé a caminar hacia la puerta de salida decidido a irme y conocer en dos días todo lo que no había visitado de Barcelona en veinticinco. Cuando abrí la puerta, sentí un golpeteo fuerte en el pecho similar al galope de un caballo, levanté la mirada y observé que la puerta de la cafetería se abría con suma delicadeza, por un momento pensé que era un cliente más, pero al ver quién había entrado, me percaté que por lo que había estado esperando durante días, ahora se encontraba en frente de mis narices. La observé de abajo hacia arriba y, por fin llegué al rostro, a ese mismo rostro que me había iluminado veinticinco días antes. Crucé miradas con ella. Mis nervios eran incontrolables. Tenía las manos más sudorosas que la frente de un obrero en plena construcción. Ella, por su parte, me devolvió la mirada con una sonrisa. En ese momento el mundo también me sonreía y pensé fugazmente que la espera había valido la pena, su sonrisa ya estaba capturada en mi memoria y sólo faltaba lo más difícil, uno de los retos más grandes en toda mi existencia; hablarle a la mujer de mis sueños.

Antes de que se  fuera la última oportunidad para conocerla, me armé de valor y con más ganas que habilidades de seducción, la saludé; el saludo fue parco pero cordial, ella me estrechó su delicada y femenina mano y yo, siguiendo mis más rupestres instintos, la besé, la besé y le recorrí cada parte de su rostro siendo mis labios los exploradores. Por su parte, ella no se perturbó y disfrutó el ataque de imprudente valentía que me entró en el alma.

Después del beso, la tomé de la mano y le pedí que pasara únicamente ese día conmigo. Ella sin tener nada mejor que hacer accedió y nos fuimos a pasear por las calles de Barcelona.

Recorrimos con la pasividad de un par de novios enamorados las ramblas, después fuimos a conocer el monte Tibidabo por el paseo en tramvia blau (allí nos dimos un beso en la cima del monte), recorrimos las hermosas playas que dan al mediterráneo y en ese lugar le dediqué unos versos de una afamada canción de Juan Manuel Serrat que decían así:

Si alguna vez fui bello y fui bueno 
fue enredado en tu cuello y en tus senos
si alguna vez fui sabio en amores
lo aprendí de tus labios cantores
si alguna vez amé, si alguna día después
de amar amé, fue por tu amor, Lucia. 

Después de esa declaración, mi musa  exhortó que fuéramos a mi hotel. Los nervios regresaron a mis vísceras y accedí con el mismo miedo que tiene un joven virgen en un prostíbulo. Al llegar al lugar donde me hospedaba, todos la veían con cierto desdén. Yo no entendía por cuál motivo, pero no me importó.  Tomamos el ascensor y mientras subíamos al octavo piso nos empezamos a besar, la pasión comenzó a aflorar como chispas incandescentes. Nos tocábamos todos hasta que el timbre del octavo piso sonó y la prudencia nos detuvo (no queríamos que nos corrieran del hotel por andar de inmorales) corrimos hacia mi habitación y allí, solo allí fue que sucedió todo. Comencé a desvestirla con delicadeza y lentitud para poder grabar en mi memoria cada parte de su cuerpo. Trataba que el aroma de su sexo quedara impregnado en mis manos. Que su pelo se enredara con el mío e hiciéramos uno sólo. Que sus labios se erosionaran con los míos hasta que sólo quedaran nuestros dientes. Que nuestras manos se entrelazaran para jamás volverse a separar. El ritmo era cadencioso, lento y escrupuloso como el correr de las manecillas del reloj, ella sonreía y le brillaban los ojos como si fuese una recién nacida, yo, por mi parte, vivía un sueño, estaba en mi lugar predilecto, con la mujer ideal, haciendo a lo que todos los humanos nos mueve: el amor.

Después de haber explorado todos los rincones de nuestra anatomía, quedamos exhaustos. Pasamos toda la noche mezclándonos como si no hubiese mañana, sabíamos que quizás jamás nos volveríamos a ver, encendimos un cigarrillo  y nos relajamos un tiempo, cuando al final, tiempo es lo que menos quedaba porque el avión partía sólo en unas horas. Al darme cuenta de tal situación, voltee a mi lado derecho y allí se encontraba ella dormida. Me levanté y fui a ducharme rápidamente. Mientras me bañaba, pensé que no me quería separar de ella, que no deseaba alejarme de esas charlas interminables, de las sonrisas, y de las otras muchas veces que podríamos hacer el amor. Después de bañarme, me miré al espejo y decidí proponerle que se fuera conmigo a la Ciudad de México. Salí del baño con el mismo entusiasmo de un presidente electo y ahí ocurrió mi desgracia, vi que mi musa ya no estaba, comencé a gritarle por todos lados y no hubo respuesta. Pregunté a recepción y me dijeron que no la habían visto salir. Regresé entristecido al cuarto por mi valija. No podía creer que se me había escapado la mujer de mis sueños, de mis utopías y de mis anhelos. Al recoger mi chaqueta que estaba en el perchero al lado del buró, observé una nota. Los mismos nervios que me habían atacado un par de ocasiones atrás, regresaron. Tomé  la carta, las manos me temblaban con la misma intensidad de unas placas tectónicas cuando chocan, los ojos me lloraban sin siquiera haber visto el contenido del mensaje. Sin más, desdoblé el papel y leí en voz alta el contenido, que decía así.

Hola, me llamo Lucía y fue un placer conocerte.

 

 

 

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