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Entretenimiento Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: Otro quince de septiembre 2016 en un México paralelo (Parte 1)

Me llamo Benjamín Ornelas y desde que tengo memoria he vislumbrado flasheos de otro mundo, de otras realidades, he visto cielos de color azul y grises y verdes, hasta de colores que no puedo ver porque mi retina no los recibe. Mi papá decía que a él le pasaba lo mismo y que a su abuelo y al tatarabuelo; muchos de mis tíos se quitaron las vidas  y a otros se las arrebataron porque desde siempre se ha sabido que los Ornelas tenemos éste dote. Por siglos se pensó que era una maldición y que nuestros ojos eran ventanas al infierno, a uno de mis tataratíos le quemaron los ojos y la lengua por decir que Jesús en otros mundos estaba vivo, que no lo habían crucificado, que lo habían perdonado y que ahora fungía él como rey de todos alabando que era el Dios. También decía que en otro mundo estaba vivo y que el hijo de María de Nazaret era tan sólo un campesino solitario en Hirta, Escocia, y de otro donde a Jesús lo sentenciaron a la horca y otro donde le asesinaron en la guillotina y que por eso no pudo revivir al tercer día.

Por toda mi existencia he vivido aquí en la Ciudad de México, pero nunca le he dicho a una sola alma lo que puedo ver de vez en cuando. El truco funciona entre siete y nueve de la noche, mi papá podía entre dos y cinco de la tarde y mi abuelo entre las once de la mañana y la una. Primero, la vista se nubla de a poco como si las nubes se bajaran del cielo hasta que los ojos alcanzan a ver sólo blancura; después, los oídos se tapan como despegando de un avión y de pronto huele a césped recién cortado, hace frío en las manos pero los pies se calientan y da comezón en la cabeza. Rápido, regresa el sonido, se escuchan risas a veces, o pláticas, pasos o camiones que pasan, puede ser cualquier cosa depende del espacio/tiempo en que se esté; luego, la niebla se disipa de a poco y la vista regresa como si uno se hubiera quedado ciego y de repente pudiera ver otra vez. Así es cómo se siente llegar a otro mundo; en el cual, sea dónde sea, uno sólo empieza a caminar para cumplir el cometido.

Mi antepasado, del que más lejos se sabe, escribió un libro al que le llamó «Mi don»; donde redactó un manual para nosotros sus descendientes en donde explica lo siguiente: La única manera de volver a la realidad central  es provocando una cadena de eventos específicos que ponga en su camino al «otro mundo». Mi ascendiente le llamaba «otro mundo» a lo que la ciencia hoy le llama universos paralelos. Con «una cadena de eventos específicos» quiso decir una acción cualquiera que afecte a esa realidad alterna. Son como, justamente,  dos líneas paralelas pero que no siempre se mantienen a la misma distancia una de la otra,  sino que con el tiempo se van acercando. Y eso quiere decir el viejo con «poner en su camino al otro mundo», la cosa es que tenemos que regresar el paralelismo al universo. Mi mamá nos decía a papá y a mí los «paralelos», como si nuestra desgracia fuera cosa de jugar con las palabras.

El 15 de setiembre de éste año estaba en la Alameda y eran las siete de la tarde cuando los ojos se me nublaron y me dio comezón en la cabeza; como siempre, me senté a esperar el trasbordo de un mundo a otro. Lo que vi cuando llegué al otro lado fueron llamaradas de pesadillas que me sondean todavía en las noches y me perturban el sueño y me maldicen aún más mi maldición.

Lo primero que escuché fue el llanto de un bebé que yacía a unos metros de Bellas Artes, estaba en los brazos de su madre, una mujer muy bella, con dreadlocks y con una banderilla que decía «Abajo el Gobierno», tenía un agujero en la clavícula  por donde le había pasado una bala. El bebé lloraba porque su madre no corría de ese lugar tan horrible, con tanto ruido, tantos gritos y tanta soledad. Luego, lo que vi fue un hombre viejo pero fornido, de botas vaqueras que tenía el cabello canoso y rapado, traía un pantalón de mezclilla y una camisa de vestir morada decorada con una chapuza sobaquera donde guardaba sus pistolas calibre militar; estaba lleno de sangre del rostro y de las manos. El general no me vio, pero yo si lo vi que iba persiguiendo a unos jóvenes desarmados quienes escapaban con una cámara al cuello. Olvidé la escena porque me puse de pie y corrí con la vejiga que ya me quería manchar los pantalones. Había muertos en las calles como había gotas de lluvia cayendo del cielo y muchas mochilas sucias de sangre y como había también banderas blanquinegras tiradas en la calle y policías asustados que sollozaban y se tapaban el rostro lleno de vergüenza.

Corrí con la cabeza baja y con los brazos en la nuca hasta el metro Bellas Artes. Cuando llegué, vi a dos militares que cargaban un cuerpo y lo aventaban por las escaleras de la entrada, uno le dijo al otro Aviéntalos aquí compadre, ya cerraron el metro, en la madrugada los recogemos. Ése mismo me vio y me aventé sin pensarlo al césped. Caí sobre los churritos de una señora que también se refugiaba atrás de los arbustos, con todo y su changarro; Cuidado mijo, tápese la cabeza, no se la vayan a volar, me dijo, y yo la vi como queriendo regresarme a mi mundo. Los pasos de los dos militares que me vieron se deslizaban con prisa hacia mí Por aquí debe de estar el cabrón, yo lo vi, le dijo uno al otro. Apreté los puños y temblé como nunca, temblé por todos los fríos de invierno de toda mi vida, por todas mis fiebres y por todas  las veces que de niño escuchaba voces en las paredes. Temblé por mi padre que nunca le dije adiós y por mi madre que no sabía a dónde había ido esa tarde, temblé porque pensé que me iba a morir…

CONTINUARÁ.

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