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Lo cotidiano

Mega marcha: el principio de la unión ciudadana

“No somos de izquierda ni de derecha, somos los de abajo y vamos por los de arriba”

Manifestación popular

Todo parecía que iba a quedar en una desnutrida y fallida marcha de 500 o 600 personas. La Plaza de Armas, a las diez de la mañana, no relucía el malestar que, por redes sociales, se había manifestado durante los últimos quince días. De pronto, como buena costumbre lagunera, cientos de almas cargadas de enojo, preocupación e indignación arribaron, en su mayoría, con playeras y camisas blancas. La hilera de marchantes se extendía por todo el edificio Arocena hasta rozar la plaza de la tecnología. Los organizadores esperaban al menos mil personas y, al iniciar el recorrido, el número ya estaba cumplido.

¿Los motivos de la marcha? El gasolinazo, la corrupción, la impunidad, la mega deuda. Al final, éstos fueron lo menos importante. La unión, la participación y la organización de alrededor de cinco mil personas fueron la muestra de que el pueblo puede empoderarse, puede paralizar las calles y exigir la rendición de cuentas a las autoridades que, a través del tiempo, han mermado el espíritu ciudadano en los habitantes de la región.

“Teleférico no, drenaje sí,” fue una de las frases más aclamadas durante el recorrido que se realizó por la avenida Juárez hasta la calle Ramón Corona para así, arribar a la Plaza Mayor. El quemante sol de un invierno alejado de toda frialdad arropó los cientos de pasos atestadas de desagrado ante lo que aseguraron como “un gobierno inepto y de malas decisiones”.

Nunca se había registrado una marcha de estas dimensiones en tiempos recientes. El 5 de febrero, centenario de la Constitución que, por cierto, ha sufrido más de 700 reformas, fue un día histórico para la región; se reunieron familias adineradas, catedráticos, empresarios, trabajadores, periodistas y gente humilde. Todos, sin un partido de por medio y, con el penetrante rayo solar a cuestas, decidieron comprometerse con su región, con sus calles, con su presente, con su pasado y con su futuro.

“No a la corrupción, alto a la impunidad y rendición de cuentas” fueron las peticiones que venían impresas en lonas y cartelones dentro de la marcha. Mujeres, niños, hombres, jóvenes y ancianos sonreían y volteaban a verse como si supieran que estaban haciendo algo comunitario, algo que unía y fortalecía a una sociedad resquebrajada por la indiferencia.

De pronto, los quinientos que llegaron puntuales se multiplicaron y la mancha blanca era casi de cinco mil almas. Esta cifra, si se comparara con cualquier manifestación en una ciudad grande del país, sería mínima e insignificante, pero en La Laguna la gente no acostumbra salir a la calle; quizá por trabajo o por tiempo o por desidia o incluso por indiferencia pero ayer, Torreón y la Comarca despertaron de una letanía que los estaba sumiendo en el desamparo.

A través del recorrido, banderas mexicanas adheridas en la mano de muchos manifestantes ondeaban y brillaban en las alturas de la Juárez. Carteles que gritaban con una tinta gruesa y penetrante “Unidos por México”, fueron una señal de que el gigante había despertado, de que el pueblo ya no quiere más abusos y rechaza cualquier tipo de negligencia.

“Aquí hay pura gente que se cree intelectual, no les crean, nada es verdad.” Afirmó una persona que acudió a la marcha para denostarla.

La represión fue inexistente, el gobierno y los alborotadores estuvieron ausentes y sólo recibieron un duro golpe de realidad.

“Lagunero defender a México. Seguir adelante. No parar. Estamos hartos de gobiernos corruptos y descarados. ¡Fuera!». Decía una de las pancartas de las miles que guiaron la marcha.

El monolítico reloj que vela y vigila a la vetusta y entrañable Plaza de Armas detonó lo que fue un movimiento apartidista y ciudadano que volcó a la población hacia el inicio de otro estilo de vida. Asociaciones civiles de distintas afinidades políticas unieron fuerzas y alentaron a que esto se llevara a cabo. El centro de Torreón revivió y retomó su naturaleza. Las autoridades presumieron su ausencia pero los cantos de rechazo de los manifestantes los trasladaron hasta el núcleo del lugar, en donde la libertad y la fortaleza del pueblo hicieron erupción y comenzaron a construir lo que podría ser un movimiento que presione y destruya la cofradía de malos manejos, corrupción, ilegalidad e ineficacia de los servidores públicos en el país.

La marcha terminó en la Plaza Mayor, la plancha y la plazuela Juárez se tapizaron de blanco. La gente pasó a dar unas palabras de aliento para seguir empoderando al pueblo y para organizarlo y para asegurarle que todo puede cambiar si existe unión y deseo de progreso.

La gente, después de un tiempo, comenzó a partir y a vaciar las calles de un domingo que, además, conmemoró el centenario de una Constitución repleta de cicatrices.

El mensaje fue claro, lo que pidió la gente, en su gran mayoría, presumió una profundidad tan contundente, que fue representada sólo con una frase impresa en una manta:

“¡Fuera! Todos los corruptos son el gran mal de todo gobierno, ladrones.”

 

 

 

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