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«Esta marcha no tiene un solo motivo»

“¡Presentación con vida!”. El grito fue externado 43 veces en la Esquina de la Información del Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. Lo escucharon y repitieron aproximadamente 23 mil personas. No era 26 de septiembre. Era el jueves 13 de septiembre. Faltaban todavía 13 días para el aniversario por Ayotzinapa. Sin embargo, 23 mil personas, sin contar transeúntes, escucharon el llamado.

Para las cuatro de la tarde del jueves, ya había pasado más de una semana de la agresión a los estudiantes del Colegio de Ciencias Humanidades, unidad Azcapotzalco, por mano de los porros frente al edificio de Rectoría de Ciudad Universitaria. Habían pasado varios días a su vez de la Asamblea Interuniversitaria planeada para realizarse en el auditorio Ho Chi Minh de la Facultad de Economía, que terminó concretándose en el Antonio Caso de la Torre de Humanidades, donde estudiantes de más de 40 instituciones educativas definieron sus posturas y discutieron qué hacer como un solo cuerpo estudiantil.

Para las cuatro de la tarde del jueves 13 de septiembre, habían pasado varios días de atención mediática, declaraciones de personajes de la política nacional del tamaño de Alfonso Navarrete Prida y Andrés Manuel López Obrador, y de memoranzas de luchas y golpes al estudiantado, más con el 26 de septiembre y el 2 de octubre a tiro de piedra.

Varios días para ese jueves en los que la diferencia de asistentes entre la marcha programada para salir esa jornada del Museo de Antropología e Historia de la Ciudad de México al Zócalo capitalino y la marcha del miércoles 5, en CU, fue de sólo 7,000 personas: De 30,000 en CU a 23,000 en Antropología – Zócalo.

La concentración comenzó desde las tres de la tarde, pero la movilización dio inicio alrededor de media hora después de la hora acordada inicialmente. Las miles de suelas comenzaron a atormentar el asfalto de Reforma, las banderas de los diferentes contingentes – entre los que se distinguían el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), el Comité 68, el Sindicato de Trabajadores de la UNAM (STUNAM) y, por supuesto, el CCH Azcapotzalco, que se presentaba como la punta de la lanza – actuaban como las escamas en el lomo de un animal gigantesco, multiforme e imponente.

Un animal que, en comparación a tantos otros como él que diario pueblan las calles laberínticas de la capital, estaba mortificadamente callado, aún con la lluvia que caía sobre los paraguas, los impermeables o las cabezas estoicas de sus componentes.

Pero no era para menos. Exactamente 50 años antes, otro grupo de estudiantes, como respuesta al desprestigio que recibían del gobierno hegemónico del viejo PRI – no tan distinto del nuevo –, salieron en silencio para demostrar la disciplina que podían tener los “revoltosos”. Ese jueves, aunque los ánimos llevaron a unos tímidos coros entre los marchantes, el signo de muchos puños levantados logró mantener el silencio, puso los rostros serios y a más de uno recordó las labores de ayuda y rescate en que participaron hace casi doce meses, después del sismo del 19.

Así llegaron alrededor de las seis de la tarde a la Esquina de la Información, en Paseo Reforma. El animal social paró en otra marca de la agresión que los estudiantes sufren como norma en el país: el anti monumento en recuerdo de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. De las bocinas encima del camión que guiaba la marcha salió la voz de un maestro que rompió el silencio: “un compañero o familiar de los 43, pase al frente para ser el conteo”. Momentos después, la voz de una de las madres contó hasta el número infame, seguida de los manifestantes y que terminó con “¡Justicia! ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.

Se hizo también un pase de lista de los normalistas faltantes, a lo que se pidió su presentación con vida, y un par de oradores dieron unos mensajes a la multitud. “Esta marcha no tiene un solo motivo” tronó la voz de un maestro, y otra de las madres de Ayotzinapa agradeció el apoyo recibido por los distintos movimientos a través de los años, antes de que la marcha continuara. Se dio el aviso que a partir de ahí, el canto de consignas estaba permitido. La porra que inició esta nueva etapa fue la clásica ¡Goya!

La marcha siguió por las calles Juárez, Eje Central y Cinco de Mayo al Zócalo. El ambiente que vieron pasar el Hemiciclo a Juárez y el Palacio de Bellas Artes tenía un contraste tan grande con el que recibió el anti monumento que bien podían parecer dos marchas distintas. No sólo la lluvia se detuvo, también la masa social se desbordó en consignas dispares, que a veces chocaban una con otra en el viento. En ellas, las exigencias de universidades públicas y gratuitas, la presentación con vida de desaparecidos e insultos a los porros y el actual rector de la Máxima Casa de Estudio, Enrique Graue Wiechers, acusado de relación directa – ya sea por acción u omisión de castigo – con los agresores del lunes tres, fueron comunes al grado de la omnipresencia.

