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Sábado de cuentos: La muerte de don Juan

Cuando ella se le desnudó, las estrías en los pectorales le hicieron el favor a don Juan de marcarle un camino hacia los pezones. Por supuesto, no era necesario, su vista estaba llena de todas las cataratas de Nueva York, y aún así no necesitaba ver para saber la distancia aproximada entre la parte posterior de la oreja y hasta el pezón derecho, o al izquierdo, o al ombligo o hasta la rodilla  o hasta el dedo meñique. De hecho, no necesitaba ninguna regla o ninguna cinta de medir para saber cuántos centímetros y pulgadas y dedos gordos había desde cualquier vértice hacia cualquier vértice del cuerpo de cualquier mujer en cualquier tamaño.

Por eso prefirió cerrar los ojos y sentir las bordes de las marcas en la mujer con sus labios hasta llegar a la punta del seno. Ahí, con la facilidad que tenía a los veinte y con la experiencia cúspide que llegó a los cincuenta y cinco detonó todas las neuronas necesarias para que su pareja de turno soltara todas las vocales, repetidamente.

Se decía que don Juan tenía el don no por viejo, sino por habilidoso, y su habilidad más grande era, sin duda, el sexo. De tal forma que de pronto sus seguidores que querían aprenderle cómo causar un orgasmo a dos mujeres con un puro dedo meñique, jugueteaban entre ellos a que ya tenían el don, ¿cuál?, el don de Juan, que pronto el don se terminó llamando Juan. Sea como sea el don Juan fue sólo para Juan, nadie le podía ni pisar los talones. El número de mujeres en todo su pasado es proporcional al número de países que ha visitado, al cuadrado. Y todas ellas se habían enamorado perdidamente de él, de don Juan, y era evidente, los orgasmos tienen un pacto constitucional con el amor, o sea que por ley la mujer que duraba una noche con él amanecía sedienta de cariños, de ternuras y de promesas románticas. Pero el desgraciado se regocijaba cuando les decía que no, que no podía porque estaba enamorado de alguien más. Y así era, estaba de manera absoluta enviciado consigo mismo y con su interminable exigencia de no ser de ningún lado y de ninguna persona.

Así que a sus ochenta y pico de años no tenía recuerdo ya de dónde era, de dónde había nacido ni quiénes eran sus padres, o hermanos o amigos de la infancia. Sus sube y baja fueron los diferentes pares de chamorros que mecía en las noches, sus tableros de ajedrez fueron las barrigas que tocaba estratégicamente, sus libros fueron todos los ojos femeninos que estudiaba y su música eran las melodías carnales que hacía con el tamborileo de todas las nalgas.

Esta mujer, la de las estrías, es importante porque, sin saberlo don Juan, es la última mujer de su vida. No se sabe, claro, qué número de mujer es ella en su misógina lista de víctimas pero sí se sabe que cuando la luna salga y cuando don Juan vaya a cerrar sus ojillos de viejo, la vida se le va a acabar.

De  manera increíble, ella ya llevaba siete retortijones cuando don Juan se acercó paulatinamente al sexo de la afortunada. Espérate, le dijo. Qué, le contestó. Bésame. No, ¿para qué? Por favor, para saber que me amas, Juan. No te amo, mujer, ya lo sabes.

Sí, ya lo sabía, todas lo sabían pero ella igual intentó ganarse su afecto, así que con su mano de treintona quiso indagar en la arrugada entrepierna de Juan. Aquel viejo y colgado amigo de Juan no reaccionó porque ya no laboraba desde los sesenta y ocho años, cuando se jubiló con la modelo de Rusia cuyo nombre se ha perdido entre las tantas Olga e Irinas y Svetas y Natashas. Desde entonces Juan practicaba la audacia generosa de “darle placer a ella”, aunque él mismo encontró que lograba un orgasmo diferente para sí.

¿No, nada? No, nada. Pero, Juan, ándale, hagamos el amor. Qué quieres que te diga, no puedo. Venga, querido, inténtalo. Que no, mujer, ya soy un viejo, no puedo hacer las mismas cosas que antes. ¡Amor!, pero soy yo, y me amas, tienes que poder. ¡Dios mío!, ya déjalo, no se puede. Pues, si tú no puedes, entonces yo tampoco.

De ahí, la última de Juan se bajó de la cama y se puso el camisón de dormir, agarró los calzones del anciano y se los aventó. Éste se los puso, desinteresado, y se acomodó para dormir.

A mitad de la noche, Juan sintió el viento frío de la madrugada, un aire que se metía por la ventana del cuarto le cosquilleó el hombro izquierdo, lo cual era un aviso para el marchito hombre que no pudo interpretar porque sólo le dio la espalda a la noche y se tapó lo desnudo.

Del otro lado de la cama, la mujer que pudo ser cualquiera lo observaba con desvelo, tenía unas pastillas en la mano que había sacado de su bolso y le veía la boca como esperando una oportunidad. Al cabo de un cuarto de minuto Juan entreabrió la boca, por costumbre de dormido, y recibió tres pastillas de Viagra que se tragó accidentalmente.

Al despertarse quiso librarse de la mujer que ya tenía encima pero después de la droga ella le había encadenado las muñecas a la cama, dejándolo inmóvil. El sexo de Juan pronto se excitó como si fueran las nueve de la mañana y la abusona le montó para probarle que podían amarse para siempre.

Desde los ojos de Juan, ella, que era blanca de piel, se convirtió en morena, luego en rubia y después en castaña. Ella, que era mexicana, se vio noruega, luego japonesa y china y koreana, después sudafricana y etíope y árabe, también inglesa, romana, española, italiana, estadounidense y brasileña. Tuvo los ojos azules, verdes, cafés y blancos. Usó lentes y gorro y una dona para el cabello, estuvo peinada para atrás, con fleco, de lado, con coleta, con tupé, con mohawk y calva. Fue ciega, sorda, muda y sordomuda, le faltó un brazo, una pierna, una oreja y el ombligo.

Juan pudo ver, antes de perder las fuerzas, a toda la inmensidad de rostros y de cuerpos que había podido desnudar. Las escuchó también, que gritaban, que gemían y que decían malas palabras en todos los idiomas, así, hasta que el corazón le explotó al octogenario y este sintió que el brazo izquierdo se le entumía y el cerebro se le apagaba por la falta de sangre que se acumulaba en su sexo.

La mujer llegó al orgasmo más grande de toda su vida, y probablemente el orgasmo más grande sentido en la historia de los orgasmos. Justo entonces, el alma se le fue a don Juan y su esencia se desprendió con su última eyaculación.

Esos, sus últimos espermatozoides, nadaron vencedores como nunca y terminaron por preñarla a ella, treintona sin nombre que gestó nueve meses después un único hijo varón, cuya existencia nunca conoció don Juan.

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