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Lo cotidiano

26 de septiembre y los 43 inolvidables

Hace algunos meses se escribió en The Guardian sobre la falta de relevancia científica que tuvieron las declaraciones gubernamentales, las cuales aseguraron haber llegado a la conclusión de que los cuarenta y tres normalistas fueron asesinados y luego incinerados. Las pruebas de laboratorio son irrefutables, y dicen que tal declaración es imposible:  lo que pone en riesgo la verdad. No obstante, nuestro gobiernito ha evitado hablar sobre dicha declaración e insiste en vendarles los ojos a los papás de los estudiantes.

El presidente que ha sido llamado el «Justin Bieber de la política» vive hoy con 43 pendientes que no ha sacado de su maletín, hoy que es ya, otra vez, 26 de septiembre; nos toca recordarle que es tiempo de enfrentar las decisiones del pasado y de cerrar un caso donde el culpable es el ejército controlado por el poder ejecutivo.

Volvamos a los hechos en cuestión: Hace dos años, allá «donde serena la noche» en la localidad Iguala de la Independencia: 43 normalistas llegaron con 43 toneladas de motivación y 43 mil ganas de cambiar el país pero no estaban listos para contrarrestar armas de fuego que les atentaban la vida. A 257 kilómetros al sureste de la ciudad de Iguala, policías municipales cargaron sus pistolones y sin previo aviso asesinaron e hirieron a algunos estudiantes, periodistas y civiles que rondaban por la escena. Otro tanto de normalistas huyeron del lugar y como si hubieran manejado a otra dimensión, desaparecieron para siempre.

Lo que se sabe de lo que se dice que pasó después, es que los policías municipales llevaron a los sobrevivientes estudiantes a Pueblo Viejo en Veracruz donde los pasaron como si fueran paquetes de cocaína al grupo criminal, formado por los hermanos Beltrán y manejado ahora por  Sidronio Casarrubias Salgado, llamado Guerreros Unidos. Que éstos les tomaron las vidas y las dejaron por ahí en un bote de basura para que el gobierno mexicano los encontrara y diera cierre al caso.

Así fue, y la PGR soltó la verdad sobre el gobierno de Iguala, echando al plato a José Luis Abarca,  el alcalde de Iguala y María de los Angeles Pineda, la esposa de Abarca, y el secretario de seguridad pública de allá: Felipe Flores Velázquez. Se explicó que los tres se involucraron con los Beltrán Leyva y mandaron el encargo para el asesinato del 26 de septiembre. Todos los involucrados, policías, guerreros unidos e involucrados políticos declararon en favor de ésta versión y ahí ellos dieron final a esa historia.

Las pruebas y evidencias apuntan al crimen organizado y a apuntan a los errores políticos de presidentes ambiciosos que querían llegar a un poder más satisfactorio. Los padres de los normalistas insisten que sus hijos siguen vivos y que el gobierno los tiene que estar buscando o no van a dejar de movilizarse socialmente. Algunos otros fanáticos insisten en que los estudiantes izquierdistas fueron controlados por otras entidades de izquierda más serias y que los mandaron a sus muertes con tal de estallar el revuelto que ahora vivimos.

Fue el estado, dicen algunos, otros que ellos se lo ganaron por andar de revoltosos. Lo mismo que decían del 2 de octubre hace ya casi 48 años. Creo que los 43 estudiantes fueron víctima de la ambición, fueron el daño colateral de una cultura que babea por tener el poder, por tener el control y por ganar la superioridad política. Las decisiones del presidente municipal o de quien sea que estuvo al mando de la orden fueron en pro de un bien masivo, un hilo nada más de algo más grande, alguien se benefició de éste atentado pero ¿quién fue y para qué?

Seguramente uno de los enigmas más grandes que habrá en nuestro país y que saldrá a la luz cuando ya no tenga relevancia. Los hilos de poder, los secretos, las ambiciones, son todo eso lo que destruye a la humanidad. Pienso que así, de 43 en 43, vamos a ir perdiendo nuestra dignidad y nuestras ganas de salvar a México.

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