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Bienvenido al debate

¿Es el perdón una necesidad, incluso una obligación, para un punto y aparte de un país que busca recuperarse?

He leído personalísimos comentarios acerca del tema ─pacificación nacional─, y he seguido muy de cerca opiniones de juristas y sociológos. Pero a saber que disocian en sus cuestionamientos me leo confundida. Y sé que no es parte de mi ocurrencia o ignorancia sino que se debe a esos espacios neutros, silenciosos y escalofriantes del recuerdo, de la memoria y del día a día. Probablemente de eso se trata. Levantar una visión nacional desde las miradas en disputa que impiden los extremos reconciliarse.

Pero aquí el enorme trabajo, el proceso necesario es principalmente de las víctimas. La justicia transicional está enfocada en ellas.

Todo sobreviviente tiene la firme intención de continuar pero hacerlo con dignidad porque la mayoría de las veces les ha sido arrebatada, ya sea por la indiferencia del sistema de justicia o de la misma sociedad.

Y es que directa o indirectamente nadie escapa de la violencia, aunque se crea que sí. Más aún de la existencia del otro que lo puso en la tragedia y la resolución que tiene o tuvo para sobreponerse.

En medio de las divisiones sociales y de la propia identidad, mi atención se ha mantenido doliente hacia las y los desaparecidos, las muertes anónimas, los restos en las fosas comunes.

En distintas regiones, lo elemental se hace duro y agresivo porque las condiciones socioeconómicas son tan precarias que el verdadero sentido emocional de las personas carece de equilibrio.

Durante varios años he concebido al país de una manera oscura y peligrosa. El resurgimiento del crimen organizado, los continuos enfrentamientos, el escenario político y la multitud de víctimas han ocasionado una forma de cultura, un apego, un arraigo, una expiación, incluso la admiración por aquellos principales líderes de ese trabajo sucio. Y si esto suena raro, tampoco han quedado claras las estrategias de combate.

Estos nudos, estos haceres a tientas, estos aprendizajes vacíos, estos ídolos de charco han dejado una población enferma y dividida.

Hubo ingenuidad, pensamos que era de paso, que los arreglos entre los poderosos no tardaban en acomodarse. Que era cuestión de negociar y repartir para quedar a mano.

Así se resumía nuestra simpleza.

En aquellas fechas un poco más de diez años, parte de mi trabajo consistía en escuchar. Escuchar detenidamente a las chavas y chavos, también a sus madres o abuelas, tías y hermanas que estaban a cargo de estos jóvenes quienes pretendían seguir estudiando y no contaban con los suficientes medios económicos para hacerlo. Ellos y ellas charlaban hacia el futuro, también incierto pero al menos se sabían en él. Provenían de sectores con carencias alimentarias, zonas urbanas y rurales (hoy también forman parte del polígono de violencia). Muchos ya no están, sus familias quedaron incompletas, algunas finalmente se fueron, huyeron. A dónde, si el terror fue corrosivo.

El primer aliento, el ánimo de querer hacer bien las cosas.

Se pide un recomenzar desde la herida, que vaya sanando con todos los cuidados posibles. ¿Es viable? Es desentrañar lo declarado por tanto tiempo y convertirlo en perdón para una política nacional imprescindible.

No sé cuáles serían las consecuencias, pero como primera lectura se antoja difícil. Quizá el mayor reto es fortalecer y hacer valer el Estado y sumar esfuerzos. Además ante tremendos desafíos la línea se mantiene en los grupos criminales y todo lo que obtienen de ganancias del tráfico de drogas para que pasen ahora a un esquema de legalización.

La paz ciudadana es un anhelo, se ve tan lejana. Pero genera expectativas y no debe tomarse a la ligera. Esto es sin duda un tema que ya fue iniciado, convocado e impulsado con todo y las aristas que se dan en las crisis de seguridad humana.

Los colectivos de búsqueda, las asociaciones civiles enfocadas a los derechos humanos, la red de grupos que han estado siempre al servicio de las víctimas y su lucha en la reparación del daño, son por sí mismas comisiones de la verdad y son también parte de un sistema nacional de vigilancia.

Las propuestas que se vayan planteando en el camino deberían estar (como se pretende hacer) de lado de las víctimas. El apoyo de ellas y para con ellas es de vital importancia. Porque facilitaría la remoción de las sentencias, la estrategia de una amnistía hacia quienes por situaciones forzadas o por falta de oportunidades han sido o son parte de la economía ilegal y/o de la clasificación de otros delitos.

Serían apenas pequeños aciertos pero sin duda un avance hacía lo que todos queremos.

Por lo pronto bienvenido el debate.

 

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