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La marcha de la emergencia

«No es justo que nos dejemos, porque si me violaron a mí, que soy una agüela, ¡nos violaron a todas las mujeres de México!”

«Buenas tardes, compañeras. Soy una agüelita de 71 años», se presentó la voz añeja de Elsa María que pronto se resquebrajó cuando soltó las palabras: «se metieron a mi casa dos hombres y me violaron. No es justo que las autoridades me hicieran pasar toda la noche en la delegación haciendo retratos hablados y todo, y me hicieron pedacitos mis papeles».

«No es justo que nos dejemos, porque si me violaron a mí, que soy una agüela, ¡nos violaron a todas las mujeres de México!”

Inmediatamente después de esas palabras, alrededor de 5,000 personas presentes en el Zócalo de la Ciudad de México, bajo el sol de las 5:30 de la tarde, corearon: «¡No estás sola, no estás sola!».

«¡Gracias, las quiero!», respondió Elsa María a las voces de apoyo, las pancartas y las banderas ondeantes de colores morado y rosa.

Y el 2 de febrero de 2019 continuó el mitin en contra de la violencia hacia la mujer.

El 2019 empezó con noticias duras para las mujeres de México.

A pesar de ésta y otras medidas, como la Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres (AVGM), la situación ha cambiado poco para las mujeres del país.

En el primero de los doce meses del año, se han contado 133 casos de feminicidio y, más alarmante aún, en redes sociales se han denunciado secuestros en el Sistema Colectivo Metro de la capital, especialmente en las estaciones Mixcoac y Coyoacán.

El método de los secuestradores es que uno de ellos intercepte a la mujer cuestión en el metro y pretenda ser su pareja, consiguiendo la no intervención de las personas cercanas y facilitando la extracción de la secuestrada.

A través de la compilación de los testimonios, voluntarias realizaron un mapa para ubicar las zonas de riesgo frente a esta problemática. Según el diario El País, juntaron 104 casos y los testimonios continúan aflorando en el océano de las redes.

En México, la injusticia y situaciones de abuso contra la mujer no son un asunto nuevo, y sólo consigue hacerse más desesperado. Desde 2015 hasta el 2018, según Animal Político, los feminicidios han aumentado 104%, pasando de 422 casos a 861, cifras que han sido cuestionadas por lo reciente de la tipificación del delito (algunos estados no lo tenían antes de 2014), y la gradualidad de su aplicación.

A pesar de ésta y otras medidas, como la Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres (AVGM), la situación ha cambiado poco para las mujeres del país.

De acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), de enero a octubre del 2018, seis estados de la república: Veracruz, Nuevo León, Sinaloa y Guerrero (todos con AVGM), junto con Chihuahua y Jalisco (sin alerta declarada), acumularon el 40% de los feminicidios en el país, con 188 casos de los 469 contabilizados hasta ese momento.

Esta medición omitió al estado y a la Ciudad de México.

Las personas y colectivos, mujeres en su mayoría, aprovechaban cada momento antes de partir para terminar de escribir las pancartas, pintarse consignas y espejos de venus en la piel y amarrarse paliacates morados al cuello o las muñecas.

Por otro lado, el estado de Coahuila, según reportó Vanguardia.mx, contabilizó 43 feminicidios desde 2015 hasta el 2018; además, las llamadas a las autoridades por violencia con características de género alcanzaron el año pasado las 41 mil 861, y en la ciudad de Torreón, 2 mil 82 mujeres pidieron protección ese mismo año, de las cuales se atendieron entre 280 y 300, según dijo a Milenio Martha Rodríguez, entonces directora del Centro de la Justicia de la Mujer en Torreón.

La problemática es trágica y polifacética: desde la violación y privación de la vida de Giselle Garrido, de 11 años, el 19 de enero de 2019 en Chimalhuacán, Estado de México, hasta los feminicidios en Ciudad Juárez, Chihuahua, desde al menos 1993.

Y la emergencia llevó a que el sábado 2 de febrero, el Monumento a la Madre, cerca del Senado de la República, se viera como el punto de origen de una nueva marcha contra esta situación de violencia y desamparo.

A las tres de la tarde, durante media hora, la plaza frente al Monumento a la Madre –inaugurado el 10 de mayo de 1949, dañado durante el sismo del 19 de septiembre de 2017 y reinaugurado el 21 de noviembre del 2018– se había ido llenando poco a poco de los futuros marchantes.

