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Aquella ciudad

Recuerdo bien al Torreón de los 80, lo caminé 10,712 veces, me sabía de memoria cada una de sus calles y avenidas. Ir y venir de la escuela al trabajo y del trabajo a la casa, circular en bicicleta o en camión sin el menor apuro.

Lo cotidiano transcurría en cumplir con los horarios y la tarea haciendo consultas en la biblioteca. Correr a los mercados, al centro para buscar las mercerías, las zapaterías, los libros. Ibas de un lado a otro para hacer compras, primero con Tencha la de la tiendita, con Luis el de la tortillería, con Don Manuel el de la carnicería y comprar el pan con Lupita.

Salir al cine, platicar con los amigos en la plaza o sentados afuerita de tu casa. Simple filosofía. Una vida sencilla de una ciudad sencilla.

La realidad económica no se traducía en cifras, no se pensaba en una política de transparencia, no había un convenio anticorrupción ni encuestas de vulnerabilidad social, ni multiplicadas asociaciones civiles. Un código rojo era sólo para “Rambo”. Una alerta de género ─ni idea─. Las reformas estaban en las clases de Historia, la conciencia civil bastaba en hacer lo que te toca. Participación y autoridad, consistía en ser del mismo equipo. Cuestionar no era lo nuestro, la sociedad era ajena y ajeno era el ciudadano.

Los gobiernos locales, casi fantasmales, impulsados discretamente desde la butaca en turno por el partido político de antes. La gresca solía estar en contra de los presidentes ─un López Portillo o un De la Madrid─, las miradas se ocupaban en los personajes de la televisión nacional. El noticiero de 24 horas o un programa para cada día o de toda la semana y el del domingo de siempre. Sin el menor asombro compartíamos información de segunda mano.

Ya iniciando los 90, hablaban de un comercio sin fronteras, un tratado de ganar ganar, decían que ahora sí, entrábamos al paraíso.

Al paso de los años, evolucionó nuestra mesura. El crecimiento de la urbanidad se asomaba a otro ritmo. Se reiniciaba con nuevos modelos de convivencia. La oleada de simplezas del diario vivir fueron cediendo para dar camino a la otra historia. La ciudad de los grandes esfuerzos que vencía al desierto, se subrayaba en los términos de conectividad y competitividad como una de las mejores situadas del país.

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El olfato crítico aumentó, nos dimos por enterados del ideal de otro escenario más conveniente a las exigencias creadas e implementadas de cada quien. Gobierno y sociedad hizo lo que tenían que hacer. Hacia afuera removimos la basura, dividimos y estructuramos cada uno a nuestra conveniencia. En medida de la voluntad y caprichos de intereses se distorsionaron las funciones. Cada quien en su propia trinchera, formulan preguntas para crear nuevas respuestas. El orden tomó rostro individual, para ser intolerante y quisquilloso, el yo, cobró vida, es violento y depresivo.

Con una población cercana a los 700,000 mil, al margen de la situación económica, sus habitantes gravitan, sortean, son vulnerables. Los entornos están provocados mas no han sido transformados. Las calles, expuestas un polvorín. El descuido está permeando en un estancamiento de crecimiento sin desarrollo. La ciudad de Torreón dejó de ser adolescente, cierto es que no somos los de antes. Supongo que el origen aprendido, adaptado y manifiesto hace de la suyas, interesa para  un reconocimiento de tiempo y espacio arraigado en el pensamiento, étnico, demográfico, biológico y cultural. Hoy afianzado en un equipo de fútbol o en una empresa lechera.

También, el regionalismo cultivado por sus habitantes fue cimbrado con la llegada del narco. Fuimos parte de las ciudades más violentas del mundo. Y tal parece que la mecha no se apaga, el lastre fecunda en un valor agregado incorporado como olla en ebullición que constriñe el uso de nuevos estereotipos para todos los estratos.

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