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Sábado de cuentos: El salto del charro

El charro pulió la punta de su bota después de haberse persignado para salir al ruedo. La pletórica plaza del pueblo lucía un lleno monumental. Las mujeres coreaban su nombre mientras se mordían el labio inferior gritándole propuestas lascivas capaces de seducir a cualquiera  que se jactara de ser asexuado. En su sombrero estaba grabada una leyenda que decía: “va por ti y por los nuestros”. La expectativa era elevada, el sol imponía un calor que derretía al caballo blanco y flaco como una vara. Mientras desde el graderío Gladys se levantaba la blusa para hipnotizar al charro con sus monumentales y esféricas montañas, otro sector del público coreaba el nombre del héroe anónimo que le tocaba representar a un pueblo pulverizado por la violencia de quienes querían dominarlo.

Su participación comenzó y con eso los tronidos de los fuegos artificiales y de las pistolas lanzaron sus estruendos de vida hacia el cielo. La manera en que el flacucho caballo danzaba a través de la cadencia de la soga y de los movimientos del charro asomó un acto casi artístico, como si el evento fuera un certamen de ballet artístico en Rusia. La cerveza corría con intensidad y sin algún impedimento. El rostro de las mujeres comenzó a transformarse de la sobriedad y la belleza de sus norteñas facciones, a párpados caídos y labiales corridos y maquillaje embarrado desde el inicio de los ojos hasta la mitad de las mejillas. La música que sonaba de fondo inspiraba a todos aquellos hígados necesitados de trabajar y procesar las frustraciones y los miedos y las osadías de la gente que, en su gran mayoría, ya no veía ni coreaba al charro y, en su lugar, buscaban con la desesperación de un heroinómano en plena crisis de abstinencia al botero que despachaba la cerveza.

De pronto el espectáculo que tenía como fin unir a un pueblo lacerado por la sodomía de la pólvora, comenzó a ser ignorado por la multitud que, desinhibida por el alcohol, ladraban insultos y mentadas y ofensas tan explícitas que no cabía duda que el odio estaba por apoderarse de aquel lugar.

Gladys, con todo su desparpajo, entremezclaba su lengua con quienes se cruzaban con ella para conseguir más alcohol. El Toño, el camarada de todos y enemigo de todos, fumaba un cigarro de esos sin filtro que te dejan la boca atestada de tabaco y malas sensaciones. Norberto, el frutero, se agarraba a golpes y  patadas con un señor que no quería pagarle unas jícamas señalando un evidente estado de putrefacción.

El lienzo se transformó en una arena de disputas y tensión. Arnulfo el de las puertas prefirió dejar sus labores e ir a golpear a Filiberto, quien una semana atrás encontrara profanando con suma vulgaridad el cuerpo de su amada Martita.

El pueblo de nombre desconocido presumía un total estado de anarquía y abandono. Los policías asesinaban y encarcelaban a quienes quedaban vivos. Los gobernantes tenían la misma jerarquía de un perro callejero en medio del periférico. Los niños jugaban con armas al tiro al blanco y quien perdía terminaba enterrado por la noche.

Lo que alguna vez fue asfalto ahora era llano y los cultivos eran un enjambre de alimañas que absorbían las últimas ráfagas de vida de aquel lugar. El mítico charro era la única persona capaz de hacer olvidar ese presente tan desolador y desconcertante.

La campal inició en el graderío; sacaron bates, pistolas, picahielos, machetes, cuchillos, puños, patadas, rasguños y cualquier tipo de instrumento y técnica para destrozar el rostro de quien estuviera en frente.

Toño, molesto por no haber podido manosear y fornicar a Gladys, la tomó del cuello con fuerza y comenzó a azotar su cabeza contra el escalón. Después del quinto azote ella ya estaba muerta, pero era tanta la saña y la violencia que la agresión llegó hasta más de los treinta golpes quedando así desfigurada y echa pomada. Filiberto, tan cobarde como siempre, corrió hacia las afueras del lienzo y fue perseguido por unos perros rabiosos y hambrientos que lo alcanzaron y se lo devoraron en menos de diez minutos, y eso a pesar de los más de ciento veinte kilos de carne que acarreaba el buen Fili.

La sangre comenzó a caer como gotas de lluvia sobre el charro quien, desconcertado, se sacó el sombrero y vio que también estaba manchado, justo en la leyenda que tenía bordada al frente.

La escena era desoladora, personas caían muertas cada segundo y el fin principal de la celebración se había perdido en la visceralidad de los pueblerinos. El caos llegó a un punto desquiciante, las flores que adornaban la entrada del lienzo se marchitaron y hasta las nubes se alejaron por tan procaz escena.

Como si fuera una maldición, el charro alzó la vista después de la trifulca, y vio un tapiz de cadáveres sin forma y moscas y cuervos sobrevolando un banquete nunca antes visto y justo allí, en ese preciso instante, el anónimo charro comenzó a llorar, notó cómo su pueblo, su gente y toda su estirpe se había destruido por alguna razón desconocida. Se sacudió la mezcla de tierra y sangre que se le había embarrado al sombrero, le dio un beso al bordado que tanto significado tenía para él y recitó en voz alta aquel mensaje que llevaba como motor de vida; “va por ti y por los nuestros”. Agarró aire de donde ya no había, tomó la soga que usaba para hacer su espectáculo de charrería, la enredó a un poste con cautela y obsesión, envolvió su cuello con esa misma soga, tomó algo de altura y dio el salto hacia la eternidad desconocida; donde los perros no aúllan, donde las personas no piden perdón y donde la muerte obtiene un significado más complejo.

 

 

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