Las personas y colectivos, mujeres en su mayoría, aprovechaban cada momento antes de partir para terminar de escribir las pancartas, pintarse consignas y espejos de venus en la piel y amarrarse paliacates morados al cuello o las muñecas.

Algunas organizaciones, como Rosas Rojas, también usaban el tiempo para otorgar mensajes a la multitud, usando las gradas al otro lado de la plaza como escenario. Entre el público de este improvisado ante-mitin, destacaba una niña de alrededor de 10 años que, sentada sobre los hombros de un adulto, levantaba un dibujo de su autoría con un mensaje: ni una menos.

Lo que más destacó de esa marcha fue que, a pesar de sus grandes números (más de 15,000, al menos), ningún medio de la capital cubrió la noticia.

Las tres y media. Los colectivos comenzaron a enfilarse para salir de la plaza. Destino: cuál otro, si no el Zócalo. Las primeras organizaciones en tocar el Paseo de la Reforma, a la altura del Monumento a Cuauhtémoc, delimitadas por un cordón perimetral, fueron las llamadas “separatistas”: feministas que impiden la entrada de hombres a sus contingentes para evitar que “busquen el protagonismo” en su lucha.

En un lado de la plaza, una carpa servía de módulo para hablar del veganismo, la filosofía de evitar cualquier objeto de consumo que involucre productos de origen animal, ya sea en alimento, vestido o producto que haya sido probado primero en animales. Algunos colectivos demostraron su añadidura a esta filosofía al gritar: “¡Ni mujeres ni animales, son objetos patriarcales!”

Le siguieron en su entada a Reformas contingentes más heterogéneos en composición, pues algunas marchantes iban de la mano de su pareja, e incluso, su familia.

Así, una serpiente de colores morados, rosas y verdes –este último recuerda las manifestaciones del año pasado en Argentina en favor del aborto–, comenzó su trayecto al corazón del país, a la cabeza una gran pancarta en papel canela que decía: En contra de los feminicidios y secuestros de mujeres, seguridad y justicia! [sic].

Inmediatamente, sus voces se hicieron sentir. Consignas como «hay que abortar a este sistema patriarcal» y «¡alerta! ¡Alerta al que camina! ¡La lucha feminista por América Latina!» rebotaron en las paredes de hoteles, edificios de oficinas y centros comerciales ubicados en la vital avenida de la Ciudad de México, que tan sólo dos días antes había visto otra marcha, esta vez de sindicatos como el Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM), con igual dirección al Zócalo.

Lo que más destacó de esa marcha fue que, a pesar de sus grandes números (más de 15,000, al menos), ningún medio de la capital cubrió la noticia.

La situación fue muy diferente para las y los marchantes el 2 de febrero, que habían pasado de numerar unos 2,000 al salir del Monumento a la Madre a 5,000 en Paseo de la Reforma, conforme los contingentes llegaban y tomaban su lugar. Las cámaras tronaban mientras tomaban fotos o grababan video, y los reporteros constantemente se acercaban a la serpiente morada, buscando entrevistar a alguna de sus escamas.

Un par de señoras marchaban con chalecos blancos con unas letras en azul: CNDH. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Aún sin pancartas, varios de los colectivos y marchantes no afiliados hicieron suyos los reclamos al Senado de la República, que por esas mismas fechas rechazó tomar el feminicidio como un delito grave.

En congruencia con los recientes casos de secuestro en el metro, la recurrente consigna de «¡ni una más! ¡Ni una más! ¡Ni una asesinada más!» se cambió con la palabra «secuestrada».

Aunque la versión clásica también se dejó escuchar en cientos de gargantas.

Mientras tanto, las secciones se desunían y volvían a unir. Los contingentes de distintas organizaciones, como Libres y Combativas, Movimiento al Socialismo-Mujeres y el Movimiento de Trabajadores Socialistas (MTS), se identificaban por la primera manta que cargaban sus miembros, con sus respectivas peticiones.

El MTS, por ejemplo, de cuestionable afiliación marxista, pidió la unidad con Tamaulipas y Michoacán, en referencia a las huelgas en las maquiladoras de Matamoros y la lucha de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).

Aún sin pancartas, varios de los colectivos y marchantes no afiliados hicieron suyos los reclamos al Senado de la República, que por esas mismas fechas rechazó tomar el feminicidio como un delito grave; y a la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, por descartar en primera instancia los secuestros en el metro como “rumores” y después implementar de emergencia un plan basado sólo en cuestiones punibles.

