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Lo cotidiano

Celebremos la vida, celebremos a la mujer

Edith Piaf, por supuesto, la tuve que elegir a ella para escucharla y para iniciar inspirado esta dedicatoria y no arruinar un texto que pretende respetar, admirar y celebrar a toda mujer. ¡Celebrar! Cómo, si el día no es mío para celebrar, ni de ningún hombre. Diré, mejor, remarcar: remarcar la importancia del día y contribuir a que su historia y la gloria que representa no se estanque en otro ocho de marzo como cualquier otro.

Lo haré escribiendo lo más entrañable de la mujer y, mi reto es, honrando cuarenta nombres importantes a lo largo de este texto; y con nombres importantes me refiero claro, a personajes protagonistas de la historia. Cuarenta es un montón, pero bien, “la vida no es fácil, para ninguno de nosotros” me diría Curie para motivarme.

Quizá desde que Electra, Afrodita y Cleopatra fueron opacadas por una sociedad  de creencia patriarcal, el tema de la mujer bajo la sombra de su opuesto quedó inquieto labrando su rebelión en silencio. Es probable que la admiración hacia la mujer haya quedado cegada por un tiempo. Hasta que mujeres como Olga Skorokhodova, Margaret Mahler, Melanie Klein, Olga Aleksandrovna, Bertha Von Suttner, Selma Lagerlof, Anna Freud y otras mujeres con cerebros gigantes empezaron a suplantar la idea anticuada de que sólo el hombre podía destacar en la ciencia. Junto con ellas salieron al tiro Aurora Reyes e Isabel Villaseñor y Celia Calderón y Remedios Varo y Leonora Carrington y Frida Kahlo que con unas manos que podían pintar paraísos y manjares arrebataron el talento al otro sexo y se proclamaron como grandes leyendas.

“Todo cambia”, cantaría Mercedes Sosa, y sí, pronto el respeto que no habían merecido las mujeres estaba revolucionándose en todo el mundo como Carmen Alanís lo hizo en Casas Grandes o como Juana Gutiérrez Mendoza en Durango en tiempos de la Revolución Mexicana.

A diestra y siniestra las mujeres destacaban en nombre de su sexo, presumiendo no sólo habilidades grandiosas, sino también una comprensión más amplia de la vida.

Sor Juana fue la que escribió «no estudio por saber más, sino por ignorar menos” y Ámparo Dávila la que expuso que “lo presuntamente objetivo está en contacto permanente con lo presuntamente subjetivo”. Quiero decir que a pesar de la nube opaca que había estado tantos años sobre las mujeres, ellas lograron amaestrar el camino difícil y convertirlo en un atavío, la imprecación la habían suplido por tiernos versos y se habían agarrado de la sabiduría para esclarecer su grandeza. Así, el claustro al que habían sido retiradas, subyugadas, estaba quedando ya en el olvido y el sueño proclamado de libertad ya veía un resquicio de luz.

Pero cómo, pensaría yo, mientras acomodo mi fondo musical a la increíble Amy Winehouse, cómo es que uno entabla tanta valentía y encañona al opresor. “Passez outre” me diría Juana de Arco. No sabemos, los hombres, no entendemos.  Y no nos toca entenderlo, sólo respetarlo, alabarlo, enfatizarlo. Mujeres como Marisela Escobedo y Norma Andrade y Adelaida Salas y Minerva Valenzuela y Eva Alarcón, que se adelantan al miedo, son ejemplo de aquellos espíritus de hormigón indestructible que no se desmadran fácilmente.

No diré que la mujer es bella, ni que es perfecta, ni exageraré diciendo que es el ser más suave de toda la tierra. No porque no lo crea sino porque no es necesario, Elvia Carrilo Puerto, Rosario Castellanos, Esperanza Brito de Martí, Haydée Birgin, prefiero que estos nombres sean mi halago más grande, el recuerdo de corazones enormes que conquistaron la historia, una inspiración tan holgada que se vuelve inalcanzable por el hombre.

Llegué hasta Violeta Parra, para terminar respirando “gracias a la vida”. Y sí, hoy en día cualquiera podría agradecer a la vida. Sin embargo sólo algunos la honran. Celebrar a la mujer es celebrar a la vida. Celebrar a mujeres como Carmen Aristegui, Valeria Luiselli, Guadalupe Nettel, Marcela Lagarde, Cristina Rivera Garza, Emma Watson, Malala Yousafzai, Svetlana Aleksiévich, y todas ellas que acaudillan las buenas costumbres y que actualmente enardecen a toda la humanidad, debe de ser notorio; para que el pasado se quede allí, que no vuelva, y que las mujeres, como los hombres, seamos todos pasajeros dichosos de este largo viaje de ser.

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