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Colaboraciones

Arte urbano y denuncia social

Es como si fuera una obra de Bansky: ruda y polémica. Sobre todo, por la ubicación estratégica frente al Palacio de Gobierno de la capital de Chihuahua. Esta composición sacude la consciencia de la persona más despolitizada; hace sentir el frío de las desapariciones en México, y obliga a buscar algo de calor en la rabia o en el deseo de justicia.

La concepción de este antimonumento es rústica. Tiene una placa metálica de dos metros de altura por un metro y medio de ancho, aproximadamente. Lo más notorio sobre la placa es una cruz formada con dos trozos de madera gruesa, como de vigas de la vía del tren, y una inscripción que sustituye al clásico INRI: Ni una más. El resto del espacio está tupido de clavos, también férreos, colocados estéticamente en líneas horizontales y verticales.

En la base de la placa hay un montículo de tierra rodeado de piedras para contenerla. Pedazos de maniquíes con figura femenina, algunos sólo sobrepuestos, otros a medio enterrar, representan las vejaciones, cada vez más violentas, cometidas contra las mujeres. Plantas silvestres crecen sobre aquel amontonamiento de tierra y nos hacen más cercana la metáfora que dicta: “Nos quisieron enterrar, pero no sabían que éramos semilla”.

En los costados hay otras cruces metálicas que denuncian el asesinato de algunos abogados, una masacre en Creel, Chihuahua, y un reclamo de 6 años de impunidad. La obra es complementada con imágenes de mujeres sufriendo, cadenas, manos mutiladas, una máquina de coser antigua, una pintura a blanco y negro de una mujer desnuda, que en las manos porta los platillos de la balanza, representante de la justicia, escurriendo sangre.

La cruz de clavos, como la nombran en Chihuahua, fue instalada por la Red de mujeres de Negro, grupo de activistas que se dedican a denunciar feminicidios, principalmente los de Ciudad Juárez.

Esta cruz puede contar una historia de la que fue testigo el 16 de diciembre de 2010: Marisela Escobedo Ortiz, madre de Rubí Marisol Frayre Escobedo, tenía siete días instalada en un plantón frente al Palacio de Gobierno. Exigía justicia por el asesinato de su hija, quien murió a manos de Sergio Rafael Barraza, su esposo.

El presunto culpable estuvo prófugo, pero se logró su captura gracias a las investigaciones de Marisela. La mujer se convirtió en activista después de que los jueces declararon inocente a Barraza, incluso cuando él confesó con detalle que enterró los restos de Rubí en un terreno donde había huesos de marrano, cerca de Ciudad Juárez. Aunque la madre logró que un Tribunal de Magistrados revisara el caso y desestimaran el dictamen anterior, para condenar a 50 años de prisión al asesino confeso, él sigue libre.

La activista se volvió incansable agitadora de conciencias. A pesar de las constantes amenazas, ella seguía reclamando justicia para su hija, sin embargo, durante el plantón, con toda la impunidad jamás concebida, a las 20:00 horas, descendió un hombre de un auto blanco, discutió algo con ella, sacó una pistola, la persiguió durante escasos metros, y le disparó directo en la cabeza. Marisol Miranda se proyectó de golpe en la banqueta, frente al Palacio de (Des)Gobierno.

La cruz de clavos es una obra de arte que denuncia y crea conciencia. Es un punto emblemático de concentración para activistas y grupos que tienen familiares desaparecidos y que se organizan para hacer justicia ante la falta de trabajo de las autoridades, que se encuentran nadando en el mar de la burocracia sin dar resultados.

¿Acaso será la hora de que los escultores, muralistas y grafiteros vuelquen su trabajo hacia la denuncia social? ¿Si hay más símbolos en las calles que despierten la rabia ante tanta y tanta impunidad, los ciudadanos serían más sensibles y empáticos ante la lucha contra estas problemáticas?

Cada vez hay más pintas en las calles con un “Fue el Estado” o carteles con un “Vivas nos queremos”. Aquí está un antimonumento viviente, una cruda obra de arte: un martillazo. Dejemos de lado la discusión sobre si el grafiti es arte o vandalismo, y evolucionemos para concebir al grafiti como ideología política o medio de denuncia social.

 

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