También se recordaron casos emblemáticos de la violencia contra la mujer, como los feminicidios en Ciudad Juárez y Veracruz, donde la diputada local por Morena, y miembro de la Comisión para la Igualdad de Género en el congreso del estado, Ana Miriam Ferráez Centeno, ofreció como mejor solución un “toque de queda” para las mujeres a partir de las diez de la noche, como compartió Red es Poder.

Eso por mencionar un caso. Del mismo Veracruz también se rescataron las declaraciones del titular de la Secretaría de Seguridad Pública del estado, Jaime Téllez Marié, quien culpó a las mujeres de los feminicidios al argumentar que “Lamentablemente cada día más mujeres se ponen en riesgo con las actividades que realizan”, como también compartió Red es Poder. 

«Nosotras no somos Ayotzinapa, para ustedes sólo somos un número, ni una menos».

El estruendo de voces mayoritariamente femeninas ensordecía a los transeúntes. Tal vez por eso ensordeció aún más el silencio y posterior conteo que se realizó al lado del anti-monumento dedicado a los 43, donde la marcha hizo una breve parada.

La actitud de solidaridad contrastó con la de anteriores años, pues durante las jornadas de protesta #VivasNosQueremos, en abril de 2016, un grupo de feministas rayó enfrente del anti-monumento la leyenda: «nosotras no somos Ayotzinapa, para ustedes sólo somos un número, ni una menos».

Después, la marcha entró desbordándose de consignas a la avenida Juárez. Las reacciones de los transeúntes fueron desde la contemplación hasta el regalo de flores a las marchantes, que a su vez respondían con retumbar de tambores e incluso un grupo de curanderas que repartía el humo de sus inciensos por el aire. Un par de marchantes hicieron pintas en paredes descuidadas.

En la entrada de la avenida, justo en frente de las puertas del abandonado edificio que antes fue la Contraloría General del D.F. sobre Situación Patrimonial, un grupo de indigentes levantó un altar devocional a nada menos que a la Santa Muerte. Misma que ahora posaba para los ojos de la marcha, periodistas y otros curiosos.

A la altura de la estatua ecuestre de Francisco I. Madero, develada durante los festejos del centenario de la Revolución Mexicana, un señor de unos 60 años, traje amarillo apagado, mochila roja en la espalda y bastón en su mano izquierda, musitó mientras iba en dirección al Hemiciclo a Juárez, tan bajo que sólo los más cercanos escucharon: «con una madriza, y se calman».

La serpiente morada dio vuelta en Eje Central y nuevamente en la Cinco de Mayo. Después de una espera de unos tres minutos al lado del Banco de México para que se reunieran colectivos rezagados, las ancestrales calles del Centro Histórico continuaron recibiendo los gritos de hartazgo de las manifestantes.

Poco después de entrar en la avenida, en el cruce con la calle de Bolívar, dos camiones militares se vieron impedidos de avanzar por el paso de la marcha. En algunos rostros se alcanzaron a perfilar sonrisas que sonaron a ironía.

Al final del pasillo, la Catedral Metropolitana se acercaba más y más. En la esquina de la Primera Cerrada de la Cinco de Mayo, donde está el café El Popular, un grupo de tres hombres entretenían a los transeúntes tocando un conjunto de teclado, contrabajo y batería.

Poco después de aquella banda, la Catedral resplandeció con toda su historia y el brillo de las 5 de la tarde. La marcha llegó al Zócalo. Después de esperar una vez más a que retomaran el paso algunos contingentes, la serpiente entró en el Primer Cuadro de la ciudad con sus escamas nuevamente en silencio y con los puños levantados. Una señal de respeto y luto por las compañeras caídas.

El Zócalo estaba cerrado en su parte central con vallas, pero eso no impidió que buena parte de la marcha abriera las vayas una vez para entrar al cuadrado y volviera a abrir las vallas para salir a la parte oriente, al frente del Palacio Nacional, donde ya esperaba el templete para las declaraciones.

Después de que las dos presentadoras leyeran en conjunto el pronunciamiento en el que denunciaban la creciente situación de violencia hacia la mujer en la Ciudad de México y municipios como Ecatepec, Chimalhuacán y Ciudad Nezahualcóyotl, y dieran la cifra que en México se pasó de siete a nueve feminicidios diarios y dijeran que las medidas que anunció Claudia Sheinbaum son insuficientes pues se centran sólo en cuestiones punitivas, pidieron, entre otras cosas, que se llevara a cabo una línea de investigación sobre la operación de las bandas de secuestradores y que se aplicaran medidas para su desmantelamiento, y que organizaciones políticas, de defensa de derechos humanos y colectivos pertenecientes al movimiento feminista formaran parte del debate e implementación de un plan integral contra la emergencia que había llevado a esta marcha.

