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La inquebrantable unión del estudiante

Cincuenta años de conflicto recurrente no resultan ser suficientes para callar y separar a la comunidad estudiantil y recientemente, la fuerza del discurso y apoyo anti-violencia es más implacable.

El pasado lunes 3 de septiembre la Universidad Nacional Autónoma de México sufrió otro de los muchos ataques violentos en contra de la libre expresión de sus alumnos. En este caso, alumnos y padres de familia del CCH Azcapotzalco se manifestaron en la explanada de Rectoría en contra del mal manejo del presupuesto y la insuficiencia del personal docente. Dicho esto, durante la manifestación un grupo de choque, coloquialmente conocido como “porros”, atacaron con palos, piedras y bombas molotov al contingente de Azcapotzalco; golpes y navajazos también contribuyeron al repliegue y pronta disolución del grupo manifestante, causando al mismo tiempo heridas graves a algunos estudiantes.

Este evento denota otro ejemplo claro de la represión de los grupos de choque, la violencia y la aplicación del derecho a huelga por inconformidad. Está claro también cómo un sector grande de la comunidad de la UNAM culpa a Rectoría por la mayoría de los ataques a su libre albedrío desde 1968. Incluso, resultan aún más preocupantes las imágenes de Teófilo Licona, también conocido como “El Cobra”, coordinador de Auxilio de la UNAM y jefe de seguridad dentro del campus, sosteniendo diálogo con los “porros” previo al ataque sobre el contingente de Azcapotzalco.

Sobre esta misma idea, hablé con una estudiante de Biología de primer semestre y reveló que “las autoridades no representan ningún tipo de seguridad o inspiran confianza dentro del campus”. Es alarmante que un alumno de primer semestre se sienta tan poco confiado de la seguridad dentro del campus; incluso más si tomamos en cuenta que llevamos un mes en clases.

Sin embargo, este capítulo no continúa tan amargo como inició: el 5 de septiembre, las facultades, preparatorias, CCH e incluso las FES convocaron a un paro total de estudios en la comunidad y a una súper marcha en la explanada de Rectoría. Perteneciendo a una escuela de periodismo, mi comunidad se organizó de igual manera para cubrir la marcha en Ciudad Universitaria y demostrar nuestro apoyo a la Universidad como ellos lo hicieron recibiéndonos durante los eventos del 19 de septiembre del año pasado.

La marcha no sólo se trataba de hacer ruido, y aunque los estudiantes utilizaron cualquier método para ser escuchados por la autoridades, el discurso simbólico de la marcha trascendía a una queja por todos estos años de conflicto entre las autoridades y alumnos.

Desde porras en contra de los porros hasta “goyas”, los estudiantes condenaron la violencia dentro de los planteles de la UNAM y aprovecharon para incluir quejas de pasados eventos como la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el narcomenudeo dentro de C.U., etcétera.

Durante el recorrido por el circuito escolar me encontré perdido entre los cientos de contingentes de prepas, facultades, feministas separatistas, estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana y del Instituto Politécnico Nacional. Ver a los estudiantes unidos por una causa en común mientras apoyaban lo suyo me llenó de orgullo, incluso tomando en cuenta que yo no pertenezco a la comunidad de la UNAM; es motivante saber que la juventud de México se une al grito de ayuda, de donde sea, para quienes los necesiten, cuando sea. Incluso los vecinos se sumaban con “goyas” desde sus casas, mostrando apoyo por los estudiantes y demostrando de nuevo cómo la unidad del pueblo mexicano es aún más fuerte cuando se necesita ayuda.

La lección final de la marcha es una de esperanza, de voces unidas en contra de la opresión, del legado de los movimientos estudiantiles de años pasados; en fin, una lección simbólica de unión para el resto del país, para el resto del mundo, quizá. Fuimos 30 mil estudiantes a favor de la misma causa, en contra de la violencia y apoyándonos todos incluso cuando la situación se vio amargada por encapuchados anarquistas tapando la avenida Insurgentes y la amenaza de un nuevo ataque porril. Finalmente, la lección por aprender es que ni 50 ni 100 años serán suficientes para oprimir los colores de las banderas de los estudiantes ni el barullo de nuestras voces unidas; que no hay que olvidar el peso de nuestras voluntades y así mismo, la importancia de hacer respetar nuestros propios derechos. Como dije, 50 años de conflicto constante no han tenido peso en nuestra raza, que por ella, hoy y siempre, hablará nuestro espíritu inquebrantable.

 

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