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Lo cotidiano

Cuarto 26 de septiembre; cuatro años de calvario

“Yo ya no quiero castigo. Yo sólo quiero a mi hijo” gritó con la voz herida Doña Carmelita, madre de Jorge Aníbal Cruz Mendoza, normalista desaparecido de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, ubicada en Ayotzinapa, Guerrero. El lamento nació en las bocinas colocadas frente al Zócalo capitalino, rebotó como las palabras de un fantasma entre los edificios del Centro Histórico de la Ciudad de México y caló en los oídos de 10,000 asistentes a su manifestación de rabia y desesperación ante el vacío más grande: el dejado por su hijo.
Era 26 de septiembre, el tercero que vivía en la Ciudad de México, exigiendo la presentación con vida de su hijo y sus compañeros. El cuarto 26 de septiembre desde que Jorge Aníbal fue desaparecido.

La noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre son fechas que marcaron una honda herida en la historia contemporánea de México, y rasgó con tinta indeleble el sexenio del priista Enrique Peña Nieto, ese a quien la revista Time dedicó un título de portada para este punto irónico: Saving Mexico (Salvando a México).

Los hechos: El 26, en la ciudad de Iguala, Guerrero, un grupo de estudiantes normalistas de la Raúl Isidro Burgos, después de pasar el día juntando recursos, tomaron unos camiones para ir a la Ciudad de México, con la intención de participar en la marcha conmemorativa de la masacre del 2 de octubre, como hacían cada año.

Los camiones fueron interceptados y balaceados por civiles armados y policías de Iguala y Cocula. Fueron dos los ataques, el primero alrededor de las 21:30 horas, el segundo alrededor de las 23. Aunque el gobierno lo negó durante casi un año, soldados del 27 batallón de infantería también se vieron involucrados en la agresión a los estudiantes.
No sólo los normalistas recibieron las balas esa noche. El camión del equipo de futbol Los Avispones de Chilpancingo, que cruzaba la localidad después de tener su partido de inicio de temporada en la misma contra Las Iguanas, fue rafagueado por quince minutos.

Dos horas después de comenzado el derroche de agresión, los resultados de aquella roja noche: 8 personas muertas, 5 normalistas (3 inicialmente, pero 2 se unieron a sus compañeros tiempo después), un jugador de Los Avispones, el chofer del equipo y una usuaria de un taxi que tuvo por mala ventura estar demasiado cerca de la tormenta; 12 heridos. Y 43 estudiantes desaparecidos.

26 de septiembre de 2018. El Ángel de la Independencia. Cuatro años han pasado de esa noche en Guerrero. Cuatro años con 43 bancas vacías. Cuatro años de navegar a contracorriente de la “verdad histórica” del gobierno federal, defendida por el ex procurador general de la República, Murillo Karam, hasta que “se cansó”.

Las 16 horas. La hora indicada. Los asistentes a la marcha conmemorativa empezaron a hacerse notar en la rotonda, a presentarse al Ángel inmóvil de una lucha lejana en el tiempo (pero puede debatirse si alguna vez se cumplió). Media hora después, los contingentes ya estructurados dieron los primeros pasos hacia el Paseo de la Reforma. Hacia el Zócalo capitalino.

Una vez más, la avenida al corazón de la ciudad se vio el hábitat del ser social, del animal multiexistencial que es una manifestación. Los pies de sus componentes: su latido. Los conteos del uno al 43: su voz. Las banderas de sus distintos órganos: las plumas de la serpiente. Normalistas, sindicalistas, estudiantes UNAM, organizaciones sociales; y como cabeza de la boa, los padres de los desaparecidos resguardados por una cadena humana, cada uno cargando lo perdido: una lona con la fotografía de su hijo.