Las manecillas en las piezas mecánicas y los números pintados eléctricamente en los relojes digitales dieron pasadas las siete. El animal llegó coreando sus miles de voces a la plancha del Zócalo, a la presencia del Palacio Nacional, callado, sombrío a pesar de las luces que delineaban las hileras de sus ventanas. A los pies del edificio, como en desafío a su silencio, estaba ya montado el templete, esperando sus oradores. La masa, hasta el momento un mil pies que se alargaba o se compactaba, pero siempre se mantenía unido en su caminar, se deshizo en sus diferentes segmentos para acercarse a la tarima y escuchar lo que tuviera que ser dicho en ese podio popular.

Los discursos sucedieron y se sucedieron, y con ellos, las posturas de los diferentes contingentes y organizaciones que nutrieron la expresión de inconformidad pública. Comenzó un representante del Comité 68, que con voz pausada, tocó el tema de los resultados de las elecciones presidenciales de julio y los relacionó con lo sucedido en la UNAM: “así como el PRI se acabó en estas elecciones, así se tienen que acabar los porros”. Ligó también la lucha estudiantil actual con lo sucedido hace 50 años, y ante aplausos de la juventud, afirmó que les honraba saludar a las nuevas generaciones que, como ellos, están “en pie de lucha”.

Los aplausos, como despidieron representantes, los saludaron. Después del representante del Comité, una señora, quien se identificó solamente como Lurdes, pasó a dar su testimonio de la situación de violencia en la UNAM. Aunque más que nada vivencial, su aportación incluyó datos duros, como que “tenemos más de 60 asesinatos documentados en la UNAM”. Las acusaciones contra Graue continuaron, pues la señora exclamó con rabia, que el rector no ha hecho más que “cerrarle las puertas”, invisibilizar estos casos y mantenerse de siquiera pronunciarse sobre los feminicidios cometidos dentro de la institución o contra miembros del cuerpo estudiantil.

Entre las participaciones también estuvieron representantes de los 43 normalistas, de los vecinos del Multifamiliar Tlalpan, dañado el 19 de septiembre y aún sin reparar (cosa que confronta directamente el discurso del gobierno de que las repercusiones del evento ya están “en el pasado”), y de los defensores de la tierra de San Salvador Atenco.

El vocero de los vecinos de Tlalpan, en su breve discurso, pidió a la multitud en la noche cada vez más cercana, que “no nos olviden. Muchas personas seguimos en la calle”, y añadió tajante: “no le crean al gobierno. La emergencia sigue”. Adelantó a su vez una marcha a realizarse en el primer aniversario del sismo, no sólo para visibilizar sus propias exigencias, sino en solidaridad con las de otros grupos, principalmente, los padres de los 43.

El mitin finalizó con el testimonio de los representantes de Atenco, comunidad expropiada de una parte de su terreno y reprimida en 2006 por el gobierno del Estado de México, dirigido entonces por el presidente saliente, Enrique Peña Nieto. “La única forma de luchar es escuchando a los otros”, fue el prefacio a su discurso, y en el mismo hablaron a una manifestación en su mayor parte íntegra aún, pero que comenzaba a notar una dispersión en los contingentes, sobre que el gobierno todavía en funciones quiere “ponerse de corona” el megaproyecto del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, en realización en el valle de Texcoco. Su petición fue sencilla para todos los presentes: “dile que no a la corona de Peña Nieto”.

Las arenas del tiempo corrieron a las ocho y media. El mitin fue dado por terminado, y con él, la manifestación. Los contingentes comenzaron a dispersarse con más rapidez, dirigiéndose a la Cinco de Mayo por la que habían entrado o a las otras calles que articulan el primer cuadro de la capital.

El jueves 13 de septiembre terminó con saldo blanco, e incluso con la ausencia de los habituales granaderos como vigías y límite de la marcha. De esto se encargaron solamente los policías de tránsito capitalinos.

El tiempo sigue. A este mes le faltan por llegar el 19, el 26, y al siguiente, el número 2. Las calles de la Ciudad de México tal vez les falta mucho todavía para poder descansar de tan harta inconformidad.

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