Image default
Portada » Sábado de cuentos: Extravío
Entretenimiento Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: Extravío

La grisácea tarde de agosto matizó la felicidad que despilfarró con toda su fuerza. Su enorme sonrisa  furuló con la incertidumbre de que algo podría cambiar, porque la felicidad es un trance pasajero que tiende a arruinarse cuando ésta posa en la cumbre;  Héctor así la vivió

No supe qué pensar el día que me casé. Es lindo imaginar una boda en abril amenizada por pájaros cantores y escenarios pintorescos. Una novia radiante ataviada en un vestido blanco y costoso que cubre su hermosa desnudez y su resplandeciente virginidad. Un caballero uniformado de negro y peinado con un pretencioso copete tieso como una estatua. Es lindo imaginar que una persona se casa porque encontró a su complemento ideal, complemento que integra y unifica los ideales y sueños de dos personas ansiosas por construir una vida utópica, de esas que sólo se asoman cuando alguien miente acerca de su felicidad; una boda irreal para un futuro incierto e imposible de realizar.

  • Te amo, mi amor, eres lo mejor que me pudo haber pasado.

Jadeante le dije a Romina al terminar nuestro cotidiano encuentro sexual.

  • Vamos a casarnos.

Dijo ella, rompiendo paradigmas y humillándome como hombre.

  • Sí, mi amor, claro que sí. ¡Para qué esperarnos más!

Acepté con el ímpetu de un adolescente al perder su castidad.

Ya estaba hecho, me iba a casar con Romina, hermosa mujer de piernas blancas y delicioso trasero. Todo parecía perfecto, como un cuento de hadas. No había tenido qué gastar un solo peso en el tradicional anillo de compromiso, además, era huérfana, así que el supuesto malnacido y rudo suegro sólo estaba presente en una vetusta fotografía colgada en la pared de su baño, en el que por cierto, por principios éticos y morales, jamás he defecado.

Nunca fui una persona que tuviera como meta el matrimonio, es más, me parecía y me parece una estupidez. Dicen que la esclavitud quedó superada por allá de finales del siglo XIX y principios del XX, pero para mí la esclavitud yace en la unión de dos vidas mediante la firma de un papel.

La conocí precisamente un día lluvioso y áspero de Agosto. Yo me fumaba un cigarrillo en las afueras de una cantina a la que concurría la mayor parte de la comunidad artística de mi región. Conmigo sólo traía unos pantalones rotos y deslavados combinados con una playera raída y agujerada de las axilas. Verdaderamente era feliz, no me importaba nada, sólo me gustaba transitar una vida improvisada, alejada de lujos y de todo aquello que extravía la esencia de las personas. Esa tarde, mientras fumaba mi cigarro delicado, Romina pasó frente a mí, parecía perdida, como si no estuviera en su mundo, me agarré de valor, y le dije:

  • Hola

Ella, por educación, me respondió el saludo, pero noté en su tono un malestar, como si el saludo fuera  una obligatoriedad. En ese momento me di cuenta que la quería para mí. Una mujer rancia y difícil era el reto que añoraba. Quería demostrar mi capacidad para cambiar a una fémina. Que un  joven harapiento y extraño como yo fuera capaz de conquistar e influenciar a tan bello espécimen sería un sueño realizado, así que la invité a pasar a la cantina, mi segundo hogar.

Entre tequilas y cervezas caducas la plática se fue calentando. Su aparente desprecio hacia lo que en primera instancia había visto se convertía en un exquisito momento, o al menos así lo comencé a notar. Su mano, delicada y femenina, comenzó a rozar con cierta sugerencia mi pierna, esa cercanía me inquietó y una implacable temblorina empezó a desatar mis impulsos más rudimentarios y carnales, así que me acerqué a su oído y al no ver ningún rechazo me desvié hacia su boca hasta que me adherí a ella. ¡Qué besos!¡Qué labios¡ ¡Qué lengua! ¡Qué manera de alborotar al Sade que llevo por dentro!

Esa tarde terminó en un motel. El desenfreno que hubo entre nosotros fue abrumador. Toda la represión sexual y sentimental que sólo desahogaba en las letras la vacié en ella. Viví un orgasmo fuera de serie, una sensación que nadie me había provocado y todo desembocó en la peor condena que puede vivir un ser humano; Me enamoré perdidamente.

Romina, una mujer sofisticada, seca, rancia pero muy apasionada. Con cero tolerancias a todo lo que no está relacionado con el dinero y la vida cotidiana, también se enamoró. Algo vio en mí que la atrajo y la sedujo. No sé si fueron mis versos o mi sentido del humor o mi heroica  actuación en la cama.

