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Sábado de cuentos: la mosca del presidente

En Reforma va una mosquita bsseando por los vientos contaminados de la ciudad de México. Bssea por ahí y bssea por allá, bssea entre los carros y bssea entre la gente hasta que juega en las calvas de los entrajeados que van vagando con sus helados de Nutrisa o del Helado Oscuro, de Neve  Gelato o de La Pantera Fresca, el pequeño insecto les molesta el descubierto de sus cabezas hasta que éstos se molestan y se azotan la alopecia con la mano libre, luego, por la distracción y el descuido tiran su heladito y, por supuesto, tachan a la mosca de puta, de ojete y de pendeja. La mosquita nada más se bssríe y se bssríe de ellos. 

La díptera lleva sus alas veloces por todo el bosque de Chapultepec, se detiene en algunos basureros para ver qué puede saborearse con las patas y con sus piezas bucales pero no encuentra nada digno de su paladar y se detiene en una banca, sobre el hombro de una mujer gordita que disfruta de sus papitas fritas con salsa y limón. La mosquita mueve sus tagmas constantemente, observando a los humanos que caminan con sus hijitos e hijitas disfrutando de la tarde rodeada de naturaleza y de vendimia. Pronto el insectito recuerda sus días de larva en que su mamá le bsscantaba en las noches y le bssapapachaba sus estigmas abdominales, le dio nostalgia de mosca y mejor prefirió volar lejos antes de empezar a recordar cuando era tan sólo una pupa y su madre fue cruelmente asesinada con ácido bórico.

Entonces la mosca bsseo por todo Chapultepec hasta que se adentró entre las palmeras  y se posó en una piedra enorme que decía «Los Pinos» al frente y «Estados Unidos Mexicanos» encima. Luego voló otra vez para meterse a la casota esa que estaba rodeada de árboles, voló por una ventana y se adentró en lo que parecía el cuarto de una chica.

—¡Mamá!, o sea, hay una mosca en mi cuarto mamá, qué pedo con eso, vivimos con la prole o qué.

—¡Ay, hija, no!, no digas eso, dile a Julio que vaya y la mate y ya está. Es más, yo le digo: ¡Julio!

—¿Qué pasó, señora, todo bien?

—No, Julio, hay una mosca en el cuarto de Pao, ¿puedes ir a matarla?

—¿Una mosca?, no mames.

—¿Qué dices, Julio?

—Digo, que enseguida señora, claro, ya voy.

La mosquita, asustada desde el arista hasta el tarso, bssescapa del asesino y bssvuela por todo el cuarto, desde la cama hasta el póster de Belinda y después desde el póster hasta la cajita de joyas y luego de la cajita hasta la revista de TV y Novelas en el buró, de ahí vuela fuera del cuarto y se desplaza por el aire hasta la habitación presidencial donde se posa en el bote presidencial de la basura presidencial de la esquina, también presidencial; el bote estaba limpísimo como nunca lo había saboreado la mosca, estaba tan limpio que le dio asco, así que se movió hacia el baño presidencial a ver si había algún desecho presidencial que pudiera disfrutar y se posó en la orilla de la taza. Impresionantemente, había un gran trozo de bosta presidencial flotando en las aguas del excusado, la mosca, feliz de la vida, saltó con los ojos cerrados al centro del leño. Fue entonces cuando entra Julio al cuarto en busca de completar su misión, rápido entra al baño y ve al enemigo regocijándose de la vida.

—No manches jefe, sí que la cagas.

Julio posa sus dedos en el switch y deja que la mosquita y su cama de placer se esfumen con el remolino acuático del retrete. La mosca, sin tiempo para reaccionar, se deja ir en el tobogán del desagüe y bssgrita con miedo mientras se agarra fuerte de su barquito —¡Bssno!— dice, cuando la gravedad le afecta su aventura y se desprende del transporte, luego se cae en las aguas y se desmaya por la adrenalina.

La mosquita despierta en las alcantarillas, bsssonríe y bsslevanta las antenitas en signo de emoción —¡bssotra vez!—, y es cuando regresa a Reforma, al bosque de Chapultepec y se adentra, otra vez, a la casa del presidente en busca de una nueva aventura.

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