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Lo cotidiano

Odia a tu prójimo como a ti mismo

La corrosiva marea de intolerancia y odio se ha impregnado y adherido a la piel de las iglesias, quienes en lugar de promover el amor entre todos, han lanzado un mensaje fascista y despreciativo contra la comunidad homosexual.

Ayer, en punto de las once de la noche, el presidente Enrique Peña Nieto lanzó el tradicional grito en conmemoración del inicio de la batalla por la independencia. Utilizó el mismo guion de toda la vida, atiborró el zócalo de mexiquenses acarreados para evitar la monumental y homogénea petición solicitando su renuncia. ¿A qué viene esta situación con el rechazo a la comunidad homosexual por medio de la iglesia?

El desinterés que ha mostrado el gobierno por no meterse con la iglesia ha sido desconcertante, vivimos en un estado laico y la injerencia de la iglesia en la vida política del país no debería ser tan relevante.

El Cardenal Norberto Rivera, en un sermón hace unos días, mencionó que el ano en los hombres sólo sirve para expulsar y para desechar, no para ser penetrado y utilizado para el placer sexual. Afirmó que, el sexo anal, es el que promueve las enfermedades de transmisión sexual como el VIH, la gonorrea, sífilis, herpes, entre otras.

Que la iglesia se afane y puntualice en su mensaje temas de discriminación, que promueven la ignorancia y la segregación es una incongruencia absoluta; la iglesia debe estar para unir, para aceptar sin fijarse en condiciones sociales, éticas, sexuales o morales.

El trabajo de una iglesia, de cualquier religión que ésta sea, no es sólo congregar a muchas personas, introducirle a Dios en su corazón y vivir de las ofrendas y diezmos que éstos, apasionados y entregados, dan. El trabajo debe ir más allá promoviendo la educación, labores sociales, ayuda humanitaria e, incluso, divulgar un mensaje que ayude a unir y a generar mentalidades incluyentes, adelantadas y respetuosas para con los demás.

Red es Poder se ha encargado en los últimos días de señalar  y criticar a la discriminación. Ni los homosexuales, ni los discapacitados, ni las mujeres, ni los indígenas ni nadie puede ser víctima del desdén y del escupitajo grasiento, espeso y atiborrado de vituperios y señalamientos sin sustento.

La iglesia católica en nuestro país, que posee una influencia peligrosa en muchos de los mexicanos, debe dedicarse a trabajar por la gente, no a excluir y a señalar a quienes ellos creen que están mal y que van por el camino que desemboca directo en el infierno.

Cristianos, judíos, musulmanes, budistas, católicos, mormones, testigos de Jehová, ateos, hinduistas y todos aquellos que creen y no creen, deben respetar a las comunidades que practican diferentes costumbres y modos de vida.

Señalemos a los pederastas, a los violadores, a los corruptos, a todos aquellos que hacen un daño tangible al tejido social. Mientras haya más conciencia y más reflexión y propuesta acerca de lo que sucede en nuestro país, México tenderá a crecer y, quizás, convertirse en el monstruo que todos creímos que podía ser.

En el grito, como en la iglesia, la gente se congregó para un festejo. Acarreados o no, fingieron o demostraron el amor por un país, por su historia y por sus caídos. ¿México y la iglesia tienen muchas similitudes? La respuesta es clara, sus procedimientos para convocar multitudes son similares y su desatención hacia los problemas realmente importantes es nula.

Luchemos por un estado realmente laico, luchemos por un país que incluya y no segregue y, sobre todo, luchemos porque nosotros, los mexicanos, juzguemos menos y actuemos más con el fin de mejorar a un país hundido en la ignorancia y el atraso.

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