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Homenaje a Julio Astillero y el maltratado oficio del periodismo

Miroslava Breach, periodista que colaboraba con La Jornada y El Norte de Ciudad Juárez, fue acribillada la mañana del 23 de marzo. Ocho impactos de bala fueron suficientes para agotar la última migaja de una pluma que jamás dejó de denunciar.

En la misma fecha, pero horas más tarde y en la ciudad de Torreón, el famoso periodista y columnista Julio Hernández López, mejor conocido como Julio “Astillero”, fue condecorado con la presea John Reed por su trayectoria periodística.

El majestuoso Teatro Isauro Martínez fue elegido para hospedar el homenaje a una persona que se ha dedicado a escribir lo que sucede sin mentir, sin tergiversar, sin dañar, sin anteponer intereses personales o empresariales, sin manipular y, sobre todo, sin manifestar en ningún momento alguna posición que lo ostente como dueño absoluto de la verdad y de la pulcritud.

Las butacas se fueron llenando poco a poco. Decenas de niños, estudiantes, maestros, periodistas y ciudadanos arroparon a un lagunero que, por cosas de la vida, se marchó a los diez años para desarrollar gran parte de su trayectoria en San Luis Potosí.

De pronto, la carrasposa voz de Gabino Palomares comenzó a cimbrar al ostentoso escenario. Himnos que imploraban justicia y progreso fueron el canto de batalla del veterano luchador social. Así, sin avisar, lo que originalmente iba a ser una solemne ceremonia de premiación, se convirtió en un grito armónico y hasta nostálgico de cientos de almas hospedadas en la melancolía del recuerdo. Se le cantó a Dios, se le cantó al Che, se le cantó a la vida, se le cantó a la justicia, se le escupió a la corrupción, se le despreció a la desigualdad y se denostó todo aquello que tiene al país al borde de la inanición.

Todo era fiesta, emoción, alegría y orgullo por colgar en el cuello del homenajeado la presea que le recordaba que su trabajo y sus denuncias y sus noches en vela habían valido la pena.

Desde principios de la década de los cuarenta, se tiene registro de casi trescientos asesinatos a periodistas en este país. En México la libertad de expresión es mutilada a cuchilladas. En momentos las redacciones se han convertido en paseos fúnebres más que en nidos de información. El reclamo del gremio ha sido desquiciante, pero este mismo medio también se ha sobajado y sometido a intereses que se aferran al dinero como las cucarachas a la mugre.

El homenaje continuó y después de los protocolos de bienvenida y de un par de discursos, llegó el turno de Julio Astillero, quien con suma delicadeza jamás presumió su figura como periodista, sino al contrario, reflexionó acerca de la decadente y corrosiva realidad que viven los medios de  información.

La revista Forbes publicó un artículo en el que señaló que México es el séptimo lugar mundial en homicidios impunes a periodistas y el primero en Latinoamérica.

En 2016, Animal político presentó un texto en el que denunció la muerte de diez periodistas sólo de enero a septiembre de aquel año.

Julio Astillero es un ejemplo vivo y sólido de lo que significa tener una pluma poderosa. Recuerdo haberlo visto en un programa en Televisa junto con Carlos Marín y Adela Micha. Él, en una esquina, denunció y exigió justicia por los normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero. Marín, en el otro bando, insistió en defender al estado y en señalar a los normalistas como provocadores y anarquistas. Micha, en medio, sólo fungió como una especie de árbitro tendencioso que de vez en vez lanzaba mordidas irónicas hacia Astillero.

¿Por qué mi columna se llama Astillero? Se preguntó a sí mismo en el discurso Julio Hernández.

“Se debe a una novela del escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, hace veinte años me pareció que México era lo que se narraba en esa novela: una historia del autoengaño, la historia de un pueblo que fue próspero pero que fue entrando en declive […] jugaban a fingir que había una realidad, jugaban a fingir que había un país, hace veinte años me pareció que seguíamos jugando con la farsa de los partidos, de la democracia, de las promesas que los políticos hacen a sabiendas que no van a cumplir”.

Al final del homenaje, y después de que terminó una maratónica sesión de fotografías, Julio Astillero nos dio una  opinión acerca de la actualidad del periodismo.

«Es un problema estructural, los problemas del periodismo son los problemas de la sociedad. La corrupción y la descomposición del periodismo forman parte de la misma descomposición de la sociedad. Nada va a cambiar, yo digo que sólo un estremecimiento profundo de este México va a lograr que cambien las cosas.»

Las luces del teatro comenzaron a atenuarse hasta dejar en penumbras el escenario y, en medio de la prisa, Julio relató porqué decidió ser periodista.

«Desde chavo a mí siempre me gustó la onda del periodismo, creo que esencialmente por la posibilidad de conocer y transmitir. El ser reportero te permite conocer el fondo de las cosas, te permite meterte atrás de los teatros, entre el público, afuera del teatro, en los pasillos del poder, en las protestas. Siempre he tenido una preocupación social y política y éstas se expresaron a través de este camino y yo creo que la función de reportero y de periodista es noble, respetable pero ha sido muy dañada por todo este sistema.»

Así, entre aplausos y después de ver colgada su medalla, las fotografías, felicitaciones, entrevistas y saludos azotaron al columnista con ferocidad. El recuerdo de los periodistas caídos y de Miroslava Breach, la víctima más reciente, son un recordatorio de que el buen periodista está desprotegido, son una señal de que en este país se toma en cuenta sólo por dos cosas a los grandes profesionales de la información: por sus enormes logros y trayectorias y por la pólvora que con fiereza ha callado sus indómitas plumas.

«Mi propósito era y es ser congruente, no mentir, no decir cosas que no sean, no dejarme llevar por intereses económicos, grupales, partidistas, ambiciones. Yo escribo lo que creo y como lo creo.» Finalizó Astillero.

 

 

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