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¿A poco no…? El fin de la ceguera voluntaria

¿A poco no deberíamos reflexionar en el dicho No hay peor ciego que el que no quiere ver, y en la necesidad de terminar con la ceguera voluntaria de todos aquellos que no se dan cuenta de lo que tienen frente a sus ojos? En forma particular me refiero a los que prefieren observar su entorno a través de las pupilas engañosas de alguien que les pinta un escenario ideal pero ajeno a la realidad. El hartazgo ciudadano hacia los gobiernos federales priístas y panistas generó la tercera alternancia en Los Pinos, bajo la consigna de “peor no nos puede ir”; sin embargo, algunos de los que ya empezaron a quitarse la venda de los ojos, están llegando a la conclusión de que, cuando se cree que el país ya tocó fondo, no falta alguien que venga a demostrar lo contrario y revele que la crisis política, económica y social no tiene fin.

En lo personal, trato de no ubicarme en ninguno de los dos extremos: ni el de los apocalípticos que vislumbran un país devastado por la dictadura y el populismo, ni en el de los integrados que ya se ven en el umbral de un mesiánico paraíso. Por desgracia, las acciones, decisiones y declaraciones  de las que hemos sido testigos en estos poco menos de dos meses de gobierno, alimentan más el pesimismo que el optimismo, ante la sordera de quien se niega a escuchar las voces a nivel nacional e internacional que advierten las consecuencias de empeñarse en sacar adelante proyectos cuyas consecuencias pueden ser muy dañinas para el país. De ahí la necesidad de un urgente despertar ciudadano para renunciar a la ceguera voluntaria y optar por ver y aceptar la realidad, por difícil que sea, pero también para decidirnos a aportar lo que esté a nuestro alcance para cambiar lo que sea pertinente.

Refranes de viejitos son evangelios chiquitos, dice el dicho, y uno de ellos: El que por su gusto es buey hasta la coyunta lame, nos enseña que todos están en su derecho, si es su deseo, de navegar en la órbita de la tarugósfera. Pero nadie está obligado a permanecer eternamente en el limbo de la ignorancia padeciendo las consecuencias de una errónea decisión, siempre y cuando el despertar a la realidad no sea demasiado tarde y aún exista la posibilidad de rectificar el rumbo. Para ello, es necesario que el fin de la ceguera voluntaria se dé antes de que, al abrir los ojos para enfrentarnos a la cruda realidad, nos los vuelvan a cerrar a punta de bayonetazos.

¿A poco no…?

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