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25N: Marchamos contra las violencias

Se reunieron las feministas este veinticinco de noviembre. Marchamos por las víctimas de violaciones y feminicidios; para visibilizar todas las violencias que padecemos cotidianamente; para exigir el derecho de decidir sobre los cuerpos que son nuestros y dejar en claro que nuestras vidas sólo a nosotras nos pertenecen.

Marcharon en Torreón las activistas acompañando a la familia de Perla, la mujer de 19 años que fue asesinada a machetazos por quien había prometido amarla eternamente. Porque el cuento del amor romántico lo hemos pagado con la vida históricamente; porque seguimos sin merecer la categoría de personas y continuamos siendo posesiones, territorios de conquista, objetos. Martín, su esposo, prefería a Perla muerta que “dejársela” a alguien más. Así, porque Perla le pertenece.

En la Ciudad de México también salieron a la calle las rebeldes. A gritarle al patriarcado que lo vamos a abortar. Llenas de dolor, acompañamos a las familias de las que ya no están entre nosotras, y caminamos llenas de gusto también por encontrarnos unas a otras y compartir nuestra lucha con cientos de mujeres. Mientras marchaba junto a ellas, imaginaba los infiernos por las que seguramente habrán atravesado (o siguen viviendo) esas que el domingo llevaron carteles y soltaron la rabia en el paso firme y el gesto enfadado. Porque aún no encuentro la historia de una mujer que haya llegado a la edad adulta sin haber sido víctima de algún acoso, de maltrato físico, emocional o psicológico por haber cometido el pecado de nacer mujeres.

En ese espacio de tiempo y lugar, especialmente a partir de las luchas por la despenalización del aborto en Argentina y otros países de América Latina, los pañuelos verdes nos identifican y resignifican frente a una realidad económica, política y social que nos ignora y agrede sistemáticamente. Los pañuelos también nos comunican, nos hermanan y fortalecen en la coyuntura a un movimiento que busca generar impacto mucho más allá de la aprobación de nuevas leyes.

Según el INEGI, seis de cada diez mujeres en México son víctimas de algún tipo de violencia en el ámbito laboral, familiar, escolar o comunitario. Y en la medida en que vamos construyendo más y mejores espacios para la denuncia o el acompañamiento, esa cifra va en aumento. Porque visibilizar las dinámicas de violencia contra nosotras le habla a quienes no han sido capaces de identificarse como víctimas de alguna de ellas.

Los movimientos feministas de América Latina convocan a la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer cada veinticinco de noviembre, recordando el asesinato de las hermanas y activistas Mirabal en República Dominicana en 1960, por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo. Pero no es una violencia sino una gama amplia que abarca tantas y tan sutiles maneras de someternos que hemos normalizado la mayoría de ellas.

Conmemorar significa traer a la memoria, denunciar para exigir un alto al fuego. Porque nos están violando, asesinando, maltratando, humillando y el mundo no se ha detenido para demandar que las violencias cesen. Pero acabar con las violencias que aquejan a las mujeres implica necesariamente la operación de procesos complejos individuales y colectivos. Porque no es suficiente el discurso de campañas políticas que promete cuidar (patriarcalmente) de las mujeres, mientras los gobiernos sigan organizando fiestas y bailes para conmemorar la lucha contra las violencias que vivimos las mujeres. Tampoco basta con atiborrar las cárceles de asesinos o violadores mientras seguimos cultivando entornos desiguales para hombres y mujeres.

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