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Lo cotidiano

Travesías de un desempleado

En la viva Ciudad de México hay cinco punto dos por ciento de empleados que no tienen trabajo, o sea como por dos punto siete millones de desempleados con horas inmensamente libres y minutos inmensamente sin utilidad. Sus voces no se escuchan ni en traje, ni en uniforme, ni con gorrito de policía, ni de bombero, ni de panadero, ni atrás de un volante o de una plancha para cocina o de una computadora Apple, Samsung, Dell, o HP.

Según la Secretaria de Trabajo y Fomento al Empleo, o la STyFE, está haciendo los esfuerzos más elevados posibles por la capacidad humana para conseguir que el número de citadinos desgraciados, porque no tienen la gracia del sueldo, baje de manera trascendente. No sé qué están haciendo bien, supongo que todo menos lo de encargarse del trabajo y lo del fomento al trabajo.

 Uno de esos días grises, nublados y sin sol, Amalia García Medina se levantó con el pie derecho y le dijo al espejo que no iba a mentir éste día, pero luego, ya como la una, salió el sol condenado, y le dieron ganas a ella de decir que todo está bien, que vamos como trenes encarrilados a la estación éxito, y que pasaremos por las paradas mejora continua, disminución del índice de desempleados, aumento de seguros de desempleo y pensiones universales para señores adultos.

Mientras tanto, en la tierra del no me informo que antes era México DF y que ahora es CDMX, la gente sale de sus cuevas en búsqueda del horno que les de pan, de la estufa que les caliente la tortilla, del congelador que les congele el picadillo y de los platos hondos dónde pueda uno servirse el cereal y la leche.

Salen a rellenar solicitudes de empleo por más de dos horas hasta completar diez o doce hojas de tanto vulgar requisito. Luego van y las dejan a las empresas que prometen dar alivio, pero como buen doctor, los entrevistadores de la organización sirven a uno ibuprofeno 600 para el dolor de muñeca y te mandan de regreso por el pasillo de la vergüenza de donde viniste.

 Ya de salida, el pasillo te abraza de pena y el recuerdo de la entrevista te empieza a cobrar con sudor y arrepentimiento porque dijiste que sabías inglés y no sabías, que sabías Outlook y no sabías, que tenías experiencia en atención al cliente y no tenías, que puedes manejar Adobe Reader y FreeOCR.net y Contpaq y cChic v1.3 y Secop v1.4.7, y claro, no puedes hacerlo, y tú lo sabes, y el entrevistador sabe, y la secretaria de sesenta y tantos también lo supo. Entonces se suben los tomates de la comida a los cachetes y de pronto el policía de la salida que saludaste muy mañanero nota la vergüenza y te hace pensar que se está burlando; pero no se está burlando porque el también pasó por entrevistas, y también dijo que sabía hacer todas esas cosas y más, que sabía manejar pistolas y que sabía leer el lenguaje corporal de los asaltantes, que ya había trabajado en seguridad por diez años y que le habían dado buenas recomendaciones.

Y no pasa una vez al día, ni a la semana, es ardua la búsqueda por seis meses, siete, más, dos años, tres. Ese mexicano, el desempleado, ya piensa que es un inútil, feo, desagradable, que no sabe socializar, ni convencer, no tiene aptitudes ni viene de buena familia. Ese cdmxiano ya está perdido en el limbo de la desconfianza y mejor le pregunta al primo de su mamá, que no ha visto en mucho tiempo pero que tiene un restorán de costillas en Colonia Roma, que si puede trabajar con él. El primo se sabe, entonces, importante por tener un negocio; y por darse el lujo de ser nepotista le contesta que claro, por supuesto; y le da varias mesas para atender.

Entonces se vuelve ya empleado, pero los demás de lugar, también empleados, se ponen celosos por la preferencia hacia el familiar del jefe y por eso empiezan a tratarlo mal, le ponen el pie y le escupen a las hamburguesas que le toca servir, ninguno le habla y le empiezan a decir “el pendejín”, porque son poco creativos y porque quiere desprestigiar las habilidades del privilegiado. Al final, ese mismo ya no aguanta y vuelve al limbo de no tener chamba.

Mientras tanto, en segurodedesempleo.cdmx.gob.mx, las cosas son explicadas bien fácil y accesibles. Te dicen que dan treinta salarios mínimos de la ciudad mensuales a mayores de dieciocho y que hayan sido corridos, o expedidos de un trabajo. Pero se disfrazan, como siempre, detrás de las chorro mil cláusulas que evidentemente están escritas en la ley. De tal suerte que terminan dando, más o menos, ciento cincuenta mil beneficios de dos mil cien baros, también más o menos. Poquitos del dos punto siete millones de voces que no se escuchan ni en traje, ni en uniforme, ni en gorrito de policía.

No sólo es un terrible camino Alighieriano por los mil círculos interminables de las empresas y sus requisitos, sino tampoco hay ni un mendigo oasis dónde establecerse mientras se encuentra quehacer pagado. Me parece grosero, pero bueno, de algún lado tenía que venir la razón del porqué tanta pobreza y conformismo.

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