Sólo transcurrieron seis meses a partir de nuestro primer encuentro para que me propusiera matrimonio y un mes más para ya estar casados. No sé qué me pasó en el transcurso pero no me sentía yo. Mis queridas playeras raídas y agujeradas habían cambiado por camisas Oscar De la Renta. Mis pantalones agujerados y cómodos ahora eran Dockers. Mis tardes de cantina con los snobs de mi región ya no existían. Mis versos se habían esfumado como el polvo en la nariz y mis sueños se encontraban extraviados y encajonados en el clásico cliché de que sólo los inmaduros sueñan y añoran una vida alejada de lo convencional.

Romina era mi vida, y no me refiero a la razón sentimental, adorable y poética de esa frase, sino que ya no tenía nada. Me distancié de todo y de todos. Las grises y pesadas tardes de octubre aplastaban y hacían añicos mis últimos atisbos de esperanza. Aquel idealista que sorprendía a sus amigos ahora era sólo un borrego que vivía y respiraba para una persona que no se había percatado que estaba acabándome día a día.

Mi desesperación era tanta, que decidí ir al Cristo de las Noas, me pareció la única manera de acercarme a un Dios en el que nunca he creído. Las nubes seguían reinando el paisaje de por sí lúgubre y taciturno de mi existencia. Al llegar a la cima, decidí acercarme lo más que pude al precipicio. Yo no era yo, era una persona transformada. Comencé a llorar y fui tan cobarde que no me pude arrojar. Me acuclillé en la orilla del risco que desemboca en la nada y prendí el último cigarro que me quedaba. En ese momento escuché un cuchicheo que me resultó familiar. Volteé sin algún asomo de discreción y vi a la implacable y bella Romina trenzada en unos brazos ajenos. Pude haber reaccionado con violencia y, quizás, en un arrebato de celopatía y desprecio, haber matado a aquel sujeto. Pero me detuve y me guarecí detrás de una roca para poder observarlos. Estaba viendo una película, mi propia novia, la culpable de mi extravío y de mi repentino cambio con desenfado y cinismo se encontraba jugueteando con una lengua ajena frente a mis propias narices. Fue en ese instante que tomé una decisión; salí de mi escondite y me acerqué a ella.

  • Eres una perra, Romina.

Le dije sin aspavientos.

  • ¡Héctor!

Gritó con asombro y sorpresa, su blanca y hermosa cara se tornó transparente, casi podía ver su cráneo a través de sus ojos.

  • No quiero explicaciones, Romina. No quiero nada de ti, porque tú has sido mi mayor y más hermosa perdición.

No sé porqué le dije eso, debí haberla estrangulado junto a aquel pendejo pero mis impulsos fueron más racionales de lo que creí.

  • Perdóname, Héctor, pero tú no eres para mí. Déjame en paz porque contigo no quiero nada. Para mí sólo serás una anécdota que espero olvidar pronto.

Sus palabras me quebraron el alma porque aquel Héctor que ella conoció y se cogió después de la tarde de cantina ya no existía, y el nuevo Héctor que ella transformó también se estaba extinguiendo. Era como estar muerto en vida.

  • Yo no te maldigo por haberme engañado, te maldigo por asesina, porque ya no existo, porque tengo mucho tiempo sin existir, sin sentirme vivo, sin sentirme Héctor.

La tarde comenzó a caer y con ella el ímpetu por hablar con ella.

Lo que me parecía más ridículo es que aquel pendejo con el que Romina me engañó jamás dijo nada. Era como una gárgola vigilando, es decir, inútil.

Me armé de valor, rocé su mejilla con mis manos y la miré fijamente, como voyerista.

  • Ya no sé quién soy, un ciego tiene más claro su camino. Maldigo el día en que te conocí y maldigo aún más mi vida a partir de tu presencia en ella. Adiós, Romina, a partir de hoy no me verás, es más, ni siquiera sé quién te está hablando en este momento, porque Héctor ya no existe ni para mí, ni para ti. Adiós.

La noche había inundado completamente mi panorama. Estaba exhausto, sólo quería perderme en la oscuridad y no pensar en el mañana.

Al bajar el cerro, caminando sin rumbo, me topé con la cantina a la que solía acudir antes de conocer a mi hermosa perdición. Bar “La Penumbra” llevaba por nombre, atravesé su puerta con ganas de nunca más salir de ahí.

 

 

Cargando....