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Sábado de cuentos: La princesa de Parque Hundido

La vi, me acuerdo, como me acuerdo de la lluvia y como me acuerdo de los atletas sudados de Parque Hundido y como me acuerdo del perrito con un ojo azul y otro café y como me acuerdo de su anillo azul en el índice. La vi de lejos, como de una banca a otra, la vi a través de las rosas y de las gotitas tranquilas de ese día, me sonrío la muy condenada, me dijo así, con el ojo, que le gustaba cómo me sentaba en la banca y cómo traía puesta mi mochila en las piernas y el libro de «Ulises» encima. Yo le dije, con una sonrisa de pendejo, que era tímido y que no podía yo hablarle porque ella era muy hermosa. Ella me contestó así tocándose el cabello y acomodándoselo atrás de la oreja, que no tuviera miedo que no me iba a morder.

Después de eso, siguió caminando y, por supuesto, la seguí hasta el reloj grandísimo de flores que daba las seis y cuarto, donde se detuvo y prendió un cigarro. Di los pasos necesarios y los suspiros necesarios para que me notara y cuando llegué, le dije: me gusta tu anillo. Me dijo que se lo habían regalado y me destrozó mis cuatro ventrículos en ocho, luego me dijo que alguien muy importante para ella y los destrozó en dieciséis, después dijo que había sido su abuelo y me los pegó otra vez en cuatro. Le dije que el anillo la hacía ver como una princesa. Le dio una sorbida a su cigarro y luego me hechó el humo en los cachetes —No digas esas cosas si apenas nos conocemos— terminó su nicotina y me dio la espalda —, ¿debo seguirte?— le pregunté indeciso. Con el dedillo me dijo que sí y yo con los pies le dije que ahí voy.

Caminamos unas cuadras y unas avenidas y unas colonias, caminamos por ciudades de Estados Unidos y por ciudades de Europa y por ciudades de México hasta que el sol tuvo que meterse y se perdió la demás parte de la historia, entonces salió la luna y a ella si le preguntas sabe exactamente que todo lo que escribo es cierto. La noche llegó y con ella la pregunta mía de —A dónde vamos— y la respuesta suya de —Aquí mira ya llegamos— era la Pulquería Los Insurgentes.

Nos metimos los dos como siendo de la casa y ella se sirvió una cerveza como siendo de la casa pero yo me pedí una como siendo nada más cliente. Pasó la noche y a las ocho nos besamos bailando I Took a Pill in Ibiza, a las nueve nos tocamos los abdómenes escuchando Closer, a las once nos manoseamos las partes que nos hacen diferentes acomodados entre la gente  y apenas moviéndonos al lritmo de How deep is your love. A la una la esperé en mi lugar, ebrio hasta la mandíbula y levantando los brazos como  antreando una canción que ya no me acuerdo.

Sandra, como se llamaba la chica del Parque Hundido, no llegó en media hora, ni en treinta y cinco minutos ni en cuarenta, por eso se me bajaron las diez cheves y me aventuré entre güeros, entre mexicanos y entre un brasileño que me dijo algo en portugués. No la encontré por ninguna bolita ni en ninguno de los cuatro pisos, le pregunté al del bar y me dijo que andaba allá atrás moviendo la cabeza, allá dónde, le dije gritando entre tantos decibelios que volaban y se estrellaban en las lámparas del techo y por eso parpadeaban confundiéndome.

Caminé como pude, con el estómago revuelto por las mariposas y por las polillas que andaban ahí en mis vísceras, unas de emoción y otras de miedo. Sandra estaba «allá atrás», metiéndose una cucharita en la nariz y una pastilla en la boca. Luego me vio ahí, paradillo como el bebé inocente que era, y me sonrió, otra vez, así diciéndome que todo estaba bien, que le había gustado y que quería ver hasta dónde podíamos llegar en una relación, que si rentábamos un departamento juntos y que si nos quedábamos en las noches a ver películas hasta dormirnos. Yo ya no le sonreí sino que le ceñí mis cejas diciéndole que esto iba muy rápido, que ya no me gustaba su costumbre de dejar todo tirado y de salirse a las tres de la mañana a fumarse un cigarrillo. Entonces ella entró en trance y se echó para atrás, acostándose en el suelo frío y con el viento frío en su cabello y con el frío de las drogas en su cerebro, me acerqué poquito y un hombre se acercó a mí y me dijo —déjala, no la molestes ahorita bro.

¿Bro?, cómo que no me acerque si yo vine con ella, cómo que no si me sonrió entre las flores y yo le dije que era una princesa y me dijo con el dedillo que la siguiera, cómo que no si nos besamos a las ocho, nos tocamos a las nueve y me manoseó a las once. Ahí Sandra se incorporó y se llevó el anillo del abuelo a la nariz, su anillo de princesa, lo inhaló y luego se volvió a desparramar en el suelo como globo lleno de agua.

Pronto regresé a casa y me aventé en la cama a escribir ésto y a planear que mañana iré con mi Ulises a eso de las seis allá por las flores  de Parque Hundido a leer un rato. No, no, no porque quiera ver a a la princesa pero, me gusta estar ahí, ver a los atletas y sentir la llovizna de octubre.

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