Poco antes de las 17 horas. El monumento a Cuauhtémoc. Un punto intermedio antes de la Esquina de la Información de Reforma, donde está el Anti Monumento a los desaparecidos. Gotas comenzaron a caer del cielo. Lluvia, como si el dios mexica Tláloc estuviera dando su bendición a los marchantes.

El ambiente dentro de la manifestación cambió poco. Los que llevaron paraguas, los desplegaron, los que traían diez pesos, compraron un plástico al primer vendedor que no faltó a la ocasión. Y los que no traían nada, sobre todo los contingentes de los normalistas, algunos de lugares tan lejanos como Aguascalientes, Tiripetío Michoacán y Chiapas, corearon aun así bajo el piqueteo del agua: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”

Esa y muchas otras consignas de justicia, junto a discursos de parte de compañeros estudiantes a través de las bocinas del camión que, como se acostumbra en marchas de este calibre, servía al frente como escudero del movimiento, llegaron al +43 de metal rojo en la Esquina. Como se hizo en la Marcha del Silencio el 13 del mismo mes.

Y como hicieron los compañeros normalistas la noche anterior. El 25, casi un centenar de estudiantes se reunieron en el mismo símbolo color de advertencia sobre la violencia organizada y de Estado alrededor de las 20 horas, después de haber empezado el recorrido en el Hemiciclo a Juárez 60 minutos antes. La acción fue un preludio a lo que presenciaba esa tarde nublada de un día después. Los discursos de los normalistas, como entonces, inundaron aquella noche poblada de antorchas y fotografías de los ausentes.

Muchos de los normalistas que estuvieron en la noche, así como sus lonas , marchaban nuevamente menos de 24 horas después.

Igual que en esas dos ocasiones, la gran serpiente se detuvo. Las bocinas del camión escudero pidieron silencio, mismo que se logró, aunque con cierto trabajo, pues los cánticos manifestantes y los conteos del número infame al uno tardaron unos minutos en extinguirse. Se hizo el pase de lista de los desaparecidos, y tres nombres recibieron especial hincapié: Julio César Mondragón Fontes, Daniel Solís Gallardo y Julio César Ramírez Nava. Los tres asesinados hace exactamente cuatro años. A cada nombramiento siguieron 10,000 voces: ¡Justicia!

Las ruedas del escudero volvieron a ponerse en marcha. La serpiente continuó el camino planeado. La avenida Juárez pavimentó el camino para las exigencias, como ha hecho en tantas ocasiones del pasado:

“¿¡Por qué!? ¿¡Por qué nos asesinan!? ¡Si somos la esperanza de América Latina!”

“¡No has muerto! ¡No has muerto camarada! ¡Tu muerte, tu muerte será vengada!”

Mientras las consignas y conteos seguían su camino al Primer Cuadro de la ciudad, el escudero continuaba reproduciendo en sus bocas tecnológicas los discursos de sus Quijotes indignados pero firmes. “¿Cómo se puede desaparecer seres humanos?” pregunta uno de los oradores, y el Hemiciclo al Benemérito recibió otro de los argumentos: “Si tuviera el pueblo un poco de consciencia, se daría cuenta que la democracia es una farsa, todo el poder está en la burguesía”, quienes “todo lo quieren privatizar” y que los normalistas “somos hijos de las clases desprotegidas, oprimidas, y eso no le conviene a la burguesía.”

Poco después, la voz clamó que por el marxismo-leninismo “tenemos esta capacidad para organizarnos”. No es para menos. Históricamente, las normales rurales han sido campo fértil para las ideologías de izquierda revolucionaria y anti-capitalista, característica que ha dado leña para los enfrentamientos y esfuerzos del gobierno por asfixiar a los futuros docentes. A pesar de esto, los contingentes normalistas fueron claros en un disciplinado grito: “¡Abajo fascistas! ¡Adelante, adelante marxistas-leninistas!”

Eje Central. El breve tramo para llegar a la Cinco de Mayo, y de ahí, a la plancha del Zócalo. Otra voz, esta vez femenina, fue transmitida por el escudero: “El gobierno ha logrado deshumanizarnos, ha logrado que la gente se encierre en sus burbujas.”

