Portada Reportaje
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El viento estaba frío, las piedras también y hasta las estrellas se cobijaron con un manto nublado. Me senté abajo del sauce al lado de la señora Martina Gómez cuyo epitafio era el de «La mejor de las tías».  Ahí creía que iba a estar a salvo del extraño fresco de octubre, pero no, los cachetes se me hicieron cristales y la cadera me empezó a doler como acostumbra y sentí que los dedos se me iban a congelar para siempre. Como cuidador del cementerio, a las doce en punto tengo que darme un paseíto por las tumbas para cerciorarme de que no hay nadie queriendo desenterrar un cuerpo o escupirle a algún muerto o hacerle el amor a un extraño sin vida. Entonces me paré, como me dejaron las rodillas, de abajo del sauce y de al lado de la señora Martina y caminé por el panteón abrazándome los codos para resistir el viento gélidísimo de esa noche.

En mi camino saludé a José Luis, y a Juan Manuel, también a Rosario que se veía muy bonita con su nuevo ramo de flores encima y a Guillermina que siempre está callada y nunca me devuelve el saludo. Ramiro estaba triste, porque dice que su hijo vino el otro día y que le orinó en la esquina del sepulcro. Ramiro, le digo, pues qué esperabas si te moriste sin decirle cuánto lo querías y cuánto lo sentías por los madrazos, por los insultos y por las mentiras, qué esperabas, mi Ramiro , si el niño creció sin saber que tu mujer fue la que los abandonó y que por eso te amargaste. Ya cállate, me contesta, si ya sé todo eso. Pos ni hablar, me despido y me quedo pensando en él, se veía muy muy triste nada más tirado y sollozando, me dejó preocupado, no se me fuera a suicidar y luego qué hago, dónde lo entierro si todavía no me muero como para llevarlo al cementerio de los muertos que se matan.

Estaba así, pensando en Ramiro, cuando escucho los pasos de una tierna mujer, de una diosa hermosísima y campante. Luego la veo, allá, atrás del arcángel oxidado del señor Balderas, caminando tranquilamente, arrastrando sus pies descalzos que ya están negros de mugre y con la cara suya, muy seria y muy blanca. Era la primera vez que la veía y era, no sé, como el calor que necesitaba en ese frío punzante. Me hipnotizó tanto su atracción que no evité seguirla, me acerqué con cautela y me arreglé las cejas para que no fuera a decirme que no. Hola, le digo, ¿es usted nueva? Y no me contestó y le digo ¿es muerta o viva? y no me contestó y le insisto, mire, yo soy Juvencio Mejía, yo me encargo de todos aquí y quería decirle que si necesita algo pues puede venir conmigo, y no me contestó.

La vi que estaba llorando, que tenía las muñecas como cortadas y me doy cuenta que, en efecto, es de las muertas. Mire señorita, yo sé que a veces está muy feo morirse, pero a veces no está tan feo, porque hay más cosas allá de la vida, el otro día uno de los muertos de allá atrás se consiguió el pasaje al cielo porque se puso muy brilloso y luego se esfumó. No sé para dónde se fue, o se fue al cielo o renació, pero algo se ganó porque no lo volvimos a ver por acá; le hicimos un festejo entre todos, aquí nos divertimos mucho señorita, no se preocupe. Fue entonces que me vio, con sus ojillos negros como el universo, pude verle las pestañas preciosas y onduladas, las cejas suyas, gruesas y muy oscuras y definidas. La señorita estaba llorando cuando me dijo sus primeras palabras: Ay mis hijos. Qué tienen sus hijos, le dije. Ay mis hijos, me dijo otra vez y me abrazó.

Era cálida y olía como a cempasúchil. Su cabello estaba muy lacio y negruzco, y lo sentí muy sedoso cuando se me metió por las fosas nasales. Mi corazón ya no podía con tanto, me di cuenta que estaba enamorado de esa llorona perfecta.

La seguí viendo así, todas las noches llegaba conmigo y me decía que ay sus hijos pero  nunca me había dicho qué les había pasado a sus hijos. Sólo me abrazaba y me dejaba sus mocos en el hombro. Un día, yo harto de tanto amor, le dije al oído que estaba loco por ella, que sus abrazos eran la maravilla de mis días y que olerla me llevaba a mí al cielo y de regreso y luego a las estrellas y de regreso y luego al paraíso y de regreso. Ella, que sintió mi verdad, se alejó de mi con desasosiego y nerviosa, como rechazándome el amor, me contestó Ay mis hijos y se fue corriendo por el cementerio.

Mi lloronsita preciosa no regresó en los días siguientes a ese. Ramiro me decía que ya la olvidara, Juanma que fuera a buscarla que seguro era de las del cementerio para ricos, Guillermina me decía que esa era una fácil y que seguro por eso se había muerto, que le habían quitado a los hijos por zorra. Guillermina estaba alterada porque tenía dos semanas sin recibir flores y entendí su frustración. A todos les dije que me dejaran solo y me fui a sentar a mi lugar abajo del sauce, me quedé dormido.

A eso de las doce en punto me dio mucho frío otra vez y me desperté. Los muertos ya estaban la mayoría dormidos y me fui a dar mi ronda habitual, pero triste y decaído. En el silencio de aquella noche escuché los pasos peculiares de mi querida, levanté el rostro y allí estaba, hermosa como nunca. Traía un vestido blanco que parecía nuevo, noté que se había arreglado el cabello porque lo traía enchinado y se había lavado los pies porque no estaban tan sucios. Me acerco emocionado y entonces le veo el rostro, tenía rimel en los ojos y rubor en las mejillas; me volví un lunático encandilado: ¡se había arreglado por mí! La llorona que ya no estaba llorosa me tomó del rostro, me sonrío y me dijo: ay mis hijos, en un tono cariñoso y amoroso. Luego se acercó a mí y me besó hasta la muerte.

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