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Sábado de cuentos: El coronel y la moneda de oro

—¡No, Coronel! No me mate, por favor, tengo tres hijos. Mire, véalos, éste es Juliansito y ésta mija Susy y él es…— El Coronel le disparó en la pierna al soldado, luego le disparó en la rodilla para que se callara, empuñó su Colt Army Special y se la guardó en la funda del cinto.

—Mire, Martínez, usté se pasó de verga, se jue y le dijo al general del negocito que traigo con las armas. Aquí no hay ningún pinchi soplón Martínez y usté sabe lo que se le hace a los que sí soplan.

—No, Coronel, mire, le juro por diosito que yo no dije nada, fue Salazar. Ire, yo no ando diciendo nada Coronel se lo juro. ¡No, Coronel! No me apunte con esa madre, no me mate por favor. Ándele, si no me mata le digo dónde hay oro aquí cerca.

—¿Oro?— El Coronel se guardó otra vez  la pistola —, a ver, dígame  y yo veo si es cierto, sino me lo trueno.

—Sí, ire, escuché a unos viejos el otro día, que atrás de la montaña esa de allá, ¿la ve? Decían quesque ahí vive un nahualito, y quesque tiene mucho oro ahí con él, Coronel. Nos podemos ir usté y yo y nos hacemos ricos. Ándele.

—¿Un nahualito? No mame, Martínez.

—Se lo jurito que sí Coronel, y si les creo porque el otro día yo mismo vi al nahual corriendo por allá por los árboles, traía las cajas de comida que tenemos allá en el cuartel. Yo lo vi Coronel, se lo prometo con mi alma y con todas las almas de los canijos que maté por usté.

—¿Pa dónde dice que dijeron que vive, allá atrás de la colina?

—Sí, Coronel, pa allá atrás. Ire, vamos y…

El Coronel desenfundó su Colt y le abrió un hueco enorme en el cascarón del cerebro; los adentros vistieron al suelo de la noche con vísceras y con linfa carmesí. Acá no perdonamos soplones pinche Martínez, dijo, y luego le escupió al uniforme del soldado, se limpió la saliva de la barbilla y observó con interés la colina que había apuntado Martínez antes de morirse.

—¡Santos! ¡Portillo! Vengan pa acá, quiero que me acompañen allá del otro lado de la colina, me echaron un chisme que puede haber un campamento ahí de campesinitos. Vamos a echarle un ojo a ver si cierto.

Santos y Portillo abrazaron sus fusiles M-14 y siguieron al Coronel, subieron la colina y después la bajaron. Santos dijo que olía como a fuego, Portillo dijo que seguro había una fogata cerca; el Coronel fue quien ubicó la lumbre, escondida entre unos árboles grandísimos. Todavía está prendida Coronel, qué  hacemos; pos búsquenme a esos cabrones y tráiganmelos ni modo que qué. Y se fueron, Portillo al Este y Santos al Oeste. El jefe se quedó en la fogata que alumbraba las tinieblas de la madrugada, jugó con las sombras en un árbol y luego jugó a pasar los dedos entre las estrellas, suspiró pensando qué haría con un montonal de oro. Pronto, escuchó el arrastrar de un monstruo y sin titubear sacó su revólver y lo apuntó al suelo engañoso. El silencio del bosque fue el ruido más horrible que había escuchado el Coronel hasta entonces, después hubo otro que le trituró la espina dorsal por el miedo que le dio.

—Hola, Coronel— Habló alguien, una sombra en el suelo.

—Quién eres hijo de tu puta madre, dónde estás, sal o te doy un culatazo en los huevos.

—Acá abajo, Coronel, aquí.

Un enorme cincuate del color del suelo y de los árboles y del fuego se estaba escondiendo con su camufleo heredado hasta que quiso hablar con el coronel y se vistió las escamas de amarillo oro.

—Ya te vi jija del maíz, por qué sorprendes a un hombre armado así de cabrón, pensé que eras el pinche nagual.

—No, pero va a venir pronto, Coronel, tiene que irse antes de que lo maten.

—¿Cómo?  A mí nadie me mata mija. Además, vine por el oro del nagual y ya, usté quédese aquí y dígame dónde está para tronarlo.

—Yo soy el oro, Coronel, ¿no sabía usted que los cincuates nos hacemos oro cuando nos matan?

—Sí, pero a usté nadie me la puede matar porque se nos cae la colina encima.

—Pues no hay otro oro más que yo, Coronel, si no me va a matar entonces váyase.

—Nombre, seguro que el nagual ese tiene mucho oro, siempre se anda robando de todos lados, y no me voy de aquí sin una jubilación pa mí.

El cincuate entonces se mordió una escama hasta que se le calló del cuerpo, seguido, cuando cayó al zacate de aquel bosque, la piel de la serpiente se hizo una monedita de oro.

—Mire, tome ésto y ya váyase, es más que suficiente pa los quince años que le quedan de vida.

—¡Quince años! No me diga que voy a vivir quince años nomás; újule, bueno, pero con esa monedita no me alcanza pa vivirmelos con lujos y esposas y carritos alemanes. Mejor espero al nagualito ese y me lo trueno si no me da el oro.

De pronto se oyeron los gritos de Santos y de Portillo, ambos gritaban en auxilio desde el Este. El Coronel pronto emprendió la búsqueda con el revolver de fuera, se apresuró hasta que encontró los dos cuerpos degollados de sus soldados. Entonces puso su posición de batalla y tentó al nagual diciendo: ¡Sal! ¡Sal! Jijo de la chingada, sal y prometo matarte rápido y no torturarte por lo que le hiciste a mi pelotón. Un lobo negro con ojos amarillos salió de atrás de un gingko biloba.

Váyase, Coronel, le dijo, quédese su monedita y váyase de aquí.

El Coronel disparó su Colt pero no logró atinarle al nagual que ni siquiera movió una garra.

—Váyase, Coronel— repitió el animal.

—Deme mi oro y me voy sin hacerle nada.

—No tengo oro— contestó decisivo.

El armado disparó otra vez su revólver y le rozó una de las patas traseras, el nagual entonces rugió agresivo y salió a embestir al militar. No obstante, antes de que la agresión llegara a su destino, la larguísima cincuate intercedió por el Coronel, enredándose en todo el cuerpo del hombre. Qué haces, preguntó el nagual. No quiero que andes matando a nadie más, le contestó el reptil, éste déjamelo a mí. Fue cuando la serpiente comenzó a apretar al militar con todas sus fuerzas: le quebró las costillas, los húmeros, los radios y los fémures hasta que el coronel dejó de respirar y se desmayó por la fuerza del cincuate dorado.

Ya está, le dijo la serpiente al nagual, quien al instante se convirtió en un hombre de pelo lacio y muy largo, moreno, ojos amarillos y estaba desnudo. Al verlo, también el cincuate se transformó, ella en una mujer muy blanca, de cabello dorado como sus escamas y de ojos verdes como el zacate, iba igual, desnuda. Ambos se perdieron en el bosque tomados de la mano.

El Coronel despertó a los treinta minutos, apenas si pudo moverse para alcanzar su radio y pedir ayuda; le contestaron rápidamente y los médicos se apresuraron a rescatarlo. Mientras esperaba, el militar hizo lo que pudo para subir su brazo y su mano hasta el bolsillo delantero del uniforme, entonces adentró sus dedos a la ropa y masajeó con avaricia la monedita de oro que había dentro. Ya puedo dejar de matar gente, le dijo a los árboles, a las nubes de la noche y al suelo que vibró con lo que dijo el Coronel. Eso lo sintió el cincuate en los pies y le hizo sonreír.

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