Alrededor de la serpiente, en las aceras, una miríada de ojos y celulares de transeúntes veían su paso, como si presenciaran un milagro de su dios o de pronto recordaran lo que ese día representa para su propia historia. Algunos incluso ponían las cámaras en modo selfie y se retrataban con la indignación popular de fondo. Los policías de tránsito que cerraban el paso en Eje Central para contener a la manifestación en Cinco de Mayo sólo se dedicaban a contemplar en oficial silencio.

Más consignas, más pasos, más movimiento de las plumas en el lomo de la bestia, más conteos hasta uno desde 43. Entonces, las 18 horas. La plancha del Zócalo comenzó a poblarse una vez más por la presencia de la inconformidad, la estelaridad del templete frente a Palacio Nacional y el rastro de los ausentes en el rostro de sus familiares.

Los distintos grupos comenzaron a deshacer la boa y acomodarse para escuchar a los padres de familia, lo que dejó ver mejor a las organizaciones solidarias que ayudaron a conformarla: la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, los defensores de la tierra de Atenco, el sindicato de electricistas, la Universidad Pedagógica Nacional, por mencionar algunas.

A la par de esto, el presentador designado aprovechó para introducir al invitado cultural de la jornada. Los Guaraguao, un grupo musical venezolano “ícono de la música de protesta” que se ofreció a tocar unas canciones en solidaridad con la causa. Los saludos al público se dieron. Los instrumentos empezaron a tocar un ritmo parecido a una cumbia o la llamada nueva canción latinoamericana. La voz tronó en las bocinas:

Que vivan los estudiantes,
jardín de nuestra alegría
son aves que no se asustan
de animal ni policía.

La canción acompañó el reordenamiento de la masa. No todos se acercaron inmediatamente al templete. En la avenida frente a la Catedral Metropolitana, un grupo de danza interpretó unos números en acto cultural solidario. Cerca del asta bandera de la plancha, un señor y algunos jóvenes pintaron en la acera el nombre Ayotzinapa y símbolos relacionados, como una tortuga – el animal espiritual de la Raúl Isidro Burgos – con la cifra faltante en el caparazón.

Pasaron tres minutos. Los instrumentos terminaron la rola. Los aplausos la despidieron y al mismo tiempo dieron la bienvenida a la siguiente, incluso más unida a la fecha que la anterior:

Dame una luz,
ayúdame a encontrar desaparecidos
Porque está prohibido dejarlos en el olvido.
¿Cuántas flores cortaron?
¿Cuántas se arrancaron de un solo jalón?
¿Cuánto vacío sin plazo
dejó entre los brazos la separación?

Otros tres minutos. Algunas canciones más. Después, Los Guaraguao se despidieron, reiterando su compromiso con las clases oprimidas, en este caso, con los padres. Mismos que comenzaron a tomar el micrófono para dejarle saber al Palacio Nacional sus sentimientos un año más.

Doña Cristina Bautista Salvador comenzó hablando en su lengua natal, posiblemente náhuatl. Las primeras palabras en español pronunciadas por su discuros fueron: porque vivos se los llevaron, vivos los queremos, y 26 de septiembre no se olvida. “Nos sentimos muy tristes por estos cuatro años” siguió, pausada, con una voz que trataba claramente de controlar el enojo, la impotencia. A través de todos los discursos, la decepción y furia contra las autoridades rebasó la sutileza. El principal blanco: El todavía presidente Enrique Peña Nieto. “Él sigue defendiendo su verdad histórica, aunque ya se la destruimos” sentenció doña Cristina.

