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Lo cotidiano

Periodistas en abandono

De pronto, y con una terrible dureza, como si se tratara de una roca puntiaguda masacrando la sien de un lector, México se ha convertido en el país más peligroso para ejercer el periodismo en el continente y tercero a nivel mundial, sólo por detrás de Siria y Afganistán.

Retomando información de diversos medios, se tiene un historial de que en este país han asesinado y desaparecido a cuatrocientos periodistas. En octubre de 2016, se registró una agresión por cada 29.1 horas.  De enero a septiembre del año pasado, Artículo 19 documentó 222 agresiones a periodistas, de las cuales tres fueron asesinatos.

Según Artículo 19, organización que se dedica a proteger a activistas en derechos humanos y periodistas, en 2016 se detectaron doce agresiones contra la prensa en Coahuila.

En 2009, fue asesinado el reportero de La Opinión Milenio, Eliseo Barrón. El gremio periodístico de la región lagunera mostró mucha tristeza y una tremenda indignación, pero el miedo y la situación violenta que se vivía en aquel entonces apagaron cualquier atisbo de protesta y lucha por su seguridad.

Como ya se ha publicado en redes sociales, Jorge Saucedo, mejor conocido como Jorge Informa, miembro y uno de los fundadores de Red es Poder, sufrió el allanamiento de su hogar el pasado 26 de marzo. ¿Las razones? Al principio se pensó en que sólo había sido un intento frustrado de robo, pero horas después en nuestro portal apareció un comentario en el que se adjudicaron el acto y, en tono amenazante, advirtieron que se podían venir más hostigamientos hacia los demás miembros del medio.

¿Qué tiene que pasar para que el gremio periodístico de la región se una para combatir estos ataques cobardes? ¿Es necesario que muera alguien como Miroslava Breach o como Manuel Buendía o como Héctor Félix Miranda o como el mismo Eliseo Barrón para unirse y fortalecer la imagen y el trabajo de los periodistas?

La violencia hacia el periodismo tiene dos responsables: el primero, el poderoso o el investigado en algún reportaje quien, con toda impunidad, puede ejecutar o amenazar la vida del reportero y, segundo, los mismos medios, quienes a base de convenios publicitarios han mermado y resquebrajado la naturaleza y el valor de la libertad de expresión, desplazándola a cambio de jugosos contratos que solventan su ejercicio periodístico o, mejor dicho, su responsabilidad como voceros oficiales.

Veo diariamente a compañeros reporteros arriesgando su vida, dando la cara, revelando información a veces bajo el anonimato o escondidos tras las penumbras de una redacción. Por otro lado, veo a conductores de noticieros bien vestidos, con un peinado perfecto y leyendo detenidamente cada una de las actividades de las autoridades. ¿Cuál es la diferencia? Que quien sale a cuadro se lleva todo el aplauso, todo el reconocimiento y todo el respeto, mientras que el reportero se ensucia, lo presionan, le piden cuota de notas, lo exhiben, lo mal pagan y, para terminar, no lo protegen.

¿Es justa la vida profesional del periodista? ¿Es digno el trato que le dan? No, no y no. En la región las condiciones en las se que ejerce el oficio son raquíticas. El pago, sus prestaciones, su crecimiento profesional y el reconocimiento por su trabajo son nulos o casi nulos.

La utopía en este caso sería pensar que los medios locales se unieran, que compartieran información, que se preocuparan más por quienes lo consumen y no por quienes se anuncian en sus espacios. Lo ideal sería que la publicidad no influyera en la pluma, lo ideal sería que cualquier reportero, por más desconocido que éste sea, pueda ser apoyado por sus colegas en casos de amenaza o peligro.

¿Qué pasaría si los medios sacaran información importante en conjunto? Las amenazas disminuirían, los involucrados en la investigación tendrían que voltear hacia todos lados para advertir y amedrentar a algún periodista, no sabrían qué hacer.

Recuerdo a ilustres periodistas mexicanos como Julio Scherer García, quien, siendo director del Excélsior (el verdadero Excélsior) sufrió un golpe de estado que posteriormente generó el nacimiento de Proceso. Elena Poniatowska quien, con total maestría, logró documentar el atentado más cruel que se ha logrado registrar en la segunda mitad del siglo XX; la matanza del 68. Carlos Monsiváis, quien siempre mostró un hambre por conocer, por develar y por criticar con tremebunda acidez todo lo que veía a su alrededor. Lydia Cacho, quien fue secuestrada por la investigación que denunció la participación en fiestas pederastas a varios funcionarios públicos y empresarios. Recuerdo también a muchos héroes anónimos que, durante las noches, en sus tiempos de descanso, desvelaban su mente para amarrar y construir investigaciones que lograran, de algún modo, mejorar el entorno de nuestra sociedad.

Desde 2006, han sido asesinados 780 periodistas en todo el mundo. A penas este fin de semana, el diario Norte de Ciudad Juárez, en donde colaboraba Miroslava Breach, decidió concluir operaciones porque su dueño no quiere poner en riesgo una vida más, incluyendo la suya.

Sin duda el periodismo que tenemos es un espejo de nuestra sociedad y de nuestra historia. Desde que México tiene conciencia, los problemas, las polémicas y los actos heroicos se han resuelto con pólvora y sangre. El periodismo se ha vuelto la carne de cañón de los poderosos, y se ha convertido en la profesión que te invita a la muerte si se quiere ejercer con dignidad y valor y, en muchos casos,  es una atenta caricia al peligro.

 

 

 

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