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Lo cotidiano

Jesucristo malinterpretado afuera de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México

Un grupo de hombres sin pena se disuelven en sus prófugos versículos, en sus pasajes y en sus capítulos del libro más famoso del mundo que no es Harry Potter ni Game of Thrones: La Biblia. Lo hacen frente a la Catedral hermosa que es vecina del zócalo y del palacio nacional, llevan su micrófono, su libro en mano y un montón de blasfemias que contradicen todo lo que Jesus de Nazaret y de Belén vino a decir hace unos dos mil y tantos años.

Me llamó la atención que escuché el nombre más sonado de septiembre, Juan Gabriel, cuando agudicé bien el oído escuché las palabras infierno, maricón y pecado e imperdonable; decían que uno de los cantantes mexicanos con más discos pirata vendidos ya se encontraba ardiendo y sufriendo en las llamas del infierno católico. Abrí los ojos como planetas y las fosas nasales como aros de cebolla, he visto muchas cosas en la siempre increíble Ciudad de México, pero no pensé en viajar en el tiempo a esos griteríos anticuados e inaceptables donde se condenaba a la gente de brujas y de hechiceros.

Éstos señores fueron y se implantaron afuera de una de las atracciones más famosas de nuestro país, pusieron un micrófono, un amplificador y dijeron barbaridad y media sobre Dios y sobre Jesucristo porque ponían en sus bocas que ellos dijeron por medio de las sagradas escrituras que la diversidad sexual es el pecado más pecado de éste milenio. Por eso un montón de defensores saltaban de entre la gran multitud para desacreditar sus maldecires.

No obstante, los blasfemos se defendían aventando parafraseos del libro sagrado y bien montoneros, porque eran como cinco o seis, quebraban a los que querían defender las buenas costumbres y la decencia, finalmente esos se iban porque no querían seguir discutiendo con tercos y se alejaban. Por supuesto que aquellos, con su micrófono, aseguraban haber ganado el diálogo y condenaban a aquellos como herejes que estaban poseídos por demonios del diablo.

Obviamente, me acerqué decidido con uno de los fanáticos y le pedí que si podía platicar sólo con él, me dijo que sí. Conocí su pasado de inyecciones de heroína, de desahucio, de bandalismo, de odio de a la vida, de falta de dinero y de años en el viaje neuroquímico de los estupefacientes. Entendí que su adicción por la religión, su vicio y su fanatismo hacia las escrituras eran una respuesta que dio salida a lo horrible dentro de él mismo: ¿Salvación o religión?, me pregunté yo mismo aunque el folletito era de ellos. Creo que la respuesta es «Salvación», su creencia los ha salvado de una vida sin sol y sin nubes ni arcoiris y creo que por eso se dedican a llenar las calles de la Ciudad de México con los versículos más peyorativos del libro más leído en toda la historia.

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