El presentador regresó brevemente: “Si no hubiéramos estado acompañados, no hubiéramos llegado aquí” exclamó, a lo que comenzó a mencionar y agradecer a organizaciones que estaban presentes en el templete en unidad con el dolor de personas como Doña Cristina: El Café Zapata Vive, el Frente Francisco Villa Siglo XXI, los defensores de la tierra de Atenco, la Federación de Estudiantes Socialistas Campesinos de México, los damnificados del sismo 19-S.

También estuvieron Gonzalo Martínez, de la sección novena de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación; Octavio Ángel López, en representación de los jornaleros de San Quintín; y doña María Herrera, representante de familiares en búsqueda de sus desaparecidos, y madre de cuatro de ellos. Un verdadero panorama de los dolores del país.

Retomaron el arma de la palabra los padres. Mario González, padre de César Manuel González Hernández, con voz recia, pero que temblaba y se trababa por momentos, se disculpó en su discurso por estar “sintiendo sentimientos encontrados que no les podría explicar”. Aseguró que los fuertes en esta lucha eran sus compañeros, y su pedrada para las autoridades fue certera: “les decimos que fueron unos cobardes los que participaron del ejército y la policía federal en lo sucedido”. “No puedo, compañeros” fue su abrupta conclusión, vencido por sus emociones, incapaz de seguir hablándole a esa mancha de gente, que en turno, comenzó a corear consignas de apoyo al padre injuriado.

La mañana del mismo 26, en el Museo de Memoria y Tolerancia, el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador (AMLO, para las redes sociales), se reunió con esos padres que horas después estaban en ese templete. Como en ocasiones anteriores, hizo promesas de traer la tan esperada justicia al caso, para lo que incluso habló ya de una Comisión de la Verdad a cargo del ex militante del viejo Partido Comunista, Alejandro Encinas.

Esas pláticas fueron mencionadas en repetidas ocasiones, incluyendo en el discurso de Doña Carmelita. “¿Cómo es posible que después de cuatro años no nos hayan devuelto a nuestros hijos? Porque ellos lo hicieron” acusó, y movida por el cansancio de la larga incertidumbre, aseguró que ya no quiere castigo a los culpables; sólo quiere a su hijo de vuelta.

“Hace cuatro años, a estas horas” comenzó después Epifanio Álvarez, padre Jorge Álvarez Nava, “nuestros hijos aún no eran secuestrados por este gobierno”. “Nosotros dicimos que Enrique Peña Nieto y su gabinete deberían ser enjuiciados”. Con dolor en la expresión, mencionó que su hijo Álvaro cumplió años el pasado 23 de septiembre. “Cuando ellos regresen” continuó, conmovido, “tendrán que darles un saludo a todos ustedes” en agradecimiento al apoyo mostrado a través de 1460 insolutos días. Terminó: Hasta la victoria siempre.

 Cuarto para las 20 horas. La lluvia volvió. La bendición de Tláloc fue tal vez demasiado generosa. Varios de los contingentes se dispersaron. En torno al templete quedaron solamente una fracción de las organizaciones solidarias y los contingentes de normalistas, que una vez más enfrentaron la metralla líquida sin protección alguna.

Después de un discurso de una representante de la Federación de Estudiantes, el final del mitin se volvió necesario. El presentador pidió una última actividad para eso: el canto del himno Venceremos, mismo que fue coreado con los puños izquierdos enhiestos, un bosque de pequeñas rebeldías:

¡Venceremos! ¡Venceremos!
¡Mil cadenas habrá que romper!
¡Venceremos! ¡Venceremos!
¡La miseria sabremos vencer!

Los cantos callaron. Los contingentes comenzaron a dirigirse a los camiones frente a la Secretaría de Medio Ambiente, listos para llevarlos a sus lugares de origen y lucha. El Zócalo, como una vez más se vio el escenario del clamor popular, una vez más quedó vacío, desnudo para enfrentar la lluvia. Sólo una cosa quedaba en el pavimento que se mostraba como medalla de su papel: una tortuga con el número 43 en su caparazón.

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