Al pronunciamiento siguieron los testimonios. Víctimas de violación, de intento de secuestro, familiares de desaparecidas y asesinadas poblaron el templete para contar una a una su historia. La de Elsa María fue sólo una de las tragedias dibujadas al público esa tarde.

Una tía de Giselle Garrido subió al templete y pidió la pena máxima para el asesino de su sobrina, “porque si ese desgraciado sale, va a hacer lo mismo con otras mujeres.” También acusó al presidente municipal, Jesús Tolentino Román Bojórquez, de intimidar a su familia repartiendo unos folletos – que ella blandió en su mano derecha – acusándolos de “chismosos” y que “no hicieron nada” por su sobrina, mientras que el municipio “lo hizo todo”.

La marcha terminó con llamados a un paro internacional de mujeres el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer –celebración que se originó en un contexto de la lucha obrera en 1908, en Lower East Side de Manhattan, Nueva York, con una marcha de obreras textiles–.

Los discursos tuvieron la doble característica de acusar a las autoridades de negligencia, omisión e incluso colusión con esta situación de emergencia, y a la vez de petición a esas mismas autoridades por un mejor esfuerzo en que la justicia llegue a las vidas sesgadas y las familias heridas.

Otras oradoras hablaron en términos más globales, como la madre de Vianey, quien acompañada del hijo más chico que su hija ya no podrá ver crecer, “Fer”, dijo: “sabemos que esto no lo va a cambiar un gobierno, una persona, esto es de todos.”

Se mencionaron otros casos como el de Guadalupe Campanur, activista de Cherán asesinada en enero del año pasado, al que se atribuyó el móvil de crimen pasional, a lo que la presentadora leyó una declaración que el feminicidio “siempre es político.”

Conforme los testimonios sucedían, las historias conmovieron a los asistentes. Algunos manifestantes, más que nada las mujeres, dejaron ir alguna que otra lágrima ante las experiencias de las compañeras, y usualmente acompañaron el final de cada testimonio con el coro “¡no estás sola!”

El movimiento feminista, precedido por autoras como Mary Wollstonecraft, desarrollado por personajes como Simone De Beauvoir, y continuado por autoras como Selma James, entiende a la sociedad como una división entre hombres y mujeres, alejándose de la perspectiva de las clases sociales. Por esto, cuando Lilia Florencio, cuya hija fue asesinada en 2017, habló de un “acuerdo patriarcal” entre todos los hombres para cubrirse entre ellos y cometer violencia contra la mujer con impunidad – incluyendo los hombres presentes en la marcha –, la afirmación fue recibida con poca sorpresa e incluso con apoyo de algunos de los contingentes más cercanos al templete, mientras el Zócalo poco a poco se vaciaba.

Cuando llegó el tiempo de las declaraciones de organizaciones, otras oradoras, como queriendo corregir esta acusación a los hombres que lanzó la madre arrebatada de su hija, hablaron de que la lucha feminista lucha tanto por los hombres como por las mujeres. “El feminismo revolucionario no es una lucha entre hombres y mujeres”, dijo una representante del colectivo Libres y Combativas, quien contó que la violaron al abordar un taxi pero que “no me quitaron la dignidad”.

“Hombres, esta no es una lucha contra ustedes. Ustedes son los responsables de la paz, dejen de trabajar por la guerra”, afirmó la representante de la organización Tonantzin, Tierra para Todos A.C. Para este punto, sólo quedaban alrededor de 500 personas en el Primer Cuadro de la capital, una décima parte de las que conformaron la serpiente morada que llegó a las cinco de la tarde.

A las seis y media, ya todo lo que pudo decirse se dijo. La marcha terminó con llamados a un paro internacional de mujeres el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer –celebración que se originó en un contexto de la lucha obrera en 1908, en Lower East Side de Manhattan, Nueva York, con una marcha de obreras textiles–. El templete se desmontó, y los marchantes que quedaban se perdieron en la tarde agonizante.

Había terminado la lucha por ese día. Había terminado la marcha convocada en medio de la emergencia.

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