Portada Reportaje
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La perra era blanquesina cuando nació, tuvo un hermanito café, otro negro y otro de los tres colores, café, negro y blanco: era el más bonito de todos y por eso se lo llevaron a las tres de la tarde del albergue, él había nacido a la una. La perrita blanquesina cuyo nombre todavía no conocemos, nosotros ni ella, vio cómo se llevaban a sus hermanos uno por uno y vio también cómo les ponían sus nombres y sus collares y les rascaban atrás de la oreja como ya queriéndolos por siempre. Un hombre llegó un día, tocó la campanita de la recepción y pidió ayuda al veterinario para escoger una mascota que no fuera  ni muy grande ni muy chiquita, ni muy juguetona pero tampoco aburrida, que no ladrara mucho pero que si viera un ladrón supiera hacer un escándalo, que fuera cariñosa pero que a la vez fuera independiente y supiera cuando tomar distancia. El ayudante del veterinario no supo qué decir pero le dijo que tenían una perrita muy bonita, blanca y muy callada que necesitaba un buen hogar. El hombre se inclinó a ver a la inocente de algunos meses y le extendió el dedo para ver si mordía, la cachorra inclinó la patita también, repitiendo el gesto y como dándole la mano al hombre. Me la llevo, dijo el señor sin pensarlo dos o tres o más veces, serás perfecta para Gabriel: te pondré, Shankha.

Shankha era un nombre importante, había sido el tatuaje de su hermana y había sido también el nombre del proyecto más importante de su familia, un centro cultural que causó un impacto muy fuerte en el pueblo de Santa María del Monte donde abrió los ojos de todos los pueblerinos a un mundo mucho más grande que sus paredes, que sus parques y sus oxxos. El centro cultural se volvió tan grande que revolucionó la expectativa del lugar.

Shankha y su nuevo dueño salieron del albergue muy felices ambos, y muy complacidos el uno del otro. Me llamo Gonzalo, le dijo su dueño. Hola Gonzalo, pensó Shankha. Y tal como si la hubiera escuchado, Gonzalo le sonrío y la cargó en sus brazos. Shankha abrazó a su dueño poniendo sus patitas de chachorra en la espalda de Gonzalo.

La felicidad no les duró lo que querían porque tan sólo al llegar al recodo de la calle, una lluvia tormentosa y violenta y un viento fuertísimo y agresivo arrasó con las calles por donde iban caminando. Gonzalo abrazó a Shankha con todas sus fuerzas y avanzó contra la tempestad y contra la inmundicia del ambiente. Gonzalo ya no quiso correr al carro, más bien quiso refugiarse lo más que pudo pero el viento mojado se le metió en los ojos, automáticamente llevó sus brazos a sus párpados y fue cuando la perrita se deslizó por sus brazos y cayó al suelo. Siendo tan pequeña no tuvo la fuerza de mantenerse en pie ni cerca de su dueño, así que se vio arrastrada por el suelo girando y girando sin voluntad propia, Gonzalo que estaba ciego y estaba asustado, corrió hacia la derecha buscando a su perrita, sin éxito corrió a la izquierda que ya no sabía si era la izquierda, si era Norte, o era Sur, o Sudeste, ya no tenía idea de nada y fue inevitable tomar responsabilidad de su propia vida y caminar hacia la única luz encendida que vio. Gonzalo y Shankha se habían perdido el uno al otro y jamás se volvieron a ver. Ya sin dueño, Shankha perdió su nombre.

El viento y la lluvia se detuvieron al cabo de la madrugada, lo que dio lugar a una mañana dulce y fresca, nublada y con una llovizna tibia. La perrita de la hemos estado hablando se veía acurrucada entre la basura de un montón de bolsas negras. Ladraba y ladraba el nombre de Gonzalo, le preguntaba que dónde estaba y que por qué la había dejado, no quería salir de su escondite porque pensaba que el desastre volvería y la llevaría todavía más lejos. Con el alarido del animal, un chico que iba al trabajo se percató de su inocencia, antes de agacharse a recogerla se acomodó los mechones de cabello ondulado y frunció la mirada de sus ojos medio salidos y grandes con ojeras como para cerciorarse de que en efecto había un animal allí. Abrió el montonal de bolsas de basura y allí vio a una perrita temerosa y muy mojada. El chico le sonrío con picardía y le extendió la mano, gentil. Hola, le dijo, me llamo Yersin. ¿Yersin?, pensó la perrita: me gusta. Y como si Yersin la hubiera escuchado a la tierna cachorra, el chico extendió sus brazos y la cargó con cariño aunque estuviera empapadísima. Lluvia, le dijo, de la lluvia vienes y con la lluvia naciste para mí, no hay otro nombre que pueda ponerte. Yersin levantó la barbilla, viendo al cielo y luego agradeció, sin decirlo, a las nubes.

Lluvia, que ya se llamaba la perra, caminó con Yersin hacia el restaurante vegano donde trabajaba. Al entrar Lluvia, que se sabía algunas letras, levantó el rostró y leyó el nombre del lugar: Shankha. Que no era, para nada, el centro cultural en Santa María del Monte, sólo era una coincidencia particular que uno consideraría mágica, así como la llegada de Lluvia a Shankha.

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