Portada Reportaje
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Al gladiador lo vistieron de gala, lo peinaron y arreglaron de las heridas, debía verse impecable para el espectáculo, tenía que estar en forma para el público, quienes no debían dudar en que hubiera trampa alguna.

Los músculos se le erizaron momentos antes de la voceada, él no sabía si era el miedo o la costumbre de estar encabronado antes de salir a regatear porrazos, pero las armas al frente le pesaban como nunca le habían pesado. Cerró sus ojos diminutos y dejó que el aire se le bufara por la nariz. Luego, por la boca, exhaló el suspiro que anuncia el deseo de vida, exhaló la preocupación expresada con un caliente hálito y exhaló un tufo que tenía olor a catrina.

Dos criaturas humanoides aparecieron. Una era verde, de larga estatura y muy flaco, su piel estaba cubierta con escamas como de tiburón. La otra era morada, de tamaño mediano y lampiña de la cabeza y de los brazos, tenía los ojos en los cachetes y mientras caminaba, blasfemaba en voz baja. Ambos traían puesta una camisa blanca y un pantalón vaquero; ellos dos guiaron al guerrero hacia la arena.

                        —Vas a valer madre— le susurro uno de los alienígenas al oído. —Te van a matar a ala chingada— le dijo el otro. El sometido no contestó, se limitó a caminar paulatino y como blandiendo sus defensas lentamente de un lado a otro, concentrado en sobrevivir.

            Un sol hiriente apareció de pronto en conjunto con el sonido desquiciante de unos dos mil aplausos burlones. Con la reciente luz, el guerrero observó a su alrededor y no sabía a qué planeta lo habían llevado ahora. Sufrió un impacto en el cerebro al ver la gran variedad de criaturas asquerosas que se juntaron esa tarde para vitorear su muerte. Al pie del griterío insoportable, notó un hombresillo delgado que lo observaba con detenimiento.

            Era un señor como elegante que se peinaba para atrás y se paraba derechito, se veía como el único de todos los presentes que tenía aspecto de ser humano. Llevaba una pañoleta atractiva en la mano de color rojo, iba vestido en mallas doradas con blanco y zapatillas negras de cuero Box Calf decoradas con un lazo. Se presentó sonriente y confiado, luego amable y con un temple educado, incluso le hizo una reverencia al guerrero. Ello apaciguó la profunda ira que en ese instante fluía desde la cola hasta la lengua del luchador.

               Apenas que el segundero apresuró la batalla, la decencia y la pulcritud bonachona del caballero se distorsionó por su nueva expresión de pelea y asesinato. La seducción del hombre con corbatín provocó un descuido del gladiador que era primerizo y por eso, a los seis minutos exactamente, sufrió la primer clavada cerca del cuello. El dolor fue tenue y la víctima procuró evitarse el bramo de dolor; aunque los dos mil alienígenas de todas formas vociferaron eufemismos, maldijeron a la vida del cornudo y bendijeron a la del bienvestido.

                       Los espectadores blasfemaron y renegaron, despotricaron y condenaron, juraron, ofendieron e imprecaron tantas barbaridades que terminaron excretando un humo rojo de sus bocas, este poco a poco fue flotando hasta por arriba de la arena pero sin llegar al cielo, sólo hacia el centro del anfiteatro, allí donde se formó finalmente una nube de color manzana que cubrió la batalla como si fuera el techo del lugar.

            La contienda siguió la rutina y al cabo de veinte minutos, las armas fijas del esclavo seguían sin mancharse de éxito. El hombre de la tela roja era un adversario veloz y tenía la habilidad mágica de desaparecerse y aparecerse a su antojo, tan sólo tenía que agitar su paño colorido y con eso lograba esfumarse en el espacio; después, gracias a su brujería lograba aparecerse por detrás del ancho guerrero, y éste, confundido, tenía que volver a intentar su ofensiva.

            El caballero, todavía con su peinado impecable, fue por el séptimo estacazo pero sintió en las rótulas el cansancio de los años en la arena. Entonces se detuvo un poco, y fue cuando notó la nube roja encima de él. El atleta con cuernos también observó al cielo, sintió una punzada de dolor por esforzar el cuello. El mago percibió la distracción de su enemigo y decidió terminar con el encuentro, se acercó con cautela para no advertir al rival, dio pasos de gacela y respiraciones de ardilla, le pidió al público silencio con el dedo índice en su boca y les sonrió con picardía, los más pequeñitos se rieron. Ya a diez pasos del rival, el hombre de finas telas levantó su espada y apretó la nariz, luego, a nada de asesinar al distraído, una semilla carmesí en su cabellera intocable le arruinó la arremetida.

            Entonces volteó al cielo el caballero, y se cubrió la cabeza con los antebrazos al ver que de la nube caían millones de simientes, unas azules escarlata, otras rojas vino y amarillas oro, también verdes lino, cafés tabaco y de todos otros muchos colores y sabores que pronto se esparcieron por toda la arena fértil del coliseo.  Tantas eran que al cabo de catorce minutos el suelo estaba llenísimo de semillitas coloridas que rápidamente se hundieron en la arena al mismo tiempo que el fenómeno nebuloso de color manzana se difuminó del cielo despejado de Septiembre.

            El guerrero de los cuernos quedó en silencio, pacífico, sintió confianza y entonces se encaminó violentamente al enemigo que se veía anonadado. Aquel no tuvo la rapidez de provocar su hechizo para desparecerse, de tal suerte que sufrió un impacto profundo en las costillas y luego azotó las nalgas contra la arena. El ilusionista se puso de pie con habilidad y, encolarizado, posicionó su misterioso instrumento frente al contrincante que ya venía a embestirse de nuevo. Por última vez, el hechicero impresionó a los espectadores con su truco de disipación y logró que el ataque del animal fuera inútil. Fue entonces cuando el gladiador noble, de cornadura afilada y nariz húmeda, aceptó sinceramente el destino bestial inherente a su raza porque recibió en la espalda el fatal filo del estoque.

            Bufó de angustia, gimió de dolor y rugió de tristeza, tan fuerte que temblaron las paredes y las butacas del público. Tembló también el piso y las semillas que estaban plantadas debajo, por eso comenzaron a germinar deprisa y se hicieron raíces, luego tallos y al final flores. Al cabo de unos minutos todo el suelo del anfiteatro estuvo lleno de cempasúchiles azules turquesa, rojos bermellón, amarillos mantequilla, verdes limón, cafés canela y de todos los colores posibles.

            Con la caída del guerrero, surgió un griterío insoportable y al toro se le concedió la sordera antes de morir, se le concedieron también espasmos musculares, cosquillas en los huesos y un frío insoportable en la epidermis.  Se entristeció entonces por saber que iba a dejar el mundo y no tenía a quién extrañar ni quién lo extrañara, no amó nunca, ni prometió amor a nadie, no abrazó a sus hijos ni les dijo que estaba orgulloso de ellos, no caminó por veredas de verde pasto ni se inclinó a saborear la primavera. Tuvo una nostalgia de vivir tan indecible que le dolió más incluso que la puntilla del torero quien ya se acercaba para terminar con su desdicha.

            El hombre, ya con la victoria en los brazos levantados, ya saboreando la matanza en los hombros alzados y ya queriendo disfrutar del orgasmo sin eyaculación, se acercó al toro vencido.

—Ven ya— pensó el animal —, ven ya, señor elegante, fino, suertudo de tener más vida que yo, venga, quítame la agonía  de la espalda y de las patas y del cuello, por favor, concédame usted la virtud y máteme si es su deseo divino— y así lo hizo, el torero terminó con su espectáculo y desprestigió al animal con su puñal.

            No quería el guerrero, pero sí sucedió, sollozó una lágrima tan sólo por sentir la derrota; la gotita se le salió del ojillo y rodó por su rostro peludo, llegó a la nariz y luego se le deslizó por la boca hasta que goteó finalmente y cayó al suelo donde mojó un cempasúchil colo arcoiris que había crecido justo abajo de su hocico. La flor instantáneamente se tiñó de negro, como vistiendo a la naturaleza de luto.

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