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Lo cotidiano

Crónica de una multa: multar o no multar, esa es la cuestión

Hace algunos días Jorge y Jorge y yo, salíamos de algún lugar y nos dirigíamos hacia otro, ajá, como el noventa por ciento de los demás torreonenses. La mala fortuna de nosotros tres fue que, en el traslado de algún lugar hacia otro, a unas cuadras de la Plaza Mayor y yendo por el inigualable Paseo Morelos, nos detuvo un hombre de chaqueta fosforescente que alardeaba faltas estrictas a su cuadernito lleno de normas.

El tránsito nos detuvo con la excusa, validada por su reglamento, de que estando en el alto de Javier Mina, pisamos con las llantas del automóvil las rayitas que simbolizan el paso peatonal. Un “párese aquí adelantito por favor” nos conmovió para detener el carro.

Lo primero que hizo el hombre de chamarra cegadora fue aventarnos la libreta que desde el 2014 les funciona de escaparate para lucir las últimas reglas de vialidad. —Mire —nos dijo—, qué dice ahí — y apuntó con el índice a uno de sus artículos:

“En las esquinas o lugares donde haya señal gráfica de ALTO, los conductores deberán detener completamente sus vehículos. Esto es, antes de las zonas de peatones marcadas o imaginarias;”

La frase “antes de las zonas de peatones marcadas o imaginarias” resonó tanto que el más güero de los Jorges dijo algo así como “seas mamón”.

Por supuesto que la multa cedió dado que el mal estaba hecho y la falta validada. Seguimos el camino y el universo continuó girando como siempre.

Sin embargo, algo quedó en nuestros instintos, una cuestión de justicia: cómo iba a ser que, en esta economía tan lacerante, uno podía perder tantos salarios mínimos en tan solo algunos cinco minutos; y lo peor, cómo iba a ser que el castigo se iba a dar con una regla tan inflexible como aquella, apenas si la llanta había rozado el área del peatón. Además no había ni un peatón, no es como si fuera pleno Hollywood Blvd. para que el montonal de gente necesitara diez metros de banqueta.

No sé si el lector entienda la incongruencia lógica del asunto. El vialidad tuvo que haber considerado algo así como el sentido común, tuvo que haber flexibilizado su juicio y tomado una decisión más humana, no tan mecánica.

Como saben algunos, Jorge Saucedo Alvarado es uno de mis grandes amigos, y estudia Derecho, lo que significa que lleva en su espalda el toldo adoctrinado que alberga la moral y la ética de la legislación y la jurisprudencia. Para los que no lo conocen, a Jorge, él es un joven/hombre de veintiún años, tan entero y tan profesional, que no tiene ni un pelo de tranza en su cabellera.

Por otro lado, yo, aguerrido de la Ética para Nicómaco y del Anticristo, abuso del concepto de flexibilidad legal, según yo inventado por mí, e insisto en que las leyes existen con tal de ser un enrejado de metro y medio de bonita madera pero no unos barrotes de acero inaccesibles y sin salida.

Siendo así pues, contrastantes, Jorge y yo nos embarcamos en una discusión sobre la flexibilidad de las leyes y la existencia de los códigos, de los reglamentos y de las legislaciones como puntos indiscutibles que fundamentan el orden y la rectitud. Sobre la flexibilidad de las leyes y su poder como extensión irrefutable de mandamases que bien pueden acomodar la redacción legal a su parecer. Sobre la flexibilidad de las leyes y su función como limitantes de la conducta anormal y socialmente lastimosa, pero a la vez, también como formadoras de cultura y de valores.

El debate no tuvo fin, llegamos a donde teníamos que llegar ese día y pospusimos la saliva para discutir esto en otra vez.

Hasta hoy, la duda se mantiene: multar o no multar. Una gran cuestión a la que invitamos a todos a